“Última llamada para Andre Agassi”

Ángel G. Muñiz desde la ciudad de Madrid

“¡Hice los ajustes necesarios para superar lo que podía haber sido un día muy, muy duro!”. Habla Andre Agassi, número uno del mundo después de emplear sólo 93 minutos en ganar a Sjeng Schalken, rosco incluido. Los presentes en la sala de prensa de Melbourne Park alucinan. Agassi es el gran favorito para ganar el Australian Open. Schalken, un neerlandés situado en el puesto 47 del ránking y con apenas cuatro títulos de poco renombre. Acaban de enfrentarse por quinta vez y las cinco ganó Andre. “Podía haber sido un día muy, muy duro”.

Amanece el año 2000 y con él el primer grande del nuevo milenio. Andre Agassi está intratable. Viene de completar el Grand Slam en Roland Garros. De perder el título en Wimbledon y ganarlo en el US Open. Quiere convertirse en el primer tenista desde 1969 en encadenar cuatro finales consecutivas. Quiere emular a Rod Laver. Atrás quedó su época de baja (y oronda) forma, alejado del top 100. “Cuando Andre está enchufado, olvídate. Hace casi todo mejor que todos los demás”, reconoce Pete Sampras.

Es miércoles. 19 de enero. Mediodía. El sol está en la cumbre de su rotación. El calor es asfixiante y el agua imprescindible. Andre Agassi acaba de terminar de entrenar en la pista 14 de Melbourne Park. Se prepara para su partido de segunda ronda ante Schalken. Sabe que saltará a pista en torno a las 16.30 horas. Tiene tiempo de sobra para una ducha, una comida frugal y otro breve calentamiento.

Agassi se levanta y empieza a despedirse de Michael Hill, su sparring esa mañana. La megafonía, incansable y cansina a partes iguales, vuelve a sonar. Ninguno de los dos presta atención. “Última llamada para Andre Agassi. Si no se presenta en la Show Court One en cinco minutos quedará descalificado”.

Incomprensión. Pánico. Prisa. No comprende qué ha podido pasar, hasta que deduce que la chica que le comunicó su orden de juego ha cometido un error. Se asusta cuando se da cuenta que está en una esquina de Melbourne Park, muy lejos de la pista 1. Se pone la camiseta, del revés, coge sus dos bolsas y echa a correr. Consciente de que es imposible que llegue a tiempo.

De repente se para en seco. No tiene tiempo para entrar por la zona reservada a jugadores y técnicos. Para ir directamente a la Show Court necesita pasar por todas las pistas de entrenamiento y, aún peor, por el Garden Square. La plaza donde se agolpan miles de aficionados. Ansiosos por conseguir un autógrafo y fotografiarse con el tenista del momento. Nunca le molesta. Hoy le aterroriza.

Agassi se pone su gorra más discreta y sus gafas de sol. Y se lanza a la carrera más vertiginosa de su vida deportiva. Oye gritos. Algunos aficionados le distinguen más allá del improvisado disfraz. Quieren que pare. Imposible. Choca y pide disculpas. Una y otra vez. Perdón tras perdón, consigue llegar a su destino. Han pasado ocho minutos. Está exhausto y bañado en sudor.

Se acerca al supervisor de la pista con la súplica preparada. Tiene asumido que el Abierto de Australia se ha acabado. Sólo le quedan disculpas y ruegos. Su última baza. El supervisor le mira incrédulo. El número 1 del mundo, empapado en sudor, con la camiseta del revés y el rostro desencajado, le está gastando una broma. No hay otra explicación. “Señor, el partido ya ha comenzado”. “Imposible. Yo juego”. “Señor, es un partido femenino”.

La situación es cómica. ¿Quién está vacilando a quién? ¿Dónde está la cámara oculta? Se reirían, si Agassi no se jugase tanto y el supervisor no se sintiese tan pequeño al lado del mejor tenista del mundo. Mete la mano al bolsillo y saca el orden de juego. Un papel manoseado y doblado en ocho. Ahí está la solución al enigma. La japonesa Ai Sugiyama se enfrenta a… ¡Adriana Gersi! Entre la megafonía y la pronunciación del locutor, Andre Agassi ha confundido su nombre con el de la tenista checa.

Agassi se desploma. Poco a poco va recuperando el resuello. Lo suficiente para compartir una eterna carcajada con el supervisor. Ya tiene tiempo para la foto y el autógrafo. Se los dedica encantado a ese joven australiano al que ha llevado al borde del infarto. Horas después, justo en el momento previsto, Andre Agassi derrota a Schalken por la vía rápida.

Luego llegaría su épica victoria ante Sampras en semifinales y el triunfo ante Kafelnikov en la gran final. Mientras Agassi levanta su segundo trofeo del Abierto de Australia, un rumor recorre Melbourne Park. Unos cuantos aficionados dicen que vieron al campeón corriendo por el recinto como si le persiguiese el diablo. Dicen que iba medio disfrazado y empapado en sudor. Nadie les cree.

Kirk y Rikl. Hasta en el nombre compuesto, casi idéntico, cuesta creer esta historia. De guión maestro. Based on a true story. Andre Kirk Agassi. Estadounidense. Residente en Las Vegas, Nevada. Adriana Rikl Gersi. Checa. Residente en Naples, Florida. A 36 horas en coche. A cinco horas de avión, previo paso por Miami. Pueden juntarse y rememorar ese 19 de enero del año 2000. El día que Agassi sudó como nunca. “Podía haber sido un día muy, muy duro”.

  • APUESTAS LUDOS

    ¡Que gran anécdota!

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