En mi casa se usa mucho una expresión: el que hace lo que puede no está obligado a más. Dentro de las limitaciones que cada uno tenga, lo más importante es sentir que se ha hecho todo lo que estaba en tu mano. Si estudias mucho para un examen y te puntúan con un cinco raspadito, bendita recompensa. Si en cambio no te has mirado un solo apunte y te devuelven el examen con esa nota, pensarás: “de haber estudiado esto sería un siete o un ocho”.

El tenis muchas veces se reduce a victorias o derrotas. Lo exige nuestra profesión, que sigue unos criterios a veces contradictorios a tu punto de vista. También lo pide la inmediatez, que pocas veces permite ver avances con claridad. Y lo rige el circuito, porque si ganas sigues y juegas más, pero si pierdes haces las maletas para marcharte a otra ciudad.

No descubro nada nuevo al decir que Garbiñe Muguruza está viviendo un año de transición. Ella misma reconoció en Australia, cuando arrancó la temporada, que este sería el curso más difícil de su carrera. Nunca ha sido una jugadora que padezca el vértigo escénico ni tampoco desconozca su potencial. Garbiñe sabe que tiene todo para ser número uno y ganar torneos de Grand Slam. También sabe lo parejo que es el tour femenino, con sorpresas día sí día también.

Pero ver a Muguruza romper a llorar en un descanso, incapaz de contener sus emociones en pista, sabe mal. Y cuando se le oye decir “no me voy a morir por la bola”; “¡No quiero jugar!¡¿Piensas que voy a luchar estando 0-3 en el segundo set?!” o incluso “¡No me puedo calmar!”, sabe mucho peor. Tener emociones en pista siempre será un plus si se saben canalizar en la dirección correcta. En cambio, serán una cadena si olvidas autogestionarlas. Ojo, no digo que sea fácil, pero lograrlo le haría mucho más poderosa.

Garbiñe pide tiempo y corresponde dárselo. Transitar por un año tan complicado, expuesta a críticas, con la presión de ser favorita cada semana, con el interés mediático, la motivación añadida de la rival… cuesta. Y mucho. Al mismo tiempo, con 22 años, la hispanovenezolana continúa con el proceso de conocerse a sí misma. Delante de miles de miradas. Toca empatizar con ella, sí, ser comprensivos con sus altos y bajos. Al fin y al cabo, está madurando a pasos agigantados en un aprendizaje intenso y demasiado público.

He aquí cuando el tenis no debería reducirse a victorias o derrotas y sí a sensaciones. Si la pupila del férreo Sam Sumyk hace lo que puede, no está obligada a más. Si “muere” por la bola y cae, chapeau. Si lucha estando 0-3 abajo y pierde, dos veces chapeau. Porque llegará un día en que ese esfuerzo tenga recompensa.

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