Raonic no cede un palmo

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Por tercer partido consecutivo, David Ferrer deberá ganar para mantener con vida sus opciones de clasificar a la Copa de Maestros por sexta ocasión en su carrera, quinta seguida (desde 2010 no ha faltado a la cita). Esa fue la consecuencia automática de la victoria de Milos Raonic sobre Roger Federer (7-6 y 7-5) en los cuartos de final del Masters 1000 de París-Bercy. El español, que jugará luego contra Kei Nishikori un duelo a cara de perro, se sentó a ver cómo el campeón de 17 grandes peleaba un pulso de ambiciones contra su principal perseguidor en la carrera por llegar a Londres y acabó desencantado: la derrota del suizo, que cedió la iniciativa a Novak Djokovic en la pugna que ambos mantienen por el número uno, le obliga a vencer al japonés para no quedarse fuera. Solo quedan dos plazas para la última cita del curso: con Novak Djokovic, el propio Federer, Stan Wawrinka, Marin Cilic, Andy Murray y Tomas Berdych (clasificado tras remontar 6-7, 6-4 y 6-4 al sudafricano Anderson) dentro, y Nishikori muy cerca (solo una final entre Ferrer y Raonic con triunfo del canadiense le cerraría las puertas), español y canadiense se disputarán el último puesto para el torneo que desde el próximo 9 de noviembre reúne a los mejores a orillas del río Támesis. El primero que falle, lo pagará con las vacaciones. 

A diferencia de las semifinales de Wimbledon, donde Federer rompió de entrada el saque de Raonic y pareció arrebatarle también la convicción de buscar su primera final de Grand Slam, el número 10 mundial protegió la columna vertebradora de su juego con tino. De saquetazo en saquetazo (22 directos), el canadiense se abrió camino bajo la bóveda parisina: fue el primero en tener bola de rotura en el encuentro (3-2), restó dos veces para ganar la primera manga (5-4 y 6-5) y remontó en el desempate (0-1) para hacer suyo el parcial inaugural. Sorprendente, cuando Federer probó a alargar los intercambios, obligando al gigantón a mover su corpachón, no encontró el rédito que buscaba. Ni variar sus golpes (un tiro profundo aquí, uno cortado allí) para que su oponente doblase la cintura, lo que debería haber provocado una sangría de errores. Nada de eso.

Por encima de todo, Raonic ideó una buena estrategia, construyendo la victoria desde tres pilares fundamentales. Primero, se parapetó con seguridad tras el saque, dinamitando sus turnos de servicio a toda velocidad: hasta cuatro saques directos (¡cuatro!) llegó a conectar en el mismo juego, impidiendo a Federer tocar la pelota. Después, explotó su derecha invertida para cargar violentamente sobre el suizo, que sufrió para repeler esos latigazos cocinados por unos brazos largos como dos ríos que se desembocan en la inmensidad del mar. Por último, quizás espoleado por la necesidad, buscó con más deseo la victoria, lo que se reflejó en sus decisiones (medidas detalladamente) y en sus acciones, casi siempre perfectas.

Ocurrió que Federer decidió no rendirse. Como en sus tres primeros encuentros (Indian Wells, Madrid y Halle 2012), el suizo esperó que a Raonic le abandonase el saque porque la inspiración no es eterna y los nervios suben por el brazo como las ardillas por el tronco de un árbol. Hasta luego, Milos. Te quedas solo ahí abajo. Sal de esta batalla como puedas. No cuentes con la catapulta cuando esto se llene de llamas.

Así, restando para no perder la segunda manga y jugar un tercer parcial (4-5), Raonic afrontó la primera bola de rotura del encuentro. Federer lo vio claro entonces: la oportunidad para empatar el partido y llenar de dudas la cabeza del joven de 23 años. El canadiense, sin embargo, disparó un saque directo, rompió el servicio de Federer inmediatamente después (6-5) y ganó por primera vez al genial suizo. El esfuerzo bien valió la pena: mantener encendida la llama de la Copa de Maestros, donde aspira a llegar por primera vez en su carrera.

  • Laura

    Excelente texto, Rafael (como siempre).

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