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Nadie huye como Nadal

“¡Dimitrov! ¡Dimitrov! ¡Dimitrov!”. Esto no es un partido de cuartos de final del Abierto de Australia, es una eliminatoria de Copa Davis disputada en algún infierno de Bulgaria. Los cánticos encendidos de un grupo de aficionados gobiernan bajo el sol de la Rod Laver Arena mientras consiguen algo increíble: desquiciar a Rafael Nadal en su remontada sobre el número 22 del mundo (3-6, 7-6, 7-6 y 6-2) para estar en las semifinales del primer grande del año, donde se medirá a Roger Federer (6-4, 3-6, 7-6 y 6-3 al escocés Murray). Para llegar hasta ahí, el número uno del mundo, errático con la derecha (47 fallos no forzados en total), lento de movimientos durante dos horas, inferior en el cuerpo a cuerpo y desbordado por un contrario granítico, supera la barrera que construye contra sí mismo (dos veces entrega el saque cometiendo doble falta, la primera de ellas en un juego en el que comete tres, consecuencia del vendaje para protegerse de la ampolla), levanta tres bolas de set en la tercera manga (una con su saque y otras dos en el desempate) cuando del abismo solo le separan centímetros y compite con la mano ensangrentada, sintiendo sensaciones distintas a las de siempre. Gana porque su capacidad de sacrifico es legendaria. Está en la penúltima ronda del torneo porque como su cabeza no hay otra. Inclina a un rival fabuloso porque en su corazón hay más deseo que agua en el océano.

“Y será un gran campeón”, asegura el balear sobre la pista después de ver a Dimitrov marcharse llorando, intentando digerir las consecuencias de un encuentro que debería hacerle crecer todavía más. “Hay muchas similitudes con Federer. Lleva una evolución muy buena. Ha sido una gran batalla”, sigue para después agradecer el apoyo de todo el público. “He tenido suerte en el tercer set”, confiesa finalmente con la pícara sonrisa del que ha burlado a la muerta y está de pie para poder contarlo. Antes, el campeón de 13 grandes lo pasa muy mal.

El búlgaro se mantiene lejos de los colmillos de Nadal a partir de su primer servicio, con el que gana el 100% de los puntos disputados en la primera manga. Dimitrov ahoga al número uno en un arranque superlativo, lleno de energía, intensidad y piernas, abarcando cada zona de la pista con una elegancia que solo puede ser congénita porque entrenando no se aprende a bailar con una raqueta en la mano. Nadal espera. Como es perro viejo, tantos años lleva en el circuito, tantas veces ha visto esto, tantas han intentado impresionarle, sabe que el número 22 no puede jugar así durante cinco mangas, que sus saques tendrán que bajar la velocidad (201 kilómetros por hora de media durante el primer parcial, 150 en el segundo), que pagará el peaje de tanto riesgo (tan solo 7 errores al principio, 19 en el parcial que iguala el encuentro y 35 entre los dos siguientes), que para ganarle el joven aspirante deberá demostrar madurez, frialdad y pulso firme. Así ocurre mientras Nadal estalla.

“Carlos, gritan en cada punto”, se queja el mallorquín al juez de silla (“¡Bulgaria! ¡Bulgaria!”, braman desde la tribuna), pese a que ha vivido situaciones similares en las que no dijo nada, como en su única derrota en Roland Garros ante el sueco Soderling en 2009, con todo el graderío bramando en su contra antes de despedirle derrotado. “Es que es en cada fallo. Y eso no puede ser. Es una falta de respeto tremenda”, prosigue Nadal mientras bebe agua atropelladamente en el banquillo, protestando que los búlgaros celebren cada error como si fuese una victoria de guerra. “Ellos no entienden, ese es el problema”, le responde Bernardes, que pide calma cuando el encuentro explota y las llamas lo envuelven todo. “Si no interfieren en el partido… Estas cosas de aplaudir errores son difíciles de controlar”, continúa el árbitro. “Yo no te he dicho que esté mal. Sólo que es una falta de respeto tremenda”, cierra el mallorquín.

Dimitrov juega como un campeón de Grand Slam durante la mayor parte de la tarde. Solo sus tembleques le apartan de soñar con el triunfo más importante de su carrera. El búlgaro explota todas sus virtudes: dispara como los mejores pegadores del circuito (54 ganadores, 16 saques directos), defiende impulsado por unas atléticas condiciones, qué forma de estirarse, qué apoyos realiza, qué intercambios aguanta, y aborda el encuentro convirtiendo cada bola corta del español en una línea incontestable. Duda porque su libro solo tiene escrito el prólogo. Por eso no aprovecha las  ventajas que se procura (logra roturas en el segundo y en el tercer set) y tira incomprensiblemente una bola fuera en el desempate de este parcial con 6-5, cuando ya corría hacia el banquillo pensando que tenía al cazador cazado y que haría con Nadal lo que Wawrinka hizo ayer con Djokovic.

Todo lo contrario. Nadal construye su victoria desde el segundo parcial, que amarra en 66 minutos y celebra lleno de cólera, con las fauces abiertas: primero de rodillas contra el banquillo, luego con el pecho henchido hacia la grada, avisando de que a este jugador no le entierra cualquiera. El mallorquín, pura supervivencia en movimiento, corre en el tie-break del segundo set a por una bola que devuelve de espaldas a la red. Eso debe ser la marca de las leyendas. A partir del tercer set, Nadal juega un encuentro de tiza y pizarra. En consecuencia, hace todo lo que debe. Sin sus armas de siempre, el español pregunta, busca, indaga y compite hasta dar con la solución. Se golpea la cabeza mientras se pide calma. Pierde las ventajas que tiene. Se enfrenta a dos puntos de set (con 5-6 y 30-40 y ese 5-6 de tie-break). Sobrevive. Mucho tienen que ver los errores de Dimitrov, mucho su alargada sombra que agarrota el brazo de cada contrario capaz de desafiarle.

El mallorquín, que acaba a lomos de su mejor nivel en el partido, se mide el viernes con Murray o Federer por una plaza en otra final de Grand Slam, la primera del año, la que sería su tercera en Australia. El cara a cara ante los dos (35-20) invita a pensar que su presencia en la pelea por la copa no es ninguna quimera. Para eso, sin embargo, Nadal deberá radiografiar todo lo que pasó sobre el cemento ante Dimitrov. Examinarse y corregirse, una de sus especialidades. De una evolución fugaz, ajustes en mitad de la competición, depende su segundo título en las antípodas, donde ya no está Djokovic, el temible defensor de la corona, su antítesis deportiva, quizás la única barrera para sumar 14 grandes el próximo domingo.

  • lola del castillo

    La copa es inalcanzable en estas circunstancias.

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