La sonrisa de Martina

José Izquierdo desde la ciudad de Madrid

Hay sentimientos que van más allá del deporte. Perfiles que se escapan de lo meramente competitivo. En ocasiones, la figura que se nos presenta es tan grande que se deben dejar a un lado los detalles técnicos y e ir más allá. Esto es lo que suele ocurrir cuando sale a la palestra en cualquier debate tenístico el nombre de Martina Hingis. El talento más precoz de la historia, número uno de la WTA con tan solo 16 años, de rápida efervescencia y dura caída. De digna vuelta a la canchas y abrupto final con un positivo que pareció acabar con su carrera. De niña bonita del tenis a tramposa del deporte que la encumbró cuando todavía era una menor de edad. Ni sus altibajos, ni su convulsa vida fuera de las pistas empañan absolutamente nada del carisma de Martina, de hecho, si algo hacen es engrandecerlo todavía más. Pero lo que diferencia a la tenista de Kosice de todas las demás es su sonrisa. Esa sonrisa que lleva hechizando a espectadores, periodistas y compañeros desde hace más de dos décadas.

En este Abierto de Australia se cumplen 18 años de la primera victoria de Hingis en Melbourne. Un ciudadano australiano que cumpla la mayoría de edad en los próximos días no había nacido cuando la suiza se coronó por primera vez en el Slam que abre la temporada. Da vértigo pensar lo rápido que pasa el tiempo. 1997 fue el año de su primer título, pero llegarían luego otros dos en modalidad individual y tres finales más. El idilio en las Antípodas se mantuvo en dobles, donde coleccionó cuatro entorchados (Zvereva, Lucic y dos con Kournikova) en cinco finales. Hasta en dobles mixtos, tras su vuelta a las canchas en 2006, sumó otro trofeo más, triunfando junto al indio Mahesh Bhupathi. Saltar al tapete verde era sinónimo de alegría para Martina. Sin embargo, los tiempos cambian y hasta las pistas son diferentes. En Victoria las pistas ya no son verdes, sino azules, y la superficie pasó de ser Rebound Ace a convertirse en Plexicushion en 2008.

El color que había sido un talismán para la ex número uno del mundo había desaparecido. Ahora había que triunfar sobre el azul celeste. Un buen 2014 en la modalidad de dobles, la única modalidad en la que participa habitualmente tras su segunda vuelta al circuito, la colocó como una de las principales cabezas de serie en el cuadro del Abierto de Australia junto a la italiana Flavia Pennetta. Como cuartas preclasificadas cayeron en tercera ronda ante la taiwanesa Chan y la china Zheng. Parecía esfumarse la opción de otro triunfo para Martina en suelo australiano pero aún le quedaba una última bala en la recámara: el dobles mixtos. Y qué mejor compañero para intentar el asalto al título que un experto en la modalidad como el indio Leander Paes.

Ganador de seis títulos en dobles mixtos junto a parejas como Raymond, Navratilova o Black, Paes es un auténtico especialista en la modalidad. A sus 41 años vive un buen momento tras un último curso en el que los problemas extradeportivos le impidieron rendir al nivel deseado. En la pista, Leander disfruta. Y Martina se divierte. Ambos son tenistas que encontraron la gloria a finales de la década de los 90 pero que en pleno 2015 siguen empeñados en disfrutar con el deporte que tanto les ha dado. Desde el primer partido hay una complicidad absoluta entre ambos. Se meten en la final sin ceder un solo set, conscientes de que son favoritos aunque la pareja que se encontrarán el domingo -formada por Mladenovic y Nestor- será también de un altísimo nivel. Hingis buscará su noveno título en Melbourne, esta vez junto a Paes. El público desea ver la sonrisa de Martina al menos una vez más.

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