Una leyenda de 10

Javier Méndez desde la ciudad de París

Un canguro, la Torre Eiffel y la Estatua de la Libertad decoran las zapatillas de Stan Wawrinka como recordatorio de su identidad. El suizo conquistó las tres ciudades que lo han elevado a lo más alto en Melbourne, París y Nueva York, o lo que es lo mismo, Abierto de Australia (2014), Roland Garros (2015) y US Open (2016). Jamás había entregado una final de Grand Slam, pero la carta de presentación no es suficiente. La amenaza suiza se fue diluyendo ante el mejor gladiador de la historia sobre el manto de arcilla que cubre la Philippe Chatrier, donde jamás ha entregado ni una sola de las nueve finales anteriores en Roland Garros. Y la décima no fue una excepción. Rafael Nadal escribió un nuevo capítulo de la leyenda más grande jamás contada en París, inclinando a su rival (6-2, 6-3, 6-1) y levantando al cielo una vez más la Copa de los Mosqueteros.

El calor castigaba la capital francesa desde primera hora de la mañana y cuando el sol alcanzó su posición más alta el termómetro asfixiaba con treinta grados. Pero cada gota de sudor que destila la frente del español en el campo de batalla, son litros de gloria para la historia. Y así fue construyendo su propia leyenda. Punto a punto. Sobre el papel, en unas condiciones que le benefician: pelota más viva, más bote y más efecto. Tres aliados básicos para incomodar el puñal que el suizo sostiene en el lado del revés. Al igual que dos días antes frente a Dominic Thiem, otro jugador que como Wawrinka empuña el revés a una sola mano, el manacorense castigó la cara b de la raqueta del helvético. Una y otra vez insistió con cambios de altura para evitar que su rival golpease dos veces en la misma posición, lejos de su zona de confort.

“Esperamos a un Wawrinka todavía más agresivo de lo habitual”, anunciaba Carlos Moyà un día antes de la final. Nada más lejos de la realidad. El suizo saltó a la pista a cara o cruz, tal y como lo hizo ante Murray dos días antes, arriesgando en cada tiro en busca del ganador. Además, el español tardó tres juegos en ajustar su servicio, tiempo suficiente para que el suizo lograra la primera amenaza en forma de bola de break. Pero sólo fue un espejismo. Nadal salvó el peligro y sometió a su rival a sus normas, las mismas que lleva impartiendo en la Philippe Chatrier desde 2005. Un break en el cuarto juego del manacorense (4-2) sirvió como punto de inflexión. A partir de entonces, Wawrinka se diluyó acompañado por 17 errores.

Nadal tomó el timón del partido sin intención de volver a soltarlo. Encadenó siete juegos consecutivos para no sólo cerrar el primer set (6-2), sino además adelantarse 3-0 en el segundo, un equipaje demasiado pesado para el suizo. Con un 89% de puntos con el primer servicio, dominó todas las facetas del juego desquiciando a un Wawrinka incapaz de encontrar la sintonía con su raqueta, que deshizo en pedazos antes de entregar el segundo parcial (6-3).

El vendaval ya fue imparable. El español encadenó 27 golpes ganadores y un 83% de puntos con el primer servicio, además de 5 breaks para sentenciar el partido con un 6-1. La Philippe Chatrier se postró ante su rey. Por décima vez.

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