Héroes: Andre Agassi

Fue el tenista más polémico de la década de los 90 y parte de los 2000, y uno de los mejores de todos los tiempos. Sin embargo, Andre Agassi fue el único jugador que logró tanto éxito sin amar su profesión. En multitud de ocasiones ha admitido que no le gustaba el tenis, pero supo encarrilarlo para obtener beneficio del trabajo duro. El hombre que dedicó su vida a la raqueta por obligación, desarrolló sin embargo una poderosa conexión con ella: “Fue una relación amor-odio. Fue un deporte que yo nunca elegí. Con el tiempo conseguí cambiar mis sentimientos, pero había muchos años de resentimiento acumulados. Ahora ya no”.

Tras su brillante carrera, marcada en algunos momentos por duros baches, ha sabido apreciar lo que consiguió y sobre todo lo que aportó al deporte. Ganó ocho torneos del Grand Slam, siendo el décimo en la lista de tenistas con más grandes, por encima de Jimmy Connors, y fue uno de los cuatro jugadores que ha conseguido completar el Grand Slam en la Era Abierta (Laver, Agassi, Federer, Nadal) y el segundo en lograrlo tras Rod Laver. Ganó el Abierto de Australia en cuatro ocasiones, una en Roland Garros y Wimbledon, y dos en el Abierto de Estados Unidos. Logró además una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, siendo el primer tenista en ganar el Grand Slam y el oro olímpico, logro que más tarde conseguiría también Nadal. Además, levantó la Copa Davis en 1992, aunque debutó en el equipo de Estados Unidos con 18 años.

Sumó 61 títulos en toda su carrera, con uno solo en dobles: ocho cetros del Grand Slam, una Copa de Maestros, una medalla olímpica, 18 Masters 1000 (uno de ellos en dobles) y 35 títulos ATP. Unos datos dignos de una gran leyenda.

Tuvo grandes rivales en la pista, pero con el que llegó a disputar clásicos del tenis fue Sampras, su eterno antagonista. Él nunca sintió su rivalidad de manera tan contundente: “Siempre me ha parecido que la prensa deportiva exageraba las diferencias entre Pete y yo”.

Lo que logró Agassi no lo ha logrado casi nadie. Sin embargo, en la década de los 90 su carrera se basaba en buenas rachas y profundos baches. Llegó a admitir: ”Juego al tenis como medio de vida pese a que lo odio, lo odio con una pasión secreta y siempre lo he hecho”. En 1997 cayó en un pozo profundo por problemas personales, depresión y pésimos resultados. Parecía que André se acababa. Pero si alguien sabe de lucha mental y de sobreponerse es este jugador. A partir de ese año su carrera despegó y alcanzó la cumbre cumplidos los 27 años: “Fue el año de la gran transición. En última instancia, mi peor año fue también mi mejor regalo”.

Él no eligió al tenis, el tenis lo eligió a él. Y a pesar de no haber sido quien tomara las riendas de su vida, supo llevarla por el buen camino y sacarle partido a las situaciones más desfavorables. Acostumbrado a batallar con lo adverso, era un ejemplo de fuerza mental y disciplina. Todo ello lo obtuvo de su padre, quién le obligó a jugar al tenis desde pequeño porque su sueño fue que alguno de sus hijos alcanzara el número uno mundial.

Tuvo admiradores desde temprano, casi tras aparecer en el circuito profesional, y durante su carrera también cosechó muchos detractores. Aunque para algunos medios no era más que una fachada excéntrica, al menos hasta que ganó su primer grande en Wimbledon, la verdad es que para entonces el joven rebelde ya había acumulado muchas victorias. Formó parte, siendo apenas un adolescente, del top-100 de la ATP. Señalado una y otra vez por ser un antisistema en este deporte, lo único que André Agassi intentaba, mientras batallaba con la raqueta, era encontrar su lugar: “Dicen que lo que quiero es llamar la atención, destacar sobre el resto. Pero de hecho, lo que intento es ocultarme. Dicen que pretendo cambiar las costumbres del juego, cuando en realidad lo que procuro es que el juego no me cambie a mí”.

El estilo de Agassi no se basó en un potente saque, como muchos de sus predecesores y contemporáneos. Lo que dominaba era el resto. Con unos reflejos increíbles golpeaba sobre el servicio de sus rivales de forma extremadamente fuerte. Su revés era temible.

Probablemente la falta de fuerza mental le hizo fallar en los momentos más complicados. Andre estaba convencido de que podía ser bueno y trabajó como pocos para ello, sin embargo no disfrutaba con lo que hacía, no estaba convencido de querer hacerlo, y eso le impediría estar en paz. Esa fue su gran diferencia frente al resto de los mejores, independientemente de su forma de juego. Aún así, teniendo esa desventaja, es más que admirable hasta dónde llegó en esas condiciones. Agassi tuvo que luchar contra muchos rivales, pero el más importante fue él mismo.

Andre Kirk Agassi nació el 20 de abril de 1970 en La Vegas, Nevada, Estados Unidos. Su padre, Mike Agassi era un conocido boxeador y fanático del tenis hasta tal punto que en su casa había una pista con las medidas reglamentarias. Mike deseaba que uno de sus hijos liderase el ránking de este deporte, y tras dos intentos fallidos, puso todo su empeño en que fuera Andre. Le regaló su primera raqueta cuando tenía tan solo dos años. Con solo tres se veía que tenía capacidad y aptitud para desempeñarse en la pista. Con cuatro, peloteaba con grandes leyendas como Bjorn Borg o Ille Nastase. Con siete años, André entrenaba todos los días con una máquina de lanzar pelotas, supervisado por su padre. 2500 golpes al día para llegar a ser el número uno. Sin querer ser tenista, el pequeño de la familia ya estaba destinado. No tenía otra opción.

Con 14 años fue enviado a una prestigiosa academia de tenis en Florida dirigida por Nick Bolletieri, con rudos métodos de entrenamiento, similares a los de una academia militar. Bollettieri vio que el joven Agassi tenía mucho futuro con la raqueta y siguió contando con él en su academia, a pesar de que su familia no tenía medios para pagarla. El director estaba convencido de que Andre llegaría lejos y apostó por él.

Por entonces, lo único que el joven tenista quería era dejar la competición y volver a casa, pero ya era imposible. Su camino estaba marcado. Comenzó entonces más agudamente que nunca a llamar la atención con su forma de vestir y sus modales. Era castigado una y otra vez, pero no le daba importancia. En la academia cultivó sus primeros admiradores entre sus compañeros. Ya era el número 610 de la ATP.

Con 16 se convirtió en profesional. Supo que en ese momento sus escasas oportunidades de darse la vuelta habían desaparecido. Ya solo había un camino y una dirección. Ese año jugó contra McEnroe en Vermount y a pesar de la derrota de Agassi, el veterano estadounidense confesó que nunca nadie le había devuelto la bola con tanta fuerza. Su nombre comenzaba sonar en el circuito.

Mientras era tachado de superficial, se buscaba un sitio en el mundo de la raqueta. En 1987 llegó su primer título de la ATP en Itaparica, Brasil. Viendo el resumen de la temporada, se sorprendió él mismo con su capacidad y supo que podría llegar mucho más alto. Comenzó el verdadero empeño por mejorar y superarse.

En 1988 ganó en Memphis, Charleston, Forest Hills, Sttutgart, Sratton y Livingston. Además llegó a semifinales de Roland Garros y el US Open. Los otros dos grandes no los disputó. Agassi no se presentó en el All England Club entre 1988-90 porque se negaba a jugar de blanco. La fama de chico malo se la ganaba con gestos como este, realmente revolucionario, pero que solo le afectaba a él mismo. Agassi contra Agassi, sintiéndose atacado desde fuera cuando el ataque estaba dentro.

Contaba en su equipo con el recién incorporado Gil Reyes como entrenador, un hombre que sabría comprenderle y brindarle lo que necesitaba para reinar. Ese año fue convocado para formar parte del equipo de Copa Davis en Estados Unidos, aunque no llegaron lejos.

En 1989 tuvo peor resultado en Roland Garros y el mismo en Nueva York que el año anterior. Con 19 años, André ya estaba rozando la gloria. Esa temporada solo ganó un torneo, en Orlando. No le quedaba mucho para ganar su primer grande, mientras vivía paralelamente a las normas y tradiciones del tenis.

1990 fue un buen año. A pesar de su lucha interna, seguía subiendo. Llegó a la final de Roland Garros, que perdió contra Andrés Gómez. Sometido a mucha presión en aquel partido, Agassi confesó años después que en esa final estuvo más pendiente de su peluca que de ganar. André pensaba en mejorar, pero todavía no tenía todos los sentidos puestos en alcanzar las glorias que le podía deparar este deporte, y él mismo se ponía límites.

Llegó a la final del Abierto de los Estados Unidos también, derrotando al vigente campeón en semifinales, Boris Becker. Sin embargo, frente a Sampras no jugó todo lo bien que podía y acabó perdiendo, como él mismo dijo “humillado”. Cayó en tres sets en su escenario preferido. Entonces, Sampras, a pesar de ser más joven que él, tenía una fortaleza mental indestructible y su concentración y empeño en los partidos eran casi inalcanzables.

Ganó en San Francisco, Miami y Washington. En su primera edición en la Copa de Maestros se encontró a Edberg en la final. Decidido y acertado, sacó más garra que el sueco. A pesar de perder el primer set, se llevó un título que era la antesala de todo lo que le esperaba a la joven promesa subversiva. Esa victoria le dio una gran confianza. Poco a poco se iba demostrando a sí mismo que podría llegar lejos, y sentía un poco más de seguridad, aunque todavía tendría que batallar contra muchos monstruos propios y ajenos.

Su juego se resintió debido a un cambio de raqueta que se vio obligado a hacer. Bollettieri, por entonces su representante, había firmado un contrato publicitario. Comenzó a perder contra las grandes amenazas coetáneas del circuito: Sampras, Chang y Courier. Su moral se minó más. En 1991 ganó solo en Orlando antes de la cita en Francia. Allí, llegó a la final. Le esperaba Courier. Agassi no confiaba en sí mismo y no se sentía un campeón. Autocastigado por dedicarse a algo que nunca fue su vocación, inconscientemente sentía que no merecía ganar ni estar entre los campeones. Se veía muy por debajo de sus grandes rivales. Pensaba que el tenis le hacía fracasar. Courier le ganó aquella final. Cualquiera no llega a una final de Grand Slam, y menos si es la tercera ocasión, pero él era incapaz de ver su potencial. Se sentía muy pequeño. Sus compañeros de profesión habían alcanzado un Grand Slam antes que él y no pensaba que tuviera madera de campeón. Por suerte, iba a comenzar a desprenderse de todo ese pensamiento y sufrimiento autoimpuesto pronto.

Ese año disputó Wimbledon por primera vez y llegó a cuartos de final. Se dio cuenta de que haberse censurado él mismo de jugar el torneo más prestigioso del tenis no había tenido sentido. André en el fondo deseaba ganar, y su personalidad era competitiva, solo tenía que dejarla libre. En julio ganó en Washington su segundo y último título del año.

Agassi no jugó en el Abierto de Australia hasta 1995, cuando lo conquistó. En 1992 levantó su primer título de la temporada en Atlanta. Llegó a la semifinal de Roland Garros, pero de nuevo Jim Courier le impidió avanzar. No obstante, en su segunda aparición en Wimbledon llegó a la final. Seguía pensando internamente que ese no era su lugar, pero se demostró a sí mismo que se equivocaba. Que también tenía derecho a ser un campeón y que, si ponía de su parte, podría llegar donde se propusiera. Agassi jamás olvidará el último revés de su rival, Goran Ivanisevic, que se quedó en la red. No pudo contenerse y se tumbó sobre la hierba a llorar. La descarga de presión que él solo había soportado durante años se quedó allí. Fue la mejor forma de liberación. Había sido su mayor crítico, aunque fuera no le habían faltado. Solo él podía saber cuál era su sentimiento en ese momento. No estaba jugando por el espectáculo. No pretendía llamar la atención. No quería ser el chico malo del tenis. Quería creer que él también tenía derecho y capacidad para ser uno de los grandes.

Su confianza mejoró y empezó a sentirse más liberado en todo momento. Ya no tenía que fingir constantemente ser lo que no era porque se estaba empezando a aceptar. Después de los fracasos, había ganado Wimbledon. Después de estar seguro de que no podía hacerlo, lo había conseguido. Su primer grande fue la bolsa de oxígeno que necesitaba para seguir. Nunca se había sentido conectado al tenis, y ahora irremediablemente, lo estaba.

Ese año ganó también el Masters 1000 de Toronto y formó parte del Dream Team que levantó la ensaladera. Agassi ganó su punto individual en la final contra Suiza.

En 1993, su representante Bollettieri le dejó. Perry Rogers se unió a su equipo y le trajo al extenista Brad Gilbert como entrenador. Gilbert le dio a Agassi otro punto de mira del juego: “No tienes por qué ser el mejor jugador del mundo cada vez que sales a la pista. Te basta con ser mejor que ese tío en concreto. En lugar de ser tú el que triunfe, consigue que sea él el que fracase”, le dijo. Esa temporada ganó los torneos de San Franciso y Scottsdale, además del Masters 1000 de Cincinnati en dobles junto a Petr Korda, frente a Edberg y Holm. Fue su primer y único título en dupla.

En 1994 volvió a ganar en Scottsdale y Toronto. Entonces, llegó a la final del US Open. La situación de André había cambiado mucho: se había exorcizado en gran medida de sus demonios internos, su ambiente era distinto y las personas que le acompañan ahora apoyaban su faceta de campeón. Un Agassi más seguro se sintió con capacidad de levantar otro grande. Había sido destronado fuera del top-30. La temporada anterior fue complicada para el norteamericano, pero estaba dispuesto a seguir. Ganó a Michael Stich en la final de Nueva York en tres sets. Era un hombre nuevo. Se aceptaba a sí mismo y le empezaba a enganchar el deporte que practicaba. Su confianza era casi plena. Por primera vez se mostró con la cabeza rapada. Ese era Agassi, y ese quería ser. Ganó también en Viena y en el Masters de París.

1995 comenzó de la mejor manera posible. Por primera vez jugaba en Australia, y se llevó el torneo ante su gran rival, Sampras. “Siempre recordaré esa victoria como la primera que me llevé siendo calvo”. Se habían ido los complejos y las inseguridades. Agassi era capaz de vencer a Sampras o a quien se pusiera delante, solo tenía que creérselo. Ese año acumuló un récord de títulos en el circuito: San José, Miami, Washington, Montreal, Cincinnati y New Haven. Encadenó una racha de 26 victorias consecutivas, que frenó Sampras en la final del US Open. En abril había logrado el número uno. El sueño de su padre se cumplía. Aunque todavía no sabía que era el suyo también, de nuevo sintió un alivio de presión.

En 1996 volvió a ganar en Miami en marzo. En julio se celebraron los Juegos Olímpicos en Atlanta. Agassi se llevó la medalla de oro ante Sergi Bruguera. Estaba haciendo historia. Ya solo le faltaba coronarse en París para inaugurar una lista muy especial en la historia: cuatro grandes y oro en los Juegos Olímpicos. Ganó en agosto el Masters 1000 de Cincinnati.

Todo estaba viniendo a favor de Agassi. Pero no iba a ser tan fácil. 1997 le sumió en una profunda crisis, de la que salir sería algo muy complicado. Sufría una lesión de muñeca que precisó de cirugía. No ganó ningún título ese año. Su estado de ánimo estaba como su carrera. Años después confesó que esa temporada tomó metanfetamina. Consiguió escapar de la sanción tras la prueba positiva en dopaje, aludiendo a un error de su asistente. No lo volvería a hacer, sin embargo, volver a donde lo había dejado no iba a ser fácil. Bajó al puesto 141 del ránking. Tras años de sufrimiento y autocrítica, a Agassi le explotó la situación enfrente de sus ojos. Había llegado al límite de perjudicarse, tras años ejerciendo auto boicot. Pero no se iba a quedar ahí sumido. La lucha que había llevado hasta entonces no había sido en vano, pero tampoco estaba acabada. Le quedaban cuentas pendientes consigo mismo: “Desde que a los 27 años toqué fondo, cogí las riendas de mi vida y volví a empezar de cero, y mi valoración del tenis se fue equilibrando”.

Aquel año fue el punto de inflexión entre el antes y el después. Podría haberse retirado, había hecho historia, pero su alma de campeón, que sí tenía, le sostuvo hasta que fue capaz de caminar hacia delante solo de nuevo.

En 1998 regresó al circuito, tras un intenso programa de entrenamiento que le permitió ejercer de amenaza de nuevo para los que dominaban ranking. Ganó en San José, Scottsdale, Washington, Los Ángeles y Ostrava. Alcanzó el número seis de la clasificación tras haber salido del top-100.

En 1999 ganó en Hong Kong y se quedó a las puertas del éxito en Wimbledon, por culpa de Sampras. Sin embargo, tras un largo torneo en Francia, levantó su primera Copa de los Mosqueteros. Lo había hecho. El Grand Slam era suyo y muy pocos jugadores habían podido lograrlo. Ninguno con una medalla de oro olímpica. Agassi estaba en su mejor momento. Levantó el título en Washington, antes de hacerlo de nuevo en el Abierto de los Estados Unidos ante Todd Martin. Era de nuevo número uno y hasta el 2006 se mantendría en el top-10. Cerró la temporada con el Masters de París.

Agassi estaba de vuelta. El chico rebelde había cambiado el tenis, y el tenis le había cambiado. Se reconcilió con la raqueta y con él mismo. En 2000 ganó en Australia, de nuevo, ante Yevgeny Kafelnikov su sexto grande. Su siguiente título fue en 2001, la misma corona. Esta vez ante Arnaud Clément levantó su penúltimo Grand Slam. Ese año ganó también en Indian Wells, Miami y Los Ángeles. Con 30 años seguía siendo una de las grandes apuestas del circuito. En 2002 ganó en Scottsdale, Miami, Roma, Los Ángeles y Madrid.

En 2003 ganó su último grande en Australia, donde más tarde empezó y más títulos cosechó. También se hizo con los torneos de San José, Miami y Houston. Volvió a liderar el ranking mundial y tuvo tiempo para enfrentarse a Federer y Nadal. Fue una temporada espectacular para un jugador de 33 años. Ya nada le obligaba a jugar. Había aprendido a convivir con la victoria y le había gustado. Empezó en la competición obligado, pero se quedó por propia voluntad.

En 2004 ganó en Cincinnati y en 2005 en Los Ángles su último título. El último torneo que disputó fue el US Open, donde Federer le derrotó en la final. El relevo generacional se había hecho patente. Antes, en Montreal había perdido en la pelea por el título con Rafael Nadal.

Se mantuvo en el top-10 hasta principios de 2006, pero su físico ya no estaba en condiciones de competir a máxima exigencia. El tenista más atormentado por su situación personal decía adiós a la profesión que le había dado mucho sufrimiento, pero sobre todo alegrías. Agassi se llevaba un saldo positivo en los enfrentamientos consigo mismo.

Andre sabía lo que es sufrir y luchar. Su juego fue un reflejo de él mismo: una defensa de hierro que acababa atacando. Muchas veces no tenía iniciativa de ataque por la falta de confianza y seguridad con la que creció, pero tenía mucha madera de campeón, que se moldeó demasiado rígidamente.

Gracias a su forma de ver las cosas y de reaccionar, supo aprovecharlo, al igual que sabía sacar ventaja los puntos débiles de sus rivales. No dejó a sus contrincantes respirar, no les permitió recuperarse y les obligó a correr a un lado y otro de la pista hasta desesperarlos y agotarlos. Insistió en llegar lejos, siendo el único que no había creído en sí mismo. Pero, tras haberla ahuyentado durante años, tuvo que fabricar él solo esa confianza que le haría ganar los cuatro grandes y una larga lista de torneos al alcance de muy pocos.

Cambió la forma de ver el tenis, ofreció otros modos de entender el deporte: “El compromiso con tu vida. Eso es el éxito. Preocuparte por lo que haces, estar orgulloso de tu día a día. El fracaso y el éxito son una ilusión: lo único real es cómo decidimos vivir”.

  • juegosetpartido

    Perdona por corregirte, pero la final de Roland Garros de 1990 André Agassi la perdió contra el ecuatoriano Andrés Gómez, no contra nuestro paisano Andrés Gimeno ^-^. Gimeno ganó en Paris en 1972 siendo hasta la fecha actual, el jugador más veterano en ganar en el único Grand Slam sobre tierra batida.

    Un saludo. :)

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