Rarezas contraculturales

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Esto es Australia, pista rápida, territorio de pistoleros. Bien lo sabe el español Roberto Bautista, amante de la velocidad y los golpes directos, que tras ganar el partido más importante de su vida a Juan Martín Del Potro en segunda ronda del Abierto de Australia hizo lo más difícil: seguir adelante derrotando al francés Paire (6-2, 6-1 y 6-4) para meterse por primera vez en los octavos de final de un Grand Slam, donde le espera Grigor Dimitrov (6-3, 3-6, 6-4 y 7-6 sobre el canadiense Raonic). Bien lo sabe Garbiñe Muguruza, contracultural como el castellonense porque en ella tampoco se reconocen rastros de la escuela española, representada por jugadores que mastican y mastican los intercambios en lugar de tomar la iniciativa machacando la pelota, buscando acortar los intercambios, priorizando el ataque sobre la defensa. En un encuentro descomunal, la número 38 del mundo remontó a la danesa Caroline Wozniacki, exnúmero uno del mundo (4-6, 7-5 y 6-3) y también saltó una barrera porque nunca había estado en la segunda semana de un grande y luchará el lunes frente a la polaca Rawdanska (5-7, 6-2 y 6-2 a Pavlyuchenkova) en un encuentro de estilos antagónicos.

“Logro sacar mi mejor tenis cuando juego contra las mejores”, explicó Muguruza a este portal este portal días antes de volver a competir tras operarse el tobillo después de Wimbledon y pasar seis meses fuera de las pistas. “Me motivo mucho cuando juego contra una top. Me encanta jugar en las pistas centrales y contra gente buena. Eso es una ventaja”, resumió Garbiñe, que como no podía entrenar durante la recuperación y las ganas de hacerlo eran incontrolables tomó una decisión increíble: se sentó en una silla, con la articulación resguarda, y se lanzó a pegar raquetazos para tomar temperatura pensando ya en 2014, un año que debería relacionarse con su nombre porque la explosión se acerca.

La victoria de la española (11 consecutivas tras bautizarse en Hobart ganando su primer título en el circuito) llegó tras una remontada de las que hacen época. Su cabeza tendría que haber estallado, debió pensar Conchita Martínez, la capitana de Copa Federación que siguió todo el partido en la grada, cuando vio cómo Garbiñe pasaba de dominar el primer set 4-2 a perderlo por 4-6, entregando 16 de los últimos 17 puntos jugados por el camino. Eso debió sentir Alejo Mancisidor, su técnico al que sancionaron por coaching tras ese parcial perdido, cuando contempló las cinco bolas de rotura que Muguruza negó a Wozniacki en la segunda manga para después abrocharla ganando solo un punto más que su rival (41 por 40) y llevando el encuentro a la manga decisiva. Eso debió imaginar todo aquel que no siguió el partido y se encontró luego con la victoria de la española de 20 años en la pista central del Abierto de Australia ante una jugadora que llegó a lo más alto del ránking, desbordada hoy por todo lo que pegó su rival, de colmillos afilados y mirada asesina, solo sonriente al final tras completar su gran obra con la raqueta descansando sobre el cemento, caliente como el cañón de una pistola tras vaciar varios cargadores. Así ganó Garbiñe, así nació una estrella a ojos del mundo: agresividad y potencia conjugadas en Melbourne para sobrevivir disfrutando del sufrimiento.

“Tengo las condiciones necesarias para jugar con ese estilo”, afirmó la española, agraciada con una planta física imponente. “Digamos que es el juego del futuro, el patrón a seguir”, resumió sobre su altura (1,82m y 73 kilos) y sus largos brazos, un arma genética que le permite generar más alcance, potencia y ángulos que al resto de sus compañeras españolas. “Pero me cuesta bastante”, apuntó. “Llevo mucho tiempo en España y la mentalidad de aquí de luchar, sufrir y pasar muchas bolas… me cuesta todavía el hecho de acostumbrarme a jugar a porcentajes. Es difícil porque cuando fallo, me enfado”, confesó la española, que contra Wozniacki se movió en esa peligrosa franja (33 ganadores y 56 errores no forzados). “Es complicado llevarlo, pero creo que es uno de los mejores cambios que he hecho del año pasado a este y poco a poco voy asimilando más los fallos que puedo hacer. Fallo, pero luego siento que gano más puntos por cometer ese error. Saco algo positivo de todo”.

Antes, en la pista número dos, Bautista solo tembló al final del camino. Ya mandaba 6-2 y 6-1 cuando el reloj no había descontado 50 minutos al partido porque Paire, tan virtuoso como irascible, trazó un plan suicida: desenfundar primero contra un jugador que secó a Del Potro con 72 golpes ganadores (“¡Qué suerte! ¡No puede ser! ¡Otra vez”, se repetía el número cinco mundial entre una lluvia de bolas a la línea) en un partido soberbio, una oda a la violencia. Fue un error del francés querer disparar antes de apuntar. 59 errores no forzados, 35 en los dos primeros parciales, le dejaron mudo hasta que llegó el momento de cerrar el partido. Ahí, con 5-1 en la tercera manga para Bautista, el número 28 del mundo encontró en la grada una forma de encender el partido, animando al público a ponerse de su lado para estirar el desenlace, creando llamas donde solo quedaban cenizas. Llegó entonces el momento de controlar la situación o perder el rumbo: tras encajar un break, Bautista, más inteligente que belicoso hoy, gritó de nuevo. Como Garbiñe, soñará con los cuartos de final del Abierto de Australia.

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