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El éxito encadena a Garbiñe

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Garbiñe Muguruza sigue intentando digerir las consecuencias de su fabuloso Wimbledon, que le abrió las puertas del top-10 tras llegar a la final y terminó de presentarla a ojos del planeta como la jugadora que debería ser pieza clave en el futuro del tenis femenino. En Cincinnati, y por segundo torneo consecutivo, la española se se despidió a la primera  (4-6 y 6-7 ante Yaroslava Shvedova, la 106 del ránking) y evidenció que aceptar su nueva condición le está costando un mundo, como si el éxito le hubiese provocado una mala digestión de la que todavía no ha conseguido librarse. Ahora, y con el Abierto de los Estados Unidos a menos de dos semanas (desde el próximo 31 de agosto), la número ocho ha tomado la decisión de jugar el torneo de New Haven tras aceptar una invitación de la organización. En consecuencia, Garbiñe busca victorias que le ayuden a afrontar el último grande de la temporada tras reencontrarse con la victoria, que no todo sean malas sensaciones como preparación de una cita en la que la joven de 21 años se juega la vida: a Singapur, donde se disputa la Copa de Maestras, se va por Nueva York.

“Nunca he estado en esta situación, viniendo de llegar a la final de un Grand Slam”, confesó Muguruza en una entrevista con WTA Insider tras caer en Toronto, donde ya dejó claros síntomas de fatiga mental. “Ahora todo el mundo me está mirando, pero es normal”, prosiguió la española sobre la exposición a la que ha estado sometida desde Wimbledon. “Estoy tratando de fijarme en otras jugadoras que han estado en esta situación para entender cómo se comportaron. Por ejemplo, cuando Sara Errani llegó a una final de Grand Slam y se colocó en el top-10. Me gustaría preguntarle qué debo hacer”, siguió Garbiñe. “He visto a muchas jugadoras hacer grandes cosas y luego caer. Yo no quiero ser como ellas”, aseguró la número ocho. “Obviamente tengo más posibilidades ahora [de lograr grandes cosas], pero no voy a cambiar mis objetivos de cara al resto de temporada. No creo que deba pensar de manera diferente que antes de Wimbledon”.

En Cincinnati, Muguruza cometió 40 errores no forzados, un disparate. Como en el encuentro que perdió ante la ucraniana Tsurenko en Toronto, la española compitió sobreexcitada, encadenada a la responsabilidad de ganar para no defraudar. Esa tensión derivó en un puñado de malas decisiones, algunas precipitadas y otras increíbles para una tenista que está entre las 10 mejores. Con ansiedad, Garbiñe nunca fue Garbiñe. Poco importó el rango de sus rivales (ambas clasificadas desde la fase previa) o sus arranques de rabia. La victoria siempre estuvo bien lejos.

“Ya sé que es difícil porque no te sientes bien, pero juega de corazón”, le dijo Alejo Mancisidor, su técnico, antes del tie-break de la segunda manga que luego perdería en blanco, casi sin poner tres pelotas seguidas en juego. “¡Échale cojones! Tienes dudas, pero no pasa nada. Anímate y sé positiva. Solo vas a ganar si estás positiva”, le repitió mientras su pupila escuchaba el discurso con la vista perdida. “No te puede ganar tantos puntos sin hacer nada. Lo mismo con el resto, no los regales, intenta jugarlos. Te está ganando sin hacer mucho”, añadió. “Pero estás mucho mejor que el otro día, estás en la línea. Sigue positiva. Sigue creyendo”, se despidió antes de ver cómo la española se marchaba derrotada.

A falta de ver su actuación en New Haven, donde jugará desde el próximo lunes, Muguruza tiene un problema bien grande: llega el Abierto de los Estados Unidos y todavía no ha conseguido encontrar la llave para abrir las cadenas del éxito y despegarse de ellas. Eso, sin embargo, medirá si tiene madera de campeona. Solo las más grandes son capaces de fortalecerse en la adversidad.

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