La ansiedad niega a Serena el infinito

Rafael Plaza desde la ciudad de Nueva York

Solo hay algo seguro en la vida: la muerte. Cuando Roberta Vinci se levanta el viernes por la mañana en el corazón de Manhattan no se permite soñar con una victoria en las semifinales del Abierto de los Estados Unidos ante Serena Williams. La italiana tiene un vuelo reservado para el sábado por la noche. El regreso a casa está planificado. Así de cruda es la realidad. Aún debe jugar, competir y pelear, pero ganar le parece imposible porque hay cosas que son inevitables. El fuego quema. Un minuto son 60 segundos. La luz viaja mucho más rápido que el sonido. Y la número uno, una competidora como pocas ha visto el tenis, tiene que ganar el torneo para dejar su huella en el infinito después de un curso fantástico. Ahora más que nunca, la victoria es una obligación: tras llegar a la penúltima ronda sin enfrentarse a ninguna de las 15 mejores, ni Vinci (43 mundial, 4-0 en los duelos previos) ni Flavia Pennetta (26 del mundo, 7-0 en el cara a cara) parecen preparadas para frenar a su temible contraria y fastidiarle el paseo hacia el cielo. Ocurre, sin embargo, todo lo contrario. La italiana remonta 2-6, 6-4 y 6-4 a la estadounidense, se clasifica para su primera final de un grande (jugará contra Pennetta, vencedora 6-1 y 6-3 de la rumana Halep) y le quita a su rival una oportunidad histórica de entrar en la eternidad con tronío. Adiós a la leyenda inmortal. Hasta luego, infinito. Chao al mito. Después de preparase a conciencia para ello, Serena no ganará los cuatro torneos del Grand Slam en 2015 tras quedar enterrada por una ansiedad sanguinaria que alcanzó su grado más alto en el duelo ante Vinci. Con 33 años, solo el tiempo revelará si es demasiado tarde para que vuelva a estar en una situación similar y desvelará cómo de profundas son las heridas que la derrota deja en la campeona.

“No quiero hablar de lo decepcionante que es esto para mí”, dijo Serena nada más sentarse frente a los periodistas con la cara congelada y los dedos entrelazados, como si buscara protegerse de lo que se le venía encima. “Si tienes alguna otra pregunta, estoy dispuesta a responderla”, prosiguió la campeona de 21 grandes, que no empleó más de medio minuto en resolver los interrogantes de la prensa, claramente incómoda por la obligación de tener que dar explicaciones. ”Os dije que no sentía presión. Lo repetí desde el primer día. Nunca he sentido presión por ganar aquí”, repitió Serena, intentando negar lo evidente, algo que todo el mundo vio, una verdad irrefutable. “¿Últimas preguntas?”, avisó la número uno antes de marcharse a toda velocidad, como si fuera la encargada de moderar la conferencia de prensa. Lo nunca visto.

Antes, lo increíble. Con los brazos en jarra y los ojos bañados en lágrimas, Vinci no pudo encadenar dos palabras seguidas y terminó dejando escapar una onomatopeya que vomitaron los altavoces de la Arthur Ashe. “Lo siento, pero es el mejor momento de mi vida”, acertó a decir la italiana mirando a la grada. “Perdón a Estados Unidos, al Grand Slam, a Serena… pero hoy era mi día”. La número 43, que nunca se había visto en otra igual, comprendió desde el principio del cruce que debía jugar con los nervios de su contraria para recordarle todo lo que había en juego. Que los fantasmas corran, salten y bailen, pero que nunca dejen de rodear a la número uno, debió repetirse Vinci a lo largo de la mañana. Serena, que ganó la primera manga pese a perder su saque de entrada (1-2), se enfrenó a una tensión inhumana, casi asfixiante, que no pudo digerir. Cargando con el peso de la responsabilidad, la estadounidense se movió torpemente y compitió atenazada, con el brazo bien encogido. Jugó mal, con temor. Sus golpes no llevaron ninguna intención, blanditos como la miga del pan recién hecho. Así de aullido en aullido incluso cuando el encuentro aún no se había puesto cuesta arriba, Williams avisó de lo que tenía dentro de su cabeza. Miedo. Pánico. Vértigo. ¿Puede una tenista de piedra padecer sentimientos propios de los mortales? Por supuesto que puede.

Sonó Wannabe de las Spice Girls y no hubo canción más apropiada para ese instante. Después de empatar el partido, Vinci remontó un 0-2 en la manga decisiva, rompió el saque de Serena y se colocó 4-3. En ese juego clave, la número 43 salvó un 15-40 que habría devuelto a Serena al partido. La italiana, inteligente para utilizar su revés cortado y provocar los fallos de la estadounidense (40) y valiente para irse a la red a cerrar las jugadas, se llevó las manos a los oídos, animando a la grada a celebrar con ella su decisión, que fue muchísima. Estoy aquí y quiero ganar, amenazó Vinci con sus gestos. Entonces, la estadounidense gritó como nunca, y ya es mucho decir. Antes de decir adiós a la ocasión, Serena intentó que su leyenda acobardase a Vinci. Si no puedo yo, que lo haga mi sombra. Destrozó una raqueta. Se le inyectaron los ojos en sangre. Amenazó con remontar una vez más, invocando a la maestra de la supervivencia que tantas tardes ha escapado de la derrota. Ni así: en un impresionante final de partido, la italiana, que se tapó la cara con una toalla en el último descanso mientras se sacudía entre temblores, acabó con la número uno.

Serena llegó a Nueva York con el Grand Slam a tiro. Tras conquistar el Abierto de Australia, Roland Garros y Wimbledon, la número uno entendió que ganar los cuatro grandes seguidos era irremediablemente el objetivo del año y el broche a una carrera legendaria. Se marchó decepcionada y dolida. Ella, que aspira a ser la mejor de todos los tiempos, desaprovechó la oportunidad de ser la cuarta mujer que tras Maureen Connolly (1953), Margaret Court (1970) y Steffi Graf (1988) logra el imposible de reinar en las cuatro catedrales del tenis la misma temporada.

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