Nadal tritura a Pouille

Rafael Plaza desde la ciudad de Madrid

En un día nublado, Rafael Nadal ganó 6-2 y 6-1 a Lucas Pouille en su estreno en el Masters 1000 de Montecarlo, donde se reencontró con la tierra batida europea para iniciar la parte más importante de su calendario que coronará el próximo mes de mayo en Roland Garros. Tras completar el peor arranque de temporada desde 2006, el número cinco puso orden contra los nervios que le persiguen gobernando un pulso sin altibajos, competido siempre en la misma dirección y con una energía abundante. Mañana, el español se medirá a John Isner, vencedor 7-6 y 7-6 del checo Troicki por los cuartos de final del tercer Masters 1000 de la temporada. A falta de un rival que le exija sudor, lo que no hizo el irregular francés, el campeón de 14 grandes abrochó un pulso que debería ayudarle en la búsqueda de sí mismo, en la que está sumido desde que regresó al circuito el pasado mes de enero en el torneo de Doha.

El mallorquín gestionó el inicio del partido agarrándose a su patrón de toda la vida. De vuelta a la tierra batida, Nadal cargó su derecha alta sobre el revés de Pouille buscando que estallase. Eso fue exactamente lo que ocurrió. Como su pelota voló muy alta, como cayó con mucho peso sobre la raqueta de su contrario, el francés sufrió de lo lindo para escapar de esa presión constante. El número cinco, que cambió direcciones sin estrellarse al intentarlo, leyó perfectamente el esqueleto del encuentro y actuó de memoria, como el que va a un examen y ya sabe las respuestas.

Pouille intentó sorprender jugando profundo. El número 108 mundial, que explotó su revés cruzado para ganarle pista a Nadal, no se procuró ni una sola bola de break en todo el cruce porque fue incapaz de encadenar tres puntos buenos. Descarado en la propuesta, el joven de 21 años se obsesionó con apuntar al centro de la diana y vio cómo sus dardos acaban con las puntas dobladas. En tres juegos, acumuló 15 errores no forzados; al final de la primera manga, 18; cuando acabó el partido, más de 30. Además, discutió sin primer saque (44% de primeros), por lo que vivió cada turno de servicio asfixiado, escuchando el hambriento aliento del mallorquín. 

En su pase a los octavos, Nadal dejó algunos golpes prodigiosos (rotura en la segunda manga con un cortado fabricado al resto o la derecha paralela con la que cerró el partido) y avisó de que tiene la chispa bien viva, subrayando que el problema nunca ha estado en los pies. Pouille lo resumió perfectamente: sacó la lengua cuando acabó el encuentro, agotado por el chaparrón que le cayó encima.

En Montecarlo, donde el año pasado superó los 5000 minutos de juego, el mallorquín pidió la ayuda de la tierra. Ninguna superficie le ayuda tanto a potenciar su derecha como la arcilla, que le otorga el tiempo necesario para cubrirse el revés con la velocidad de sus piernas. Ninguna le permite desmenuzar los intercambios después de masticar y masticar los peloteos, que es santo y seña de su juego. Ninguna le impulsa a lograr recuperaciones imposibles, destapando al maestro de la defensa. Ninguna, finalmente, eleva a Nadal como lo hace la tierra.

Con raqueta nueva

La victoria en la segunda ronda de Montecarlo llegó de la mano de una nueva raqueta, con el que el número cinco lleva entrenando desde que perdió en el Masters 1000 de Miami ante Fernando Verdasco.

“Estábamos pensando en cambiar de raqueta antes del comienzo de la temporada”, explicó el mallorquín ante la prensa después de superar a Pouille. “No hubo tiempo suficiente para preparar la raqueta para antes del inicio de la temporada. Ahora, están listas. He estado entrenando con ellas en Mallorca desde que volví de Miami”, prosiguió Nadal, que se ha mantenido fiel al mismo modelo desde hace muchos años.”No cambio la raqueta desde hace mucho tiempo, ya no recuerdo cuándo. Es un cambio para tratar de conseguir más efectos. Los agujeros entre las cuerdas son un poco más grandes que en la otra. Es cierto que con esta nueva raqueta probablemente tengo menos control. En teoría, consigo más potencia y más efectos”.

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