Cuando has llegado a convertir una de tus aficiones en tu trabajo, te sientes muy satisfecho. Desde las gloriosas victorias de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez y desde la época de los interminables duelos entre McEnroe y Lendl (yo iba siempre con el checo), soy aficionado al tenis.

Hace diecisiete años, esa afición se convirtió en profesión y trato de disfrutar de los deportistas de la raqueta al otro lado de la pantalla, con un micrófono y con la responsabilidad de contar sus gestas de la forma más entretenida y educativa posible. ¿Me dejan que confiese un secreto? No se disfruta igual.

Por eso, mi mejor momento de 2013 fue la final del US Open entre Nadal y Djokovic. “Obligado” a verla en casa, volví a comprobar lo emocionante que puede llegar a ser el tenis, incluso visto bien relajado sentado en tu sillón.

Claro que ese no fue un partido para ver relajado. Reconozco que me revolvía en el asiento y que casi guiaba los golpes de Rafa. Por un día, me permití aparcar la objetividad periodística y disfrutar del deporte como ustedes; como un aficionado más. Me pudo, eso sí, la vena profesional y me divertí comentando las jugadas con mis seguidores de Twitter. Alguno recordará que, desde la primera bola, confiaba en la victoria de Nadal… Que seguía haciéndolo cuando Novak tomó la delantera… Confieso que algo sufrí cuando en el tercer set volvía a reconocer, en algunos golpes, al Djokovic que aniquiló a Nadal en 2011… Sentí en mis piernas el pinchazo que sacudió a Rafa cuando celebraba el final de ese tercer parcial, porque sabía que el trofeo estaba más cerca.

Fue una gran final entre dos enormes tenistas y tendré el placer de recordarla como aquellos históricos encuentros que me convirtieron en amante del tenis.

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