Del Potro, impuntual

Carlos Zúmer desde la ciudad de Sevilla

La precocidad del tenis contemporáneo acelera extraordinariamente los plazos de exigencia. Sería de locos apremiar a Juan Martín Del Potro (Tandil, 1988) si no fuera por el referente de sus colegas cercanos, triunfadores de post adolescencia, amén del ejemplo mismo del argentino, ganador del Abierto de Estados Unidos con sólo 20 años. Delpo encarna, por tanto, cierto moroso por partida doble: en lo que respecta a su generación, insultantemente joven y pujante, y por lo que él mismo ya apuntó hace tiempo con su victoria americana, precedente que no ha encontrado el correlato esperado en el futuro (pasado) reciente. Ya está a mitad de la veintena de edad y toda presión es al mismo tiempo odiosa pero razonablemente justificada.

Diezmado por unas muñecas débiles (antes la derecha, ahora la izquierda), como dos tobillos de ballet castigados por el suelo y los brincos, Juan Martín pelea por una continuidad ganadora que su cuerpo escatima. Quién sabe si también su cabeza. Benévolamente opaco, un poco al modo del Benzema más ensimismado, no traslucen a menudo los sentimientos exactos de un ganador flemático, parco jugador de ida y vuelta de variaciones indescifrables. Su enfrentamiento con la Federación Argentina y sus antipáticas ausencias de la Copa Davis son un ingrediente más al paso enrarecido que a veces envuelve al tandilense. Una trayectoria notable, pero lastrada por fogonazos que impiden una apuesta rotunda por él. La idea es evitar temporadas nulas (2010) o desiguales (2013).

Embarcado en la búsqueda de la deseada consistencia en la cumbre, su palmarés sestea bajo dieta alimentado de vez en cuando con logros de segunda línea (Basilea, Sídney, Washington) con los que otros tenistas apenas pueden soñar. Tras el Abierto de Australia puso pie en la cuarta casilla del ranking mundial, es cierto, pero los meses de febrero y marzo le exigen defender una considerable cantidad de puntos (1290 entre Rotterdam, Dubai, Indian Wells y Miami) al tiempo que visita Minnesota, de nuevo, para tratar la maltrecha muñeca zurda que le mermó en Oceanía mientras la lista ATP se comprime considerablemente en su tramo (Ferrer, Berdych, Wawrinka y Murray en poco más de mil puntos). Sus partidarios templan elogios conocidos y expectativas antiguas. Nunca ha ganado un Masters 1000 y no ha vuelto a una final de Grand Slam desde 2009.

Juan Martín acumula cierto retraso indudable respecto a los augurios que le encumbraban, con buen criterio, como dominador; un pellizco de desilusión para los que siguen rellenando quinielas de grandes torneos de pista rápida con su nombre por fin como ganador. Indudablemente necesitado de una actuación ruidosa como golpe de reafirmación -como fueron sus brillantes semifinales en los Juegos Olímpicos de Londres o en Wimbledon 2013-, el reloj enfría su cotización al tiempo que la exigencia se dilata y se hace al mismo tiempo más perezosa y atosigan. Delpo no se muestra nervioso, tranquilo corpachón de dos metros, pero una salud variable y una personalidad tan especial pueden truncar cualquier paciencia. También por supuesto cualquier carrera. Al punto, le asiste la paradoja temporal de ser aún bastante joven pero al mismo tiempo llevar ya considerable retraso en sus promesas tenísticas. Lo cual significa prisa y esperanza todo a la vez.

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