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Cuando no todo es ganar

Marta Mateo desde la ciudad de Nueva York

Imagina que estás destinado a ser uno de los mejores del mundo en tu trabajo. Que todo el mundo habla de ti. “Eres el futuro”, oyes. “Serás el líder”, lees. Las cosas te irán tan bien, que las alegrías se sucederán una detrás de otra. Podrás vivir de aquello que te gusta. Sea escribir, bailar, cantar, enseñar, coser, diseñar. Lo que sea. Piensa que no habrá reto que se te resista. Y cuando hagas ese ejercicio de visualización, cuando te veas en los últimos metros de coronar esa pirámide de éxitos, imagina un empujón inesperado que te tire metros abajo. Prácticamente bajo tierra. Entonces te encontrarás perdido. Verás que todos tus años de sacrificio para conseguir tu objetivo se han ido al garete. Que no puedes hacer algo para lo que sirves. Ya no eres más válido, porque en aquello en lo que eras bueno, ya no puede ser tu modo de vida. De un día para otro, te levantarás con tu mundo de patas arriba.

Durante más de 1.000 días, Juan Martín del Potro quedó a pie de montaña planteándose dejarlo todo. Tres intervenciones en su muñeca izquierda le dejaron en jaque durante más de tres años. Fuera de las pistas, se empecinó en regresar. Pero su muñeca se resistía. Le decía basta. Los médicos trataron de convencerle en que eso del tenis ya no podía ser para él. Creyó que se había acabado su carrera justo cuando nadie dudaba en su potencial y capacidad para ser el número uno del mundo. El mejor. Un elegido. Un mal gesto le llevó a una crisis existencial. ¿Se había terminado todo?

El argentino decidió rebelarse con la medicina y se negó a la retirada. Si había algo que sabía hacer, eso era ser jugador de tenis. Y hoy, tres años después de su última participación en el Grand Slam en el que se coronó en 2009, Del Potro volvió a ganar.

“La verdad que esos tres años se sienten, sobre todo en el cuerpo. Pensar que estuve muy cerca de no volver a las canchas ni en ninguna del circuito…”, explicó aún en pista el argentino.

Aunque su tenis merece un puesto entre los mejores de la clasificación, a día de hoy el gigante de Tandil está número 142. Y si antes su prioridad era ser número uno, ahora cada partido finalizado es una victoria. Los rankings importan menos, los títulos ya no son obligación. Ahora vive del cariño de la gente. “Eso es suficiente para que nunca baje los brazos”, reconoce emocionado.

La motivación del argentino ya no reside en el éxito profesional, si no en el disfrute en lo más básico: coger la raqueta y jugar. La lesión le ha llevado a vivir el presente. A no imaginarse en lo más alto, si no a vivir el día a día al máximo. A valorar que no todo es ganar.

“Podría cerrar el año tranquilamente pero como es un torneo especial para mí, estoy haciendo lo que puedo a pesar del cansancio. Tengo que ser un agradecido por poder estar jugando de nuevo al tenis tras los peores años de mi vida”, confesó.

Quizá ya no puedas coser a mano o cantar a viva voz. Pero Del Potro ha demostrado que también se puede ser feliz cosiendo a máquina o tatareando en la ducha.

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