El respeto ganado

Carlos Zúmer desde la ciudad de Sevilla

Tomas Berdych (Checoslovaquia, 1985) resulta apenas reconocible cuando revisamos la hemeroteca en busca del Masters de Madrid 2006. Oscuro y desgarbado, con su característica gorra, si bien su aspecto físico no ha cambiado demasiado -más tonificado y sólido de tren superior e inferior en los últimos tiempos, con el pelo más corto-, sí provoca inmediata sensación de obsolescencia su actitud sobre la pista. Si había un murmullo, allí estaba Tomas para oírlo, recogerlo y envenenarse con él. Un temperamento tornadizo parecía poseerle, haciéndole vulnerable ante cualquier compromiso emocional, y lo que es más importante, desestabilizando su juego. Como Belmonte declaraba sobre el toreo, tampoco se lidian rivales en el tenis con la mera voluntad. Se precisa un estado de mente y espíritu preparado para gestionar alegrías y frustraciones. Una madurez competitiva suficiente como para canalizar el torrente emocional de las grandes plazas.

El espectador medio español aún suele privilegiar bastante la imagen del Berdych díscolo, mandando a callar al público de la Casa de Campo tras ganar a Nadal en dos tensos sets. Pero la estampa merece actualización. Nadie con una mentalidad así de inestable consigue la cifra de 180 semanas como top 10 -156 de ellas de manera consecutiva-, y contando. Valga precisamente como confirmación su presente y poco vistosa temporada 2013. Aún no ha rascado ningún título -y ya es difícil que lo haga; la verdad es que su carrera es corta en entorchados-, pero atornillarse al puesto número 6 del ranking durante todo el año -hasta ahora su número habitual era el 7, al que volvió el pasado 21/10/13- tiene un mérito tremendo en este ránking ATP de depredadores. La regularidad como símbolo de estabilidad. La estabilidad como símbolo de madurez.

Este verano fue incluso número 5 del mundo durante cuatro semanas alternas, techo personal de su carrera. Berdych puede presumir además de formar parte del selecto club de jugadores en activo que han logrado llegar alguna vez a los cuartos de final de los cuatro Grand Slams. Presencia ordinaria y constante entre los mejores, en Londres jugará su cuarta Copa de Maestros consecutiva, algo que, fuera del club del Fab Four, sólo había conseguido Nikolay Davydenko en el presente circuito. El gran Andy Roddick jamás pudo lograrlo, por ejemplo, mientras David Ferrer se dispone también a sumarse a dicho récord.

Las claves deportivas de Tomas Berdych no parecen contener demasiados secretos técnicos. El checo sigue siendo un jugador muy sólido desde el fondo de pista, con una derecha poco vistosa que sin embargo corre inusitadamente. Fuerte en el drive y más que decente en la red, se apoya con seguridad en su servicio y rentabiliza un juego completo (tanto en puntos cortos como largos, con una movilidad muy mejorada) que brilla especialmente en pista dura. La elección de los ritmos también se ha visto algo modificada desde 2010, incorporando cierto golpe cortado o slice para cambiar el tempo de los intercambios.

Pero el argumentario de golpes y recursos tenísticos se empequeñece al lado del factor capital que todos señalan. El hombre se llama Tomas Krupa. Y a riesgo de cierto reduccionismo, el propio Berdych y su cuerpo técnico le culpabilizan de un cambio de mentalidad fundamental. La concentración y la consistencia, trabajadas desde la confianza, ya son divisas innegociables en el tenis de Berdych desde que Krupa, también checo, aterrizara como entrenador. El trabajo psicológico desarrollado le ha convertirlo definitivamente en inquilino regular del Top 10, y lo que es más importante, contender convencido contra cualquier rival y en cualquier escenario. Sirva como ejemplo Wimbledon 2010, acaso el mayor hito de su trayectoria, donde llegó a la final apeando a Federer y a Djokovic. Desde entonces, acumula cinco presencias al menos en cuartos de final de Grand Slam.

Conseguir alinear unas condiciones tenísticas extraordinarias con un temperamento disfuncional no nos ha privado, no obstante, de que Tomas Berdych siga siendo Tomas Berdych, al menos de vez en cuando. Es capaz de perder en primera ronda de Basilea 2013 (y sellar sin embargo su billete de Maestro) o de protagonizar aquel famoso incidente con Nico Almagro en el Open de Australia de 2012, en el que, tras un pelotazo del español en una subida a la red, rehusó darle la mano una vez ganó el partido. Así como a veces no hay enmienda que zanje ciertos prejuicios (la imagen de Madrid 2006 sigue siendo poderosa), tampoco hay maestro espiritual que pueda encerrar full time los demonios de un jugador inestable. Berdych sin embargo ha crecido. Y ya tiene el respeto ganado del circuito.

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