Puede que, desde el final de la pasada temporada, ya nos hemos acostumbrado a ver a cuatro raquetas españolas dentro de las 10 primeras posiciones de los ranking WTA y ATP. Garbiñe, Carla, Rafel y David son los nombres propios que protagonizan sendas luchas por alcanzar objetivos distintos. A grandes rasgos se marcan dos tendencias. Por un lado la frescura de las dos damas recién llegadas al ático del ránking tras eclosionar sus primeros éxitos individuales. Mientras que, la historia de los dos caballeros, es la de la regularidad forjada en base a la madurez de los años más gloriosos de sus respectivas carreras.

El binomio Muguruza-Suárez está llamado a reflotar al equipo de Copa Federación en el Grupo Mundial y, tampoco es aventurado pensar, poder liderar algún día la reconquista del título. En contraposición, el duo Nadal-Ferrer, tiene ya sus nombres inscritos en la base de la Ensaladera firmando, junto a tantos compañeros de viaje, la generación más laureada en dicha competición por equipos. En el horizonte se dibujan también los cinco anillos olímpicos de Río. Objetivo que, a medio plazo, es una motivación extra para los cuatro.

Garbiñe Muguruza elevó el listón cerrando el 2015 en el podio del ránking WTA y protagonizando un cuento de hadas al alcanzar su primera final en un grande. El objetivo debe fijarse en seguir con esa progresión y que, su historia, se convierta en una realidad formando parte de la nueva guardia que domine y tome el relevo en el circuito. Gestionar el peso de esa responsabilidad será clave como ya advertía firmando la frase en pretemporada: “Ya no soy Garbiñe la que puede ganar, ahora soy Garbiñe la que debe ganar”.

Carla Suárez ha demostrado que también se puede alcanzar el top-10 con pequeños pero sólidos pasos. La regularidad y constancia han marcado su último año. Primero con la presencia en la final de tres importantes citas del calendario 2015 y, en el presente curso, ya ha conquistado el halcón dorado en Doha. A diferencia de Muguruza, todavía no ha logrado dar ese empujón que la cuele entre las cuatro últimas en un Grand Slam. En esa escalada a un ochomil la canaria asciende, sin prisa pero sin pausa, con el piolet de la perseverancia.

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