Héroes: Jimmy Connors

“El tenis nunca fue un trabajo para mí. El tenis fue una diversión. Y cuanto más dura era la batalla y más largo el partido, mayor diversión”. El tenista que odiaba más perder de lo que amaba ganar fue uno de los más polémicos en su carrera.

James Scott Connors es otro hombre barajado en la lista de los mejores jugadores de la historia. La discusión es amplia. Connors ostenta el número de victorias en la Era Open (desde 1968), con 1243. Tiene ocho torneos del Grand Slam, ocupando el onceavo puesto en la lista de tenistas con más grandes. Consiguió un Abierto de Australia, dos Wimbledon y tres Abiertos de los Estados Unidos. Retuvo el número uno durante 160 semanas seguidas en una ocasión y 84 en otra, con un total de 268, y acabó como primero en el ránking al final de cinco temporadas consecutivas (1974-1978). Además, pasó 13 años entre los cinco primeros puestos de la clasificación. Sin embargo, su dato más sorprendente es el número de títulos de la ATP, siendo el único en superar los 100 torneos (109). Durante su carrera tuvo tiempo para que le sobraran las rivalidades. McEnroe, Borg o Lendl fueron sus grandes pesadillas en algunas ocasiones y él la suya en otras. En una entrevista, John, contra quien más peleó a lo largo de su carrera, confesó con palabras una realidad increíble. “Había veces que quería matarle en la pista por lo mal que me hacía sentir. ¡Quería estrangularle! Y estoy seguro de que él también a mí”. Sin embargo, también tuvo palabras de elogio para definir a un gran campeón. “Es un guerrero, un gran buscavidas, el último superviviente”.

Para Connors la presencia de grandes antagonistas en el circuito suponía una motivación adicional. Le encantaba la rivalidad, aunque trataba de ocultarla, al igual que sus fallos. Era feliz compitiendo al máximo y le encantaba saber que al salir a la pista le esperaría un jugador tremendamente difícil, porque eso significaba que tendría que dar todo y más para ganar.

Jugador zurdo, practicaba el revés a dos manos pero llegó a dominarlo con una sola. Su juego de fondo era agresivo y plano, con ausencia de topspin, favorable para las superficies rápidas. Le pegaba tan fuerte a la bola, hacia todos los ángulos de la pista, que parecía que acabaría estrellándose contra las paredes traseras, sin respuesta.

Connors era conocido por su tenacidad y extrema competitividad. No soportaba perder. Su única posibilidad era ganar. Muchas grandes leyendas del tenis que llegaron a lo más alto como él tuvieron una asignatura pendiente. La del estadounidense fue Roland Garros. Llegó a penúltima ronda hasta en cuatro ocasiones, pero jamás pudo reinar. Otros grandes se le habían adelantado y habían desplegado su campamento sobre París. Además, su juego no fue el más propicio para la superficie más lenta.

Su fuerte temperamento, al que le fue fiel siempre, ejerció sobre él mismo el papel de motivador para llegar a lo más alto. Su carácter era conocido internacionalmente por sus diferencias con jueces, jugadores e incluso público. Convertía sus partidos de tenis en un espectáculo digno de admirar. Fue uno de los personajes más carismáticos que conquistó grandes. Nunca le dio importancia a las reglas sociales y sus objetivos primaron sobre la opinión de cualquiera. Sin embargo su tenaz comportamiento en la pista y su alma de campeón le hicieron ganarse el respeto de las multitudes, a quienes era capaz de reunir en torno a sus partidos con increíble expectación. Su territorio fue el Abierto de los Estados Unidos, su torneo favorito, sobre el que reinó en cinco ocasiones, en tres superficies distintas: hierba, arcilla y pista dura. Allí fue protagonista de algunas de las remontadas más memorables de este deporte para acabar levantando el trofeo.

Tuvo como referentes a su madre y su abuela, y aunque admiraba a grandes deportistas, jamás los tuvo presentes como héroes sobrehumanos. Si lo hubiera hecho, él mismo admite que habría pecado de pretencioso en su carrera. Tomaba lo que más respetaba de cada uno y lo añadía a su personalidad y su juego, para elaborar un nuevo deportista completo y triunfador, pero siempre quiso mantener su esencia y hacerse a sí mismo sin imitar más de lo necesario a nadie.

El norteamericano prefirió explayarse en su carrera en casa, para proclamarse rey en Europa únicamente en Londres. Sin embargo, esta acotación de torneos le sirvió para mantenerse entre los mejores la mayor parte de su carrera.

Jimmy Connors nació en Belleville, Illinois, Estados Unidos, el 2 de septiembre de 1952. A los tres años ya jugaba al tenis porque su madre, entrenadora, y su abuela deseaban que aprendiese. Más tarde en California se entrenó a conciencia con Pancho Gonzáles, para él el mejor jugador de la historia. En 1971 estuvo en la universidad fugazmente, donde su mayor logro fue ganar el título del National College Atheletic Association.

Hasta 1972 no comenzó como profesional, sin embargo su debut en el circuito fue en 1970. Ese año disputó el Abierto de Merion, en Estados Unidos. Además, con 17 años venció a Roy Emerson. En ese momento Connors sintió que su destino era competir con los grandes y estar entre ellos. Supo que tendría las herramientas adecuadas para jugar al tenis a la más alta exigencia. Era consciente de la edad de Emerson y su patente bajón de nivel, pero Connors lo supo aprovechar para definir su camino. La victoria contra uno de los mejores jugadores de la historia le empujó a seguir su ruta con tenacidad. Tenía la juventud y capacidad que el tenis necesitaba.

En 1971 alcanzó su primera final en un torneo, en el Abierto de Columbia, pero no resultó vencedor. Fue en 1972, con 20 años, cuando obtuvo su primer título en Jacksonville. Más adelante encadenó otros títulos en Columbia, Londres, Cincinnati, Albany y Baltimore.

En la siguiente temporada alcanzó 11 títulos, todos sobre pista rápida. Connors se negaba a participar en el circuito ATP, el más aceptado entre los tenistas. Competía en uno menor dirigido por Bill Riordan. Además, en 1973 Larry King, Jordan Kaiser, Dennis Murphy y Fred Barman crearon una liga paralela, la WTT (World Team Tenis), aprovechando el gran tirón mediático que estaba teniendo este deporte en Estados Unidos. Connors fue uno de los primeros tenistas en jugar allí, además de Evert, Nastase o Borg. Por aquel entonces los premios de la ATP eran bajos y Roland Garros y el Abierto de Australia no gozaban de la popularidad de Wimbledon y el Abierto de los Estados Unidos, por lo que si la ATP ponía problemas a los jugadores que disputaran la WTT, alguno no tendría inconveniente en no acudir a estas dos citas. Y así fue. Entonces, Philippe Chatrier alcanzó la presidencia de la Federación de Tenis Francesa. Contra la fuga de jugadores en París intentó tomar medidas para paliar el duro golpe que suponía la WTT, pero no logró ser competencia, por lo que intercedió en la ITF para que los jugadores de la WWT no pudieran disputar Roland Garros. A la larga Chatrier salió beneficiado ya que la WTT se vino abajo, y apareció un candidato ideal para ser el embajador de la arcilla en Francia: Borg.

Durante 1974, la ATP prohibió a Connors competir en Roland Garros por haberse comprometido en la Copa del Mundo del Baltimore (WWT). Connors había dado sus primeros pasos en el torneo francés durante 1972 y 1973, pero no había pasado de segunda ronda. Con la restricción de ese año inició acciones legales contra la ATP, dirigida por Arthur Ashe, hasta que en 1975 las retiró. Esta prohibición le impidió a Connors hacer en 1974 el Grand Slam. Nunca volvió a estar tan cerca de conseguir la hazaña de los grandes héroes. Participó más adelante en Francia hasta en 11 ocasiones, pero nunca pasó de semifinales. Sus ocho grandes se escribieron entre Nueva York, Londres y Oceanía.

En 1973 levantó sus tres primeros grandes en Australia, Wimbledon y Estados Unidos. Pero no solo eso: ganó 99 partidos y se llevó por delante 15 torneos.

En el primer grande derrotó en la final al australiano Phil Dent en cuatro sets. Era la primera de dos apariciones en Australia de Connors, y nada más llegar se nombró campeón. En los otros dos torneos se mostró superior ante Ken Rosewall, viejo conocido del deporte. La hierba de Wimbledon y Estados Unidos era la pieza que encajaba a la perfección con su juego.

En julio de ese año alcanzó el primer puesto en el ránking y lo mantuvo durante 160 semanas seguidas. Ese récord únicamente lo alcanzó Federer en 2007.

En la siguiente temporada de 1975, llegó a la final de los tres grandes que había levantado, pero cayó en todas ellas. Finalizó con nueve torneos en su poder y el primer puesto en la tabla.

En Australia, Newcombe la pasó por encima. En Wimbledon, un partido más que esperado entre Ashe y Connors se decantó por el más veterano. Ashe no estaba en su mejor momento, pero ganó sorprendentemente en cuatro sets, para ser el primer hombre afroamericano en ganar en Londres. En Nueva York, ese año, Connors también fue sorprendido de nuevo, esta vez por Manuel Orantes en la primera edición en que el torneo se celebró sobre arcilla verde.

Con un parcial de tres Grand Slam y tres finales, Connors ya sabía lo era tocar la gloria y quedarse a escasos centímetros, salvó en París.

En 1976 no disputó el Abierto de Australia, ni lo volvería a hacer. Sin poder competir aún en Roland Garros, en Wimbledon alcanzó los cuartos de final. Más tarde, volvió a reinar en Nueva York para conseguir su cuarto grande, el primero sobre arcilla. En la final venció a Borg, en el primero de cuatro enfrentamientos que vivieron ambos en finales de Grand Slam. Además se hizo con 11 títulos más en el circuito. Connors se estaba ganando a sus compatriotas de público, que disfrutaban con él como pocas veces lo hacían viendo partidos de tenis. Poco a poco su carácter pasó del rechazo entre la multitud al respeto. Estados Unidos era su coto privado.

En 1977 no disputó el torneo de Australia ni Roland Garros. Connors no pisaría París para competir hasta 1979, desde que en1972 y 1973 hubiera disputado las primeras rondas. Sí participó en Wimbledon, donde fue señalado por la polémica al no acudir a la fiesta de celebración de excampeones por el centenario del Grand Slam. Llegó a la final, pero esta vez Borg y su adaptable tenis le batieron, no sin dificultades, en cinco sets.

También perdió en la final de Nueva York ante Guillermo Vilas. El argentino varió su juego y sorprendió al defensor del título en la red. Sin embargo, con siete títulos esa temporada, no se quedó sin trofeos importantes. Al igual que en Australia, el primer año que decidió jugar el Masters lo ganó. Venía de ganar también el WTC Challenge Cup.

1978 fue el último año de la primera etapa de Connors. Sin participar en Australia ni Francia, llegó a Wimbledon como gran aspirante a levantar de nuevo el trofeo. Sin embargo se volvió a encontrar con el hombre de hielo en la final. Llevaban dos enfrentamientos en finales de grandes, uno para cada uno, y el desempate cayó de la mano del sueco en cuatro sets. Era la sexta final de un grande que se le escapaba, por cuatro que había conseguido. Pudo vengarse de Borg en Nueva York y levantar de nuevo su trofeo predilecto. Ese año comenzó a jugarse sobre pista dura y Connors fue el primer jugador en ganar el título sobre tres superficies distintas. 1978 fue el último año de los cinco que Connors finalizó como número uno. Anteriormente le había arrebatado Borg el puesto, pero el norteamericano lo había recuperado para acapararlo 84 semanas más. Ese año consiguió otros nueve títulos.

En 1979 Connors irrumpió en Francia. Al americano le interesaba ganar el último grande que le faltaba. Sin embargo, ese fue su hoyo. Ese año hizo semifinales en Roland Garros, Wimbledon, Abierto de los Estados Unidos y Copa de Maestros. Levantó siete títulos, por debajo de la media que llevaba hasta ahora. Terminó el año como número dos, dejando el primer puesto a Borg.

En 1980 hizo las mismas rondas en los tres grandes, pero esta vez sí conquistó la Copa de Maestros, además de seis títulos. Los datos de Connors estaban bajando. Con 28 años el estadounidense estaba viviendo una mala racha con su juego, siendo superado por sus eternos rivales.

1981 registró peores datos para Connors, siendo su año más flojo hasta la fecha. Cuartos de final en Francia, semifinal en Wimbledon y Nueva York, y cuatro únicos títulos. Parecía que el gigante indomable se apagaba irremediablemente. Perdió protagonismo a nivel mundial, aunque siguió siendo un icono para sus compatriotas. Cuando, con 29 años acabó su peor temporada, parecía que iba a dejar paso a las jóvenes promesas, sin embargo, en 1982 volvió con todo el cargamento, para defender sus títulos y conseguir los que le faltaban. Demostró al circuito que aunque lo irremediable algún día pasaría y el jugador que más vida le había dado a los partidos tendría que decir adiós, aún quedaba furia para rato. Ganó a McEnroe en Wimbledon y a Lendl en Nueva York, manteniendo a raya a los que pisaban fuerte en sus dominios. Levantó ese año sus dos trofeos protegidos y volvió a asentarse entre los mejores.

En 1983 únicamente llegó a cuarta ronda en Londres. Connors había ganado su último título en el All England club el año anterior. Pero no quiso despedirse de los grandes sin sentir otra vez la sensación de ganar en Estados Unidos. De nuevo venció a Lendl para levantar su quinto Abierto de los Estados Unidos en una década. Fue su último grande. Ganó otros tres torneos más durante la temporada y acabó el año como número tres. Había caído en la derrota durante los pasados años, pero su valentía y fuerza le hicieron salir a flote. La testarudez de Connors no le había permitido retirarse.

Durante 1984 y 1985 llegó a las semifinales de Roland Garros y US Open (por doceavo año consecutivo) y final (1984) y semifinal (1985) en Wimbledon. En 1984 perdió el último partido ante McEnroe, hombre de venganzas a largo plazo. Cuando acabó el partido le preguntaron si consideraba a McEnroe superior, a lo que Connors contestó “nunca”. Quizá fuera verdad lo que pensaba, probablemente lo fuera, pero lo cierto es que jamás perdió una oportunidad de crear polémica con sus rivales. En esos dos años ganó siete títulos en el circuito, entre ellos Tokio, su segundo favorito.

A partir de 1986 el nivel de Connors descendió de nuevo, pero ya no se encontraba en condiciones de reaparecer para plantar cara a la élite del circuito. Sin embargo, en 1987 llegó a semifinales de Wimbledon y Abierto de los Estados Unidos, aunque no consiguió ningún título esa temporada. Tenía 34 años, 14 dedicados al tenis, desde que ganó su primer título en el circuito. Había conseguido muchas glorias reservadas para unos pocos privilegiados, sin embargo no pensaba que hubiera llegado su final. Continuó sintiendo la competencia en su interior y seguiría luchando en el circuito unas cuantas temporadas más.

Su cuerpo estaba más que acostumbrado a resistir en los momentos extremos y él quería continuar con la batalla. En 1988 levantó los títulos en Toulouse y Washington. En 1989 levantó su último título en Tel Aviv. Con 37 años acabó número siete del mundo. Pero aun así no se marchó.

La temporada de 1990 sin duda fue la peor. Jugó solo tres partidos, que perdió. Terminó el año en el puesto 936. Los signos de finiquito eran más que evidentes. La razón: su muñeca derecha estaba gravemente lesionada. Todo el mundo dio por retirado a Connors entonces. Pero el hombre más tozudo del circuito volvió a jugar en 1991, tras operarse. Era uno de los jugadores más veteranos, pero mientras pudiera estar en pie no iba a ceder terreno a conciencia. Disputó 14 torneos y volvió de nuevo a unas semifinales de un grande en Estados Unidos, tras recibir una invitación de la organización en tiempos de la generación que había hecho el relevo a la suya. Su última proeza. Su vigésimo primera aparición en el Abierto de los Estados Unidos fue una de las últimas. En 1992 volvería a los tres grandes que más había disputado, pero caería en las primeras rondas.

En 1991 Connors disputó uno de sus torneos en Nueva York más complicados. Dejó atrás a McEnroe, Schapers y Novaceck. En cuartos se encontró a Krickstein. Quince años de diferencia entre ambos jugadores. Connors seguía teniendo el mismo nivel de adrenalina en su sangre cuando jugaba y terminó ganando en un espectáculo para la Flushing Meadows. Ese día cumplió 39 años. Pero un día después en la semifinal, Courier pudo abrir brecha en el cemento armado, y terminó imponiéndose para abrirle los ojos a Connors.

Aun así aguantó tres temporadas más, hacia abajo. Si su cabeza había sido incapaz de poner punto final a su carrera, su cuerpo lo iba a hacer drásticamente. Tras la lesión de la muñeca, de la que se recuperó sorprendentemente, la espalda no le permitió seguir disputando partidos al mismo nivel. Durante 1993, 1994, 1995 y 1996 Connors continuó merodeando por el circuito y disputando algunos torneos, sin éxito. Con casi 44 años y más obligado que convencido, se retiró. El hombre cuya máxima había sido el inconformismo y la lucha hasta la victoria, sucumbió al tiempo, como el resto de mortales. Había mantenido su orgullo por encima de su físico y de las circunstancias, pero aunque parezca que algunos hombres pueden dominar a su antojo la suerte, este fue un ejemplo de que no es así. Ya había manejado sus hilos demasiado tiempo. Tuvo una carrera larga y exitosa, fue uno de los jugadores más aclamados por el público y enfiló a sus rivales hasta el último momento.

“Mi vida ha sido el tenis”. Connors hizo de este deporte una forma de vida. Vivió de acuerdo a su profesión y está orgulloso de lo que aportó a su vida y lo que él ha dejado en el legado para siempre. Llegó muy lejos en el deporte en el que lo esencial es tener una mente ganadora, como la suya.

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