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Las dos caras de Thiem

Marta Mateo desde la ciudad de Londres

El O2 puede ser abrumador. Sucede muchas veces, cuando un espectador viene por primera vez al espectacular recinto. Suelen quedarse sin aliento al ver la puesta en escena de la Copa de Maestros. Luces, música, efectos especiales… Está preparado para ser un show. Si el aficionado tiene una experiencia llevada al extremo, el jugador no tiene escapatoria. Pasará por una cortina de humo que le cegará por unos segundos y de ahí, entrará a una pista que le parecerá un escenario de concierto. Como una estrella del rock se debió sentir Dominic Thiem, uno de los dos debutantes de la presente edición. Su cara al salir era de pánico y nervios. Una sonrisa tímida que podía presagiar un victoria dulce de su rival, el experimentado y normalmente implacable Novak Djokovic. Pero el austriaco tiene dos caras. Y cuando coge su raqueta, se despoja de toda vergüenza o cobardía.

El primer set del partido que inauguró la categoría individual en este 2016 fue para enmarcar. El guión no podía haber sido más perfecto. Intercambios vertiginosos, golpes imposibles y un Thiem que salió con todo. A por la victoria.

Luego la ley de la gravedad se impuso y la energía del austriaco, que este año ha acabado con la luz de reserva, cayó bruscamente. Ahí, Djokovic, no tuvo piedad. Porque mucho se juega el serbio, que quiere recuperar el trono del No. 1 y seguir siendo el dominador del circuito. Justo en el torneo en el que están los mejores del año.

“He perdido la energía y cuando he querido recuperarla Novak ya estaba a un gran nivel. Ante jugadores como él, no puedes bajar el ritmo”, apuntó en rueda de prensa.

Thiem cayó y volvió a vestirse con su timidez de siempre al conocer a alguien a quien admira mucho. Sin saber por qué, el austriaco desarrolló un amor entregado por el Chelsea hace cosa de diez años y desde entonces, ha sido aficionado incondicional. Si hubo un entrenador al que admiró por encima de todos, ese fue The Special One. Y en los pasillos del O2, un nerviosísimo Dominic conoció por primera vez a José Mourinho. “¡Sabía que eras bueno, pero eres mejor de lo que esperaba!”, le halagó el portugués.

Sonrió el jugador, ya en una nube, y acertó a decir un gracias ahogado. Luego, más tranquilo, resumió la conversación en un “me ha felicitado por mi gran temporada”.

El Thiem de las dos caras es el equilibrio perfecto. Capaz de descifrar con frialdad los errores cometidos, tratar de mejorar y salir sin miedo sea quien sea el rival. Como ya demostró ganando a Nadal en tierra batida. O a Federer en hierba. Hoy en dura, ya arañó a Djokovic. Y lo más importante, demostró que su presencia en Londres no es casualidad.

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