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Nadal toma cuerpo

Álvaro Rama desde la ciudad de Madrid

Si el encuentro era un termómetro, Nadal abandonó la pista echando humo. Bajo un sol radiante en Indian Wells el mallorquín ofreció un partido de altos vuelos ante Kei Nishikori (6-4 6-3), sin lugar a dudas su victoria más noble de la temporada y la mejor en muchos meses, para situarse a un paso de pelear por la copa. Antes pensar en la semifinal y escribir el capítulo 48 de la rivalidad más extensa de siempre ante Novak Djokovic (7-6(2) 7-6(2) a Jo-Wilfried Tsonga), el balear se arrancó varias espinas de raíz: si su temporada andaba virgen de triunfos notables, inédito ante los 40 primeros del circuito, en California se lanzó a desbordar con fuerza al número 6; si había dejado muestras de tensión en partidos apretados, un síntoma que se extendió incluso hasta su adorada tierra batida, sobre el cemento descosió un choque en el que comenzó con el agua al cuello (dos pelotas disfrutó el japonés para colocar el 1-4 en el primer parcial); y si su juego había carecido de regularidad, mostrando claroscuros con frecuencia, en el desierto se dio un arreón importante, gobernando un partido de renombre donde selló 11 de los últimos 14 juegos.

Fue la actitud ante la dificultad, un sello perenne en la carrera del mallorquín. Ante Nishikori, un jugador de movimiento fugaces cuyas manos discutirían la velocidad de la pelota, el español se introdujo en una tortura a cámara rápida. Bajo el aire seco del valle, un factor que contribuye al vuelo feroz de la pelota, los movimientos del asiático fueron de entrada imposibles de controlar. Con un guante en el revés, una prontísima toma de contacto con la pelota y una cabeza limpia en la apertura del encuentro, Kei convirtió la entrada en calor en un auténtico infierno. Mientras las piernas anduvieron frías, Nadal se encontró en un laberinto: fue incapaz de devolver dos de cada tres pelotas en los primeros juegos al saque del asiático, una rareza para un referente al resto; encaró bolas de quiebre en sus tres primeros turnos de servicio, aceptando una presión permanente, y asumió la amenaza de un rival conocido, capaz de acosarle en la final de Madrid 2014 y arrebatarle la primera victoria el pasado año en Montreal, los dos cruces más recientes entre ambos.

Si para algo sirvió el encuentro, sin embargo, fue para medir las distancias en el sufrimiento. Porque Nadal dejó patente una habilidad sin par para afrontar obstáculos hasta convierte un infierno en el cielo más abierto. El ejemplo fue cristalino: de encarar dos pelotas para 1-4, una situación límite con dos roturas de desventaja, el balear pasa gobernar el encuentro con 4-3. Toda una demostración de creencia para aferrarse a un partido de ritmo frenético. Al campeón de 14 grandes le bastó una pelota crítica para girar el guión del encuentro, aprovechó su primera opción del partido para quebrar el saque de un Nishikori diluido ante el primer contratiempo y forzó su transformación: si hasta entonces había devuelto apenas una de cada tres pelotas, impedido en la reacción, hasta el final del primer set rara vez erró una pelota al resto. Su estabilidad al poner la pelota en circulación, un 89% (!) de puntos jugados con primer servicio, y su habilidad para inculcar muchos metros con la derecha, retrasando la posición de un jugador eléctrico, le sirvieron para dibujar varios puntos que pusieron en pie al estadio, dejando destellos puntuales dignos de su plenitud.

La diferencia mental entre uno y otro, en consecuencia fue como el día y la noche. Mucho más amplia del solitario lugar que les separa hoy día en las listas oficiales como quinto y sexto hombre. Cuando Rafa tuvo el partido descabalgado, toda una amenaza anímica ante un rival que complicó sus últimos dos cruces, se aferró a la pista más que en ningún momento. Cuando Kei vio el choque en compromiso, en plena reacción del mallorquín, renunció incluso a sostener la raqueta entre las manos, lanzando la herramienta contra el suelo preso de la desidia. Con ese mensaje gestual sobre la mesa, Nadal aceleró hasta hacer suyo el encuentro más notable de la temporada, anuló al instante una última reacción del japonés (de tener pelota para 5-1 Nadal restó para evitar el 4-4), una circunstancia no siempre controlada en los últimos meses, y se lanzó en línea recta a por la pelota de partido, conectando un golpe ganador en su primer tiro de fondo, una contundente derecha paralela que aparcó el rol conservador mostrado en situaciones límite de choques previos.

Ahora, y con la opción de medir al número 1 en la siguiente ronda de Indian Wells, una realidad para Nadal: con actitud irrenunciable y capacidad de sufrimiento, tiene armas para seguir escalando peldaños.

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