Héroes: Rod Laver

Australia dio a uno de los guionistas de este deporte. Rodney George Laver es un indiscutible mito del tenis. Uno de esos jugadores que a primera vista nadie pensaría que fuera a poner límites en los récords humanos de este deporte. Sin duda, es uno de los cinco mejores tenistas de la historia, además de ser considerado como el mejor jugador del siglo XX. Su gran hito fue ganar los cuatro Grand Slam el mismo año, en dos ocasiones, 1962 y 1969. Pero no fue el único que llevó a cabo.

Los datos de su carrera son escalofriantes: 20 Grand Slam (11 en individuales y nueve en dobles), cinco Copas Davis (1959-62, 1973) y 184 títulos en total divididos entre su carrera amateur y profesional (antes y después de la Era Open, desde 1968). La primera vez que consiguió los cuatro Grand Slam fue como jugador aficionado. Al año siguiente se retiró del circuito amateur, donde ya no podía competir en los grandes, para volver en 1969 y repetir la hazaña. ¿Qué habría sido de Rod Laver si se hubiera centrado en los Grand Slam durante esos cinco años? Sin duda, tendría menos títulos, pero quién sabe cuántas veces habría repetido lo que solo unos pocos han podido lograr una única vez. Lo cierto es que sigue siendo el único jugador en conseguir el Grand Slam en dos ocasiones. Es uno de los padres del tenis moderno, pionero en abrir camino en este deporte. Demostró hasta dónde puede llegar la pasión de un hombre por su profesión. Fue referente de todos los jugadores posteriores, desde McEnroe, pasando por Sampras hasta Federer. Desde la década de los 60 ha sido un héroe del tenis.

Nació el 9 de agosto de 1938 en el pueblo de Rockhampton, Queensland, Australia. El entorno en el que creció fue el ideal para lograr lo que consiguió. Toda su familia al completo jugaba al tenis. Sus padres, Roy y Melba, habían respirado desde niños la competición de la raqueta y jugaban todos los campeonatos que podían en Queensland. Precisamente se conocieron en un torneo allí.

Desde que se mantuvo en pie el tercero de sus cuatro hijos, sus padres le hacían empuñar una raqueta para que jugara con ellos y sus hermanos. Roy y Melba competían como pareja mixta en dobles y tenían bastante éxito. Con el paso del tiempo, sus cuatro hijos fueron recogiendo el testigo de las victorias en varias categorías, pero el que despuntó sobre todos fue Rod.

Con seis años ya desafiaba a sus hermanos mayores en la pista, utilizando una raqueta con un asa recortada, más fácil de manejar para él. En 1951, con trece años, jugó contra su hermano mayor Bob en la final junior del campeonato de Queensland. Pequeño para su edad, Rod apenas conseguía ver bien la parte de la pista de su rival tras la red. No ganó aquel partido, pero a punto estuvo de conseguirlo.

Poco después fue seleccionado para participar en un campamento de tenis en Brisbane. Allí estaba Harry Hopman, capitán de la Copa Davis por muchos años. Cuando observó al joven zurdo se dio cuenta de que su potencial, bien entrenado y direccionado, podría marcar un antes y un después en el tenis mundial. Hopman supo ver lo que diferenciaba a aquel niño de otras pequeñas promesas del tenis australiano, y no eran únicamente sus destrezas físicas. Reunía el coraje, la determinación y ética necesarios para ser un hito. Hopman lo adoptó como pupilo, dispuesto a perfeccionar su juego.

En 1953 sufrió ictericia, lo que le hizo perder dos meses de escuela. Cuando se recuperó, sus padres y su entrenador, junto con él, discutieron sobre la posibilidad de que comenzara a dedicarse de lleno al tenis. Todos estaban de acuerdo, por lo que con 15 años se inició en la consagración de uno de los deportes más sacrificados.

En 1956 ganó el campeonato juvenil de Estados Unidos. Un año más tarde levantaba el de Australia. Ese mismo año ingresó en el ejército australiano, por poco tiempo. En 1958 estaba de vuelta en las pistas. La victoria que consiguió sobre Barry MacKay en la segunda ronda del torneo de Queens le proporcionó relevancia internacional. Todo el mundo estaba enterado del chico que estaba llamando insistentemente a las puertas de la gloria. Era cuestión de tiempo. A partir de ahí se volcó en el circuito amateur de tenis.

En 1959 Laver fue reclutado en las filas del equipo australiano de Copa Davis por primera vez. Compartió vestuario con Neale Fraser y Roy Emerson. Jugó 10 partidos individuales con victoria en seis de ellos. En la final contra Estados Unidos no estuvo acertado y perdió sus dos partidos, precisamente uno de ellos ante Barry MacKay, pero Australia terminó levantando la ensaladera de plata. Desde ese año y hasta 1962 Laver ayudó al equipo Australiano a conseguir cuatro Copas consecutivas.

1960 fue la fecha de despegue de Rod Laver. Con una reputación mediática ya ganada, levantó su primer Campeonato de Australia ante Neale Fraser. Iba dos sets abajo, pero su empeño por colocar su nombre en lo más alto del tenis le empujó a la victoria. Laver no tenía un físico hecho a medida del tenis, su altura era catalogada de insuficiente (1,73m) pero su agilidad y destreza en la pista compensaban más allá de lo que unos cuantos centímetros más le hubieran podido dar. Su antebrazo izquierdo se había sobredimensionado por los años de entrenamiento y su juego era prácticamente perfecto, no había golpe que no dominara o ángulo al que no llegara. Su derecha liftada era digna de un ente sobrehumano y no ofrecía debilidad alguna por la que poder ser atacado. Aunque su saque no era lo mejor de su tenis, mandaba la bola a los ángulos idóneos para hacer daño en sus servicios. Dominaba la red y en conjunto jugaba de forma muy agresiva, como Hopman le había enseñado, sin olvidar el carácter defensivo cuando era necesario.

Ese mismo año, Fraser se vengó de Laver en la final de Wimbledon, impidiéndole levantar su segundo grande, que consiguió en el dobles mixtos de Estados Unidos.

En 1961 Laver no pudo revalidar su título individual en Australia, aunque lo ganó en dobles, pero sí consiguió su primer grande sobre la hierba de Londres. Venció en la final de Wimbledon al norteamericano Chuck McKinley en tan solo 55 minutos. También puso su nombre en los trofeos de dobles y dobles mixtos de Roland Garros.

Entonces, Jack Khramer, ex jugador y ahora organizador del tenis profesional, le ofreció una gran suma de dinero por cambiarse de circuito. Laver se negó. Si jugaba como profesional no podría optar a los Grandes, y su punto de mira estaba en ellos aún.

1962 fue el año en el que Rod Laver demostró al mundo lo que aquel niño delgado y débil podía llegar a ofrecer. Su físico había evolucionado por completo, al igual que su juego, y con una mezcla entre humana y salvaje, propia de los animales más fieros, los jugadores le temían. Al acabar la temporada Laver escribía su nombre en los anales de la historia por ser el segundo hombre en ganar los cuatro Grand Slam el mismo año, tras la hazaña de Don Budge en 1938. Pero no conforme con eso, también monopolizó la Copa Davis, otra vez.

Había hecho historia. Dominaba el tenis mundial. Y pensó que era el momento oportuno para cambiar de circuito. La adaptación al profesional no fue un camino de rosas. González, Rosewall, Newcombe y Hoad se habían estado repartiendo las victorias varios años y Laver interrumpió en un territorio dominado por pocos elegidos que se enfrentaban en unos meses 20 o 30 veces con cada uno.

Pero Laver estaba ya formado. Con la única salida que conocía, el esfuerzo constante, acabó su primer año profesional como número dos, aunque ninguna prueba lo certificaba, pues la clasificación no se basaba en la actual de puntuación. Rod estuvo cuatro años más solo en el circuito profesional, en los que fue considerado el mejor jugador del mundo.

En 1964 consiguió siete títulos y el año siguiente los duplicó. En 1966 se adjudicó 10 trofeos y en 1968 llegó el récord al conseguir 18, incluyendo el Wimbledon Pro, US Pro, Wembley Pro y French Pro.

Hasta 1968, con el surgimiento de la Era Open, no se permitía a los tenistas profesionales competir en Grand Slams. Había perdido cinco años de participación en los títulos más importantes. Sin embargo, a su regreso su trono le estaba esperando. Laver no conocía los períodos de adaptación, solo el sacrificio y trabajo duro. En 1968, en la primera opción que tuvo de volver a los torneos más importantes, pudo levantar Wimbledon, siendo el primer tenista profesional en conseguir un Grand Slam. Pero esa victoria no iba a ser nada en comparación con lo que venía. Con 31 años, cualquier crítico diría que los resultados de la carrera de Laver serían estables para poco a poco ir descendiendo. Y cualquier crítico se habría equivocado. A Rod Laver le faltaba su segundo hito. Un año después de volver a los grandes, en 1969, repitió la hazaña heroica de 1962. No había pasado el tiempo. Como el leopardo al que se le libera de la jaula y se le deja cazar libre, Laver no dejó acaparar ni un solo título importante. Se alejaba estratosféricamente de los mortales. Demostró que profesional o amateur, era el mejor del mundo.

La segunda vez que reunió los cuatro grandes fue aún más especial que la primera. Habían pasado siete años para él, para sus rivales y para el tenis. Las jóvenes promesas pedían paso a tirones desde abajo. González, Hoad, Rosewall, Newcombe y Laver se podían empezar a sentir amenazados por Ashe, Smith y Roche. Pero el australiano seguía teniendo una conexión especial con el deporte, y aún pasarían años hasta que alguien le pudiera plantar cara de verdad.

En 1969, Laver y su compatriota Roche protagonizaron una semifinal para la historia en el Abierto de Australia. Pasaban los cuarenta grados en un verano infernal cuando Roche en su progreso sobre Laver consiguió forzar el quinto set. Pero la experiencia y actitud del hombre indestructible dominaron tras cinco horas de partido. En la final Laver no tuvo que batallar tan duramente contra Gimeno.

El siguiente grande era en París. En la final se vio las caras con Rosewall, su eterno rival. Pasó por encima de él para apuntarse su noveno Grand Slam en individuales. Aún faltaban dos.

En el All England Club jóvenes jugadores probaban suerte año tras año. Y Laver volvía, siempre volvía. Como un rito ya, conocía los mayores secretos del tercer Grand Slam de la temporada. En las semifinales se topó con Ashe, a quien la hierba beneficiaba su juego rápido y agresivo. Pero Laver estaba tocado por una fuerza sobrenatural y no se complicó demasiado para eliminarle. En la final compartió pista con otro viejo conocido, Newcombe. Otro compatriota más que le había amargado sus primeros años como profesional, pero a quien había adelantado por el carril derecho sin mirar. Laver seguía siendo superior. Mayor que Newcombe, hombre vital en el equipo de la Davis durante años, volvió a imponerse una vez más a su competidor, sin embargo, no fue fácil. En un partido muy ajustado en el que se vio la mayor muestra de saque y volea posible, Laver pudo reinar. Le faltaba solo uno. Rod puso destino a Nueva York. En aquel año el US Open se disputaba sobre hierba, en Forest Hill.

Todo apuntaba a que Laver repetiría final, tras derrotar otra vez a Ashe en la ronda anterior, con Newcombe, pero Roche dio la sorpresa y le superó.

Puso todo su empeño en plantar batalla a Laver en la final, pero el combustible le duró un set. En el resto del encuentro Rod no se despeinó demasiado.

Con una hazaña histórica que nadie volvería a repetir hasta hoy, a Laver le quedaba poco por conseguir. Con 31 años había llegado más alto que ninguno. Más calmado, siguió acumulando títulos en los años siguientes en el circuito profesional. En 1971 volvió a levantar Wimbledon en la categoría de dobles. Pero no disputó todos los grandes, y se alejó algo del circuito profesional.

En 1973 volvió a dejar su firma en otro apartado más de la historia. Junto a sus míticos rivales, Rosewall y Newcombe formó el primer equipo de tenistas profesionales que ganaba la Copa Davis, su quinta ensaladera de plata.

En 1978, tras 23 años al máximo nivel, Laver se retiró de la competición con 40 años. Había estado en el top-10 durante 13 años, siete de ellos consecutivos como número uno. Lo había ganado todo. Había dejado el techo del tenis fuera de la atmósfera de la tierra. Nadie volvería a conseguir lo que él hizo. Record de títulos y récord de conseguir el Grand Slam. Es el quinto jugador con más grandes de la historia, y uno de los nombres que siempre estará ahí en las discusiones sobre quién ha sido el mejor.

Ahora es un exitoso hombre de negocios, pero será recordado por darle la mayor pasión y entrega posibles a una profesión. Es el símbolo referente para generaciones y generaciones de jugadores y aficionados. Laver descubrió a la gente lo que es amar el tenis.

Se hace complicado poner a todos los grandes tenistas en una lista para compararlos objetivamente y afirmar rotundamente quién ha sido el mejor. El sistema de clasificación de los años en que jugó Laver no es el mismo que el posterior ni el actual, y los palmarés distintos. Sin embargo, el hombre más admirado durante décadas entre jugadores y aficionados, por su calidad como deportista y su carácter reservado y modesto, tiene un asiento reservado entre los héroes de la raqueta.

Algunos apuntan a que el éxito de Laver se debió a que tres de los cuatro grandes se jugaban en hierba cuando competía. Solo Roland Garros era sobre arcilla. El cambio de superficies actual dificulta conseguir lo que el australiano hizo. Sin embargo, analizada toda su carrera, este no puede ser un factor imperativo para que consiguiera tal hazaña. Sí lo es el hecho que él mismo apunta, la presión, el conocimiento de que todo tiene un inicio y un fin y que no siempre va a estar ahí para ser alcanzado.

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