Vencer al miedo

La despedida de un espíritu pionero. La retirada de Li Na es el adiós de un icono mundial en una disciplina global, esto último en parte gracias a su figura. El fin de un trayecto admirado con unanimidad por el vestuario, algo nada frecuente en un entorno tan competitivo como el suyo. El final de algo especial. Porque es, se insiste en la etiqueta, el sendero de una pionera. La suya no es la típica historia de un infante prodigio que levanta una raqueta, disfruta por amor al juego y no vuelve a girar la mirada. Es la viva imagen de un espíritu independiente aunque castigado por las dudas sobre sí misma y agobiada por las voces del pasado que le indicaban no ser lo suficientemente buena. Sus miedos y su lucha por acallar esas voces críticas y dudosas de su talento.

Como muchos niños en China, sus inicios en el deporte no fueron por voluntad propia. Entrando en el mundo del bádminton, gigante en su país de origen, por iniciativa de su padre donde la opción del tenis fue un mal menor a ojos de terceros. Su anatomía, con una gran anchura de hombros, no ayudaba a domar los volantes. Su técnica, empleando todo el brazo en el swing en lugar de un golpe más seco de mano, parecía más indicada a un deporte menos explosivo y con mayor carga de rotación. No contaba, en definitiva, con la necesaria habilidad de muñeca para destacar en badminton. “Todos estuvieron de acuerdo en que debía jugar al tenis” un deporte prácticamente desconocido en China como le dijo al The New York Times en 2013. “Pero es que a mí ni siquiera me consultaron”. Un modo de estar en el mundo, viendo decisiones ajenas una construcción del camino propio, de una mujer que no tuvo el control de su carrera hasta una etapa de madurez. Y que después, pese a estar rodeada por un ambiente de obediencia y talante reservado, terminaría triunfando por agarrar su rumbo a dos manos.

Sus inicios en el deporte no fueron voluntad propia, como muchos niños nacidos en China

Es la victoria de un espíritu contestatario nacido en un régimen de entrenamiento estricto dominado por la maquinaria estatal. Como aquella vez que se negó a seguir entrenando, con un nivel de esfuerzo que rozaba el desmayo, y recibió como castigo permanecer inmóvil en la sesión de prácticas hasta el arrepentimiento. Un régimen que no entendía de personas siquiera con niños, donde los sentimientos siempre van después del resultado. Como cuando Li tenía 14 años, momento en que no le fue comunicada la muerte de su padre hasta que su participación en un torneo hubo terminado. “La mayor espina que tengo en la vida es no haber podido decirle adiós” confesó la china sobre su progenitor, un jugador de bádminton cuyos sueños fueron truncados entre los tintes políticos de la Revolución Cultural.

Una cadena de experiencias hasta la reducción del ser en un ejecutor automático, donde cualquier otro aspecto vital debía quedar subordinado. En una cadeba de trabajo dispuesta incluso a romper su romance con Jiang Shan, por momentos entrenador, hitting partner, actual marido y alma gemela desde la pubertad, por entender que las emociones distraían sus esfuerzos. En una nueva demostración de hacer por su cuenta, decidió apartarse de ese control con 20 años, dejando apenas una nota y saliendo con lo puesto para no levantar sospechas y marcharse a Wuhan con su pareja, dejar de lado el tenis, para iniciar estudios de Periodismo y llevar una vida de jóvenes universitarios.

Li dejó el tenis para estudiar Periodismo y ser una universitaria más

Li no compite en Grand Slam hasta lo 23 años, un inicio muy postergado en un circuito donde desde la minoría de edad se suele marcar las ambiciones de los pasos. Y, como ella revela en una emotiva carta de despedida, no alcanzó el verdadero profesionalismo hasta 2008, (velado crítica al sistema que controla a los deportistas en su país de origen) después de rozar el bronce olímpico en Pekín, cuando dio el paso al frente definitivo siendo una pionera al enfrentarse al férreo sistema nacional, rompiendo relaciones con la estricta Federación China, un ente que absorbe la mayor parte de los beneficios generados por sus jugadores, les impone los equipos de trabajo y, entre otros aspectos, planifica sus calendarios. Ahí encontró la libertad para trabajar con equipos hechos a su medida y técnicos de primer nivel (desde Thomas Hogstedt hasta Carlos Rodríguez, pasando por Michael Mortensen).

Una liberación personal y profesional, donde sirvió de ejemplo y empuje para otras jugadoras, que le llevó a convertirse en la primera y, hasta la fecha, única jugadora del continente en asiático en ganar un Grand Slam. En construir la eclosión tardía más brillante de la Era Abierta, pues ninguna otra tenista logró ganar su primer y segundo major cumplidos los 30 años. En ascender más alto que ningún otro asiático, situando su figura como la segunda jugadora del mundo. Con un tremendo rosetón tatuado sobre el corazón, símbolo del amor profesado por su marido, a ojos de una cultura que se sobrecoge ante semejante tipo de actos. De pasar a estar en la sombra a convertirse en la segunda deportista femenina mejor pagada del mundo. De asentir con la cabeza a situarse, siendo portada de TIME, como una de las personas más influyentes del planeta. Es el referente asiático, por tener el valor para tomar el destino con sus propias manos.

Se marcha de la élite como la única jugadora asiática capaz de ganar un Grand Slam

La irrupción de Li en 2011, con su victoria sobre la arcilla de Roland Garros, abrió de par en par el mercado chino al tenis, un escenario estratégico para la expansión de la disciplina, un mercado muy potente a nivel humano, donde una personalidad y un sentido del humor ha terminado por catapultarla como rostro visible en la región. En 2011 apenas había dos torneos WTA en el calendario. Hoy en día es cifra se ha multiplicado por cinco, dejando a China solo por detrás de Estados Unidos, con diez torneos en el Tour mundial, incluyendo el Premier 5 que se inaugura dentro de unas horas en Wuhan, su ciudad natal. O una oficina WTA con sede en Pekín, como las operativas en Londres y Florida, para gestionar de primera mano los negocios en un área de peso creciente. Eso por no mencionar las WTA Finals, el evento más potente a nivel económico del ente femenino, a competir en Singapur al cierre del curso, por primera vez en territorio asiático.

El trasfondo de Li Na se expande más allá de un circuito o un mero vestuario. Y hablamos de alguien que ha llegado al número 2 del mundo con dos Grand Slam bajo el brazo. Más allá de unas victorias, y se marcha alguien con más de medio millar en la raqueta. O de cualquier golpe, y no pocos concuerdan en que desaparece uno de los mejores reveses jamás visto en la Era Abierta, sin duda en el presente siglo. Más allá de un estilo, y echa el telón una de las jugadoras más técnicas en un circuito con tendencia al juego cada vez más recto. Hay quien se atreve a etiquetar a Li como la versión china de Billie Jean King, una de las impulsoras en la creación de un circuito rentable para las mujeres. A fin de cuentas, Li ha descosido un área con decenas de millones de personas al tenis femenino. Terminando por convertir China, donde el deporte era casi desconocido, en terreno emergente, hasta hacer del gigante asiático un punto inexcusable para la disciplina.

La china, que desea formar una familia y abrir una academia, deja huella imborrable en el deporte

“Ganando un Grand Slam y logrando ser número 2 del mundo es la manera en que quiero dejar el tenis” confesó Li, campeona del Abierto de Australia en enero, con cuatro operaciones y centenas de inyecciones para calmar los dolores en sus rodillas. Esas que le impidieron competir desde la tercera ronda de Wimbledon y renunciar a toda la gira americana, después de terminar su relación profesional con Carlos Rodríguez, hombre clave en su último arreón deportivo y síntoma del fin del trayecto. “Siendo una decisión durísima, estoy en paz conmigo misma. No tengo remordimientos. No estaba destinada a estar aquí, ¿recordáis? Poca gente creyó en mi talento y en mis habilidades, pero aún así encontré una manera de perseverar y probar que estaban (incluso yo misma) equivocados”.

Li Na cierra un capítulo de su vida, con el deseo de formar una familia y abrir su propia academia de tenis. Una atleta que deja una huella imborrable en el deporte y quién sabe si, con la irrupción asiática y el torneo a disputar en su ciudad natal, un antes y un después en el circuito. También una reflexión final en su despedida, espíritu de su modo de actuar. “Sé el ave que sobresale” suscribe una atleta cuya separación del férreo régimen nacional se conoció como ‘danfei’ -volar a solas- en el aparato mediático del gigante asiático. “Con trabajo duro tus sueños se harán realidad”.

El adiós de una figura clave para comprender la dinámica del tenis moderno. El de una competidora, destinada al Salón de la Fama, que triunfó por afrontar y vencer un horizonte plagado de miedos.

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