La espalda ataca a Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de París

La señal fue el saque. Durante su clasificación para octavos de final de Roland Garros (6-2, 7-5 y 6-2 al argentino Mayer), Rafael Nadal se volvió a desplomar en los porcentajes de la velocidad con su servicio. El número uno bajó drásticamente los kilómetros por hora cuando tuvo que poner la pelota en juego. Eso le costó que le rompieran dos veces el saque y le pudo costar la segunda manga, que su rival estuvo a un par de puntos de ganar. No fue una novedad. El pasado jueves contra Dominic Thiem hizo lo mismo como medida para evitar los latigazos de dolor que le acompañan en la espalda desde que puso los pies por primera vez en el albero de la catedral de la tierra. Antes de medirse con Dusan Lajovic, el campeón de 13 grandes reveló el problema ante la evidencia de los acontecimientos.

Me noté un poco la espalda en el primer partido y en el segundo lo volví a notar y he sacado más despacio”, reconoció el número uno del mundo, que compitió protegiendo esa zona con unas cintas de kinesioterapia del color de la piel. “Llevo dos días sacando más despacio de lo habitual”, prosiguió Nadal, autor de un puñado de golpes pasantes en los que exhibió piernas y movilidad, sin rastro de esas ataduras físicas. “No voy a hablar [más] de la espalda. Estoy en competición, estoy en la segunda semana y quiero disfrutar de ello. Voy a hacer al máximo todo lo que pueda para estar bien, ser competitivo y pelear por lo que pueda pelear. Esté como esté de la espalda, a día de hoy no le importa prácticamente a nadie porque no quiero ni faltar al respeto a ningún rival ni ayudar a nadie ni perjudicarme a mí mismo. Estoy como estoy”.

“Llevo dos días sacando más despacio de lo habitual”, confesó Nadal

Los dolores en la espalda persiguen a Nadal desde que se quedó clavado en la final del Abierto de Australia ante el suizo Wawrinka. Aquello fue algo más que una lesión. Al español le costó meses cerrar la cicatriz mental de no haber podido discutir de tú a tú el título que le habría dejado como el segundo jugador de la historia con más grandes (14, empatado con Pete Sampras). Las secuelas fueron más allá de la cabeza: el mallorquín abandonó Melbourne con lágrimas en los ojos, se perdió el torneo de Buenos Aires, reapareció en Río de Janeiro, donde ganó con un vendaje azul colocado sobre su dorso en forma de almohadilla, y resbaló en Indian Wells, cediendo contra Dolgopolov en octavos de final sin ser el jugador de cuerpo entero que acostumbra. El número uno del mundo no volvió a hablar de la espalda en la gira de tierra, la peor desde que es alguien en el circuito porque solo ganó un título (Madrid) y se inclinó sorprendentemente en cuartos de Montecarlo (Ferrer) y Barcelona (Almagro), además de perder la final de Roma con Djokovic.

En París, Nadal pasó de los 164 kilómetros por hora de media del primer partido ante Ginepri a los 156 de los dos encuentros contra Thiem y Mayer. La velocidad desnudó sus problemas. En el primer grande de la temporada siempre se mantuvo por encima de esa cifra, incluso en el partido por el título que perdió con Wawrinka. Allí promedió 157 kilómetros por hora por los 165 en semifinales (Federer), 162 en cuartos (Dimitrov), 175 en octavos (Nishikori), 170 en tercera y segunda ronda (Monfils y Kokkinakis) y 168 en su estreno (Tomic). En los dos últimos torneos del Grand Slam (Abierto de Australia y Abierto de los Estados Unidos), Nadal mantuvo los porcentajes por encima de los 167 kilómetros por hora, a excepción del partido con el número tres del mundo (157) donde ya se había lesionado al espalda. Esa diferencia (11 kilómetros) es un abismo a niveles profesionales.

El mallorquín sirve 11 kilómetros por hora más lento que en los dos últimos grandes

El mallorquín afronta ahora el corazón del torneo sin saber cómo puede responderle el cuerpo cuando el nivel de los contrarios le obligue a subir la intensidad. La exigencia ha sido mínima porque los rivales no le han obligado a acercarse a la frontera donde está su límite. Posiblemente, Lajovic, el 83 mundial, tampoco lo haga. Los cuartos son otra historia distinta. Allí, si la lógica del ránking se cumple, esperaría Ferrer, un animal del ritmo contra el que no valen medianías ni lastres físicos para aspirar a la victoria.

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