La carta más emotiva de Carla

En junio huele a hierba mojada. El circuito se tiñe de verde y el All England Tennis Club se viste de gala para acoger el tercer Grand Slam de la temporada. En Londres tiene su sede la catedral del tenis y Wimbledon no es un grande cualquiera. Es historia y tradición. Respeto y leyenda. Sueños y mitos. El aura que envuelve al major inglés se traduce también en la forma en la que los jugadores afrontan este campeonato. Muchos abandonan los comunes hoteles oficiales y deciden alojarse en apartamentos y casas cercanas al club, donde poder desconectar con su equipo del ajetreo que rodea al Grand Slam más esperado del año, ese por el que las colas para conseguir un pase son interminables, ese donde los fans acampan para ver a sus ídolos, ese donde los seguidores acuden a una pradera para vibrar con su héroe nacional.

Tranquilidad y cercanía son los ingredientes indispensables en la receta que buscan los jugadores. Una de las que optó por esta opción es Carla Suárez. La española y su equipo decidieron compartir esta temporada su estancia en Londres con una familia británica. Sobre el pasto del All England Tennis Club, la canaria cuajó la mejor actuación de su vida. Su revés dañó como nunca y su mejora en las pistas más rápidas le permitió alcanzar la segunda semana (sólo Wimbledon le faltaba para conseguir la marca en todos los  Grand Slam). Lourdes Domínguez, Mirjana Lucic, Eugenie Bouchard y Petra Kvitova testaron el nivel de la canaria. La checa cortó su progresión en octavos de final, pero las sensaciones eran inmejorables. Después de 15 días en Londres la mejor raqueta española según el ránking WTA, había dado un paso al frente en la superficie más complicada para su juego.

Sin embargo, más allá de resultados y éxitos en la pista, aún se reservaba una sorpresa para Carla. Detrás de los 280 puntos que le servían para adentrarse entre las veinte mejores raquetas del mundo por primera vez en su carrera y situarse a la altura de las jugadoras más laureadas del tenis nacional como Arantxa Sánchez Vicario* (#1), Conchita Martínez* (#2) o Anabel Medina* (#16) se ocultaba un premio mayor. Incalculable. Habían transcurrido casi tres meses desde que la canaria dejó Londres para seguir compitiendo a lo largo y ancho del mundo. Desde Estados Unidos hasta Pekín. Entre aeropuertos y maletas llegó una carta. La más emotiva.

La dirección remitente provenía de aquel barrio londinense que fue su casa durante dos semanas. Allí convivió con una familia que quedó eternamente agradecida. Aquel matrimonio y sus hijos firmaron pleitesía a Carla para siempre. En aquellas líneas contaban cómo los más pequeños de la casa presumían en la vuelta al cole ante sus compañeros de clase y profesores de que habían practicado múltiples deportes con la canaria. Explicaban que en aquel hogar el smartphone era una ventana sagrada para seguir sus resultados. Incluso durante reuniones de trabajo. Y narraban cómo cada paso hacia el cielo de la española es una alegría compartida. “Aquí tenéis una casa y una familia para siempre”, cerraba la epístola.  Sólo fueron quince días, pero suficientes para entender que en un barrio de Londres hoy sueñan con ser como Carla Suárez.

(*) Mejor ránking en su carrera.

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