La insumergible Little Mo

El 17 septiembre de 1934 la alegría inundaba el Mercy Hospital de San Diego. Martin y Jessamine Connolly esperaban eufóricos el nacimiento de su primer hijo. Así, en masculino, con el par 23 de cromosomas XY. O eso les había asegurado su ginecólogo: “seguro que es un niño, porque el latido de su corazón es saludable y vigoroso”. Maureen Catherine Connolly cambió los planes. Al menos genéticamente, porque nunca se ajustó al estereotipo que su madre escogió para su pequeña. Jessamine era un intento de pianista sin éxito ni gloria y auguraba a su hija una triple estrella: bailarina, pianista y cantante, así que la niña acudía indiferente pero constante a sus clases de ballet, piano y canto.

Jessamine, tenemos un problema. A diario Maureen Catherine sólo rompía su automatismo en un momento mágico. Cada día hacía una parada vocacional, donde esquivaba la obligación y encontraba la pasión. Se detenía junto a una valla, agudizaba la vista y apuraba el reloj sin pestañear mirando los partidos de tenis que se jugaban en el Trolley Barn Park. Hasta que la artista autómata decidió cambiar su sino: “mamá, yo lo que quiero es una raqueta en mi mano para derrotar a cualquier chico o chica de mi vecindario”. Planes rotos, pánico y un dólar y medio. Ése era todo el dinero que una madre decepcionada quería aportar al sueño “marimacho” de su hija. Eso costó la primera raqueta de Maureen. Y rentabilizó cada centavo.

La noche se cerraba sobre San Diego y siempre encontraba a la pequeña Connolly practicando. O haciendo de recogepelotas cada vez que se montaba un partido entre profesionales. Aprendía de todo y de todos. Hasta que se apuntó a su primer torneo, el de La Jolla. Las rivales, chicas de 13 años. Ella, 10. Pero Maureen consiguió llegar a la final ante Ann Bissell… y perdió. “El tenis para mí, incluso entonces, era mucho más que un juego. La derrota era insoportable y debía ser vengada. Derrotar a Ann Bissell se convirtió en mi único objetivo en la vida”. Amaba el tenis, sí, pero sobre todo odiaba perder. Ganó su siguiente torneo, pero Ann no participó. Hasta que llegó 1946 y el Harper Ink Tournament. En la final, Connolly contra Bissell. 8-6 en el primer set para Maureen, que no estaba satisfecha. Necesitaba más, necesitaba un triunfo contundente. El 6-2 del segundo parcial sacó su mejor sonrisa. Así, sí.

Cumplió 11 años y fue bautizada con el apodo que le acompañó durante toda su vida: Little Mo. Su explosividad en la pista y su potente derecha recordaban a los nueve cañones del acorazado USS Missouri, conocido como Big Mo. Insumergible, indestructible, era el orgullo de la marina de los Estados Unidos de América y en su cubierta se firmó el 2 septiembre de 1945 la rendición incondicional de Japón. Terminaba oficialmente la Segunda Guerra Mundial. Luego participó en la Guerra de Corea y sobrevivió para asistir a las tropas en la Tormenta del Desierto iraquí. Pocas veces un apodo fue tan pertinente…

Planes rotos, pánico y un dólar y medio. Eso costó la primera raqueta de Maureen. Y rentabilizó cada centavo.

Insumergible. Indestructible. “Sólo veía a mi rival. Nada más. Podías explotar dinamita en la pista de al lado y ni me enteraría”. Little Mo era muy competitiva, “una asesina armada con una simple raqueta”, decían las crónicas de la época. Tras su primera derrota ante Bissell, ganó todos los torneos que jugó, hasta que debutó en los U.S. National Championships (predecesor del US Open) con sólo 14 años. Era 1949 y perdió. Volvió al año siguiente y volvió a perder. Nunca más lo haría. Se llevó las tres siguientes ediciones del torneo. En casa y en el extranjero. Entre 1951 y 1954 jugó 51 partidos del Grand Slam… y los ganó todos. Jugó 106 sets… y se apuntó 102. Jugó tres torneos de Wimbledon (1952, 1953 y 1954), dos de Roland Garros (1953 y 1954) y un Campeonato de Australia (1953)… y nunca perdió en Londres, París o Melbourne. Emuló a Donald Budge y se convirtió en la primera mujer que completaba el Grand Slam en un solo año. Era 1953 y tenía 18 años. Nadie lo ha vuelto a conseguir a tan temprana edad. Efectivamente, odiaba perder más de lo que amaba el tenis.

Pero no se equivoquen, su grandeza no proviene de este enorme palmarés. No. Proviene de ese corazón saludable y vigoroso, que le hizo superar todas las barreras que le planteó el destino. Maureen Catherine Connolly recibió otro apodo justo al final de su corta vida: “la hija del éxito y de la tragedia”. Así resumió un afamado periodista su increíble experiencia vital. Éxito y tragedia. O cómo sacar el máximo rendimiento a las cartas que te reparte el azar. Cuando Ridley Scott le pidió a Russell Crowe que se templase y pronunciase eso de “la muerte nos sonríe a todos; devolvámosle la sonrisa”, quizá pensaba en Little Mo.

Poco tardó la pequeña en encontrarse con la tragedia. A los cuatro años le contaron que su padre había fallecido en un accidente de coche. Tal como ella lo recordaba, enferma como estaba aquel día, se acercó a su cama, le sonrió y le prometió un gran helado de chocolate con nueces. No volvió. Jamás supo nada de ese helado.

Tampoco esperó mucho para saborear el éxito. En 1952 acababa de triunfar por primera vez en Londres y de reeditar título en Nueva York, y sus conciudadanos de San Diego decidieron catalogar el 9 de septiembre como el Maureen Connolly Day. Desfiles, vítores y un regalo: un majestuoso caballo que respondía al nombre de Colonel Merryboy. No había mejor presente para una niña enamorada de los corceles desde muy pequeñita.

Entre 1951 y 1954 jugó 51 partidos del Grand Slam… y los ganó todos. Jugó 106 sets… y se apuntó 102.

Tragedia. 20 de julio de 1954. Reconquistado Wimbledon por tercera vez, Maureen se prepara para seguir con su racha victoriosa en Nueva York. Antes toca desconectar de la raqueta, y nada mejor que pasear con Colonel Merryboy por Mission Valley, la zona más bucólica de San Diego. El palafrén camina orgulloso, con los galones que porta su jinete. Son las 13.30 y por Friars Road aparece un camión a toda velocidad. La desgracia se avecina. Su bocina atrona y Merryboy se desboca. Choca con violencia contra el camión y destroza la pierna de su dueña. Doble fractura de peroné y varios músculos y tendones afectados.

Éxito. La ambulancia vuela hacia el hospital. El quirófano espera. Varias horas de operación y cuando Maureen llega a su habitación se encuentra con un misterioso visitante. “Un hombre apuesto, con pelo corto canoso y vestido con traje marrón, entró a mi habitación. Nos miramos un momento, y entonces acabé en los brazos de mi padre. Sólo gracias a mi accidente decidió salir del abismo en el que llevaba años. Fue un reencuentro feliz, y el comienzo de una nueva y maravillosa relación”.

Tragedia. Little Mo se esfuerza en su recuperación. Esta vez la noche de San Diego no le encuentra en la pista de tenis, sino en rehabilitación. Quiere volver a ganar y quiere que su padre le vea hacerlo. La fecha del regreso está marcada. Enero de 1955, en un partido de exhibición. El duelo acaba de comenzar y su rival hace una dejada. Maureen arranca y su pierna le falla. Cae al suelo y sabe que el dolor jamás se marchará. Sabe que su carrera ha terminado. Tenía 20 años.

Éxito. ¿Autocompasión? Jamás. “El tenis es un juego maravilloso y lo dejo sin remordimientos. He tenido una vida plena, llena de viajes y de nuevos amigos. Ya no soy Little Mo, pero ahora voy a ser Little Housewife [pequeña ama de casa]. Es una nueva carrera y estoy tremendamente feliz con ella”. En junio se casó y pronto llegaron Cindy y Brenda, sus dos hijas. Lógicamente aprendieron a jugar al tenis y la profesora fue mamá. Porque Maureen Connolly nunca abandonó el deporte de la raqueta y volvió a Wimbledon como reportera del London Daily Mail y comentarista de la BBC.

Cae al suelo y sabe que el dolor jamás se marchará. Sabe que su carrera ha terminado. Tenía 20 años.

Tragedia. Ya en Texas, fundó junto a su marido una cadena de restaurantes y una cafetería, al mismo tiempo que se graduaba con honores en la Southern Methodist University. Y entonces el destino volvió a traicionarle. Tenía 32 años y volvió al hospital. Diagnóstico lapidario: cáncer de ovarios. Inoperable. Mortal. Los días que le quedasen los pasaría entre terribles dolores, siempre presentes.

Éxito. ¿Su respuesta? Volvió a montar a caballo, riéndose del azar que acabo con su carrera tenística. Creó la Maureen Connolly Brinker Foundation, aún vigente, para promocionar el tenis entre los jóvenes sin recursos, especialmente si son niñas. Y visitó a Patsy Zellmer, amiga y antigua pareja de dobles, que estaba a punto de morir de cáncer. “Tuvo los cojones de ir y gastar bromas para que sonriese”, cuenta uno de los presentes. Poco después, el 21 de junio de 1969, Little Mo perdió la única batalla de su vida. La que nadie gana, aunque hay muchas formas de perderla. La suya, heroica. Moría “la hija del éxito y la tragedia”. No había cumplido los 35 años.

En su funeral, el reverendo Robert N. Watkin Jr. se salió del guión eclesiástico y se apoyó en el deporte de la fallecida: “hace falta mucho coraje para remontar un 0-5 en las pistas de tenis. Hace falta mucho coraje para superar un terrible accidente a caballo y tener una vida plena. Y hace falta mucho coraje para afrontar una muerte segura con la cabeza bien alta. Y ella tenía mucho coraje”. Todos los presentes asintieron.

Justo antes de su vigésimo cumpleaños Maureen Catherine Connolly había levantado nueve trofeos del Grand Slam, había conquistado Melbourne, París y Londres sin conocer la derrota, y se había ganado cada letra de su apodo. Con un simple guiño del azar, sin la tragedia como condena, ¿estaríamos ante la mejor tenista de la historia? ¿Los 24 Grand Slam de Margaret Court seguirían siendo una frontera nunca cruzada? “Fue muy triste que tuviese que retirarse tan pronto porque no sabemos cuántos grandes más habría ganado. Hubiese sido genial verle competir ante Tracy Austin o Chris Evert, o incluso contra Martina Navratilova”, dice Billie Jean King. “Little Mo fue una gran campeona del tenis. Sin el accidente que cortó su carrera, todas habríamos estado persiguiendo sus récords. Y lo que es más importante, fue una gran campeona de la vida, ayudando a todos los que la rodearon”, responde la propia Navratilova.

¿Y Connolly? ¿Qué dice Maureen Catherine? “He tenido todo lo que quería. Y todo lo que he tenido, se lo debo al tenis. Me dio una vida terriblemente excitante. Una vida maravillosa. Si me tuviese que ir mañana, habría vivido tanto como 10 personas. He vivido diez vidas”, confesó cuando la muerte ya le acechaba. En 34 años, a la niña de corazón saludable y vigoroso le había dado tiempo a ser esposa, madre, bailarina, pianista, cantante, amazona, reportera, comentarista, escritora, estudiante, restauradora, filántropa… y jugadora de tenis. Campeona de tenis. Odiaba perder, y casi nunca lo hizo. Insumergible. Indestructible. Little Mo.

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