Nadal no se encuentra

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

Es lo más parecido a un grito de socorro. “¡Voy a pedir que no me arbitres nunca más porque no puedo más contigo!”. El aviso de Rafael Nadal a Carlos Bernardes, juez de silla de su encuentro de semifinales ante Fabio Fognini, llega después de que el mallorquín entregue sorprendentemente el control del partido porque el árbitro acaba de sancionarle, obligándole a jugar con segundo servicio por perder tiempo (25 segundos entre saque y saque). Hasta entonces es una noche mansa. No pasa una hora y el campeón de 14 grandes gana 6-1, 1-0 y saque. El italiano es un rival domado que espera ser sentenciado. Sucede, sin embargo, que el español pierde la energía y con ella se van la pausa, los nervios y el tino. La brújula acaba en el suelo, como su rodilla después de sufrir unos calambres en la pierna derecha durante el final del pulso, tan grande es el dolor que le obliga a arrodillarse sobre el albero. Y entonces ocurre lo increíble: el campeón de 14 grandes, desconocido y desdibujado, se despide 6-1, 2-6 y 5-7 ante Fognini en 2h17m, coronado tras remontar el encuentro con un último punto que en diciembre seguirá entre los mejores de 2015. Ahora, el número 28 del mundo se medirá a David Ferrer (7-5 y 6-1 a Andreas Haider-Maurer) por la copa de Río de Janeiro y Nadal viajará a Buenos Aires destronado. Las consecuencias de la derrota son evidentes: el mallorquín, fuera del top-3 desde el próximo lunes, regresó a la arcilla con la esperanza de encontrar su sitio y se marcha de Brasil perdido, sin haber sido capaz de timonear con convicción ninguno de los partidos disputados (Bellucci, Carreño y Cuevas) desde el martes. Ni en tierra batida, donde hasta hoy solo había perdido 24 encuentros en toda su carrera. Ni en la superficie que le ha visto levantar una leyenda como no ha existido otra (321 triunfos, 45 trofeos, nueve coronas en Roland Garros). Ni en su trampolín de toda la vida

Esto fue lo que sucedió. Los oponentes llegaron al encuentro con los músculos hirviendo y los pulmones chillando. En la víspera, Fognini empleó 3h12m para celebrar la victoria ante el argentino Delbonis, bien pasada la medianoche en Brasil. Nadal, que jugó a continuación, se fue a dormir cuando estaba amaneciendo porque su pulso con el uruguayo Cuevas terminó cerca de las de las 3.30, a cinco minutos de convertirse en el más tardío en duelos ATP de toda la historia. En consecuencia, ambos se citaron buscando la final sin haber tenido tiempo para oxigenar dos cuerpos ahogados, sometidos a la exigencia de la competición sin 24 horas de tregua.

En el inicio, Fognini compitió un juego y dijo basta. El italiano, tan apático como talentoso, con una mente caprichosa y una mano privilegiada, salió del vestuario cabizbajo y aterrizó en el partido pensando que ganar era imposible. Como casi siempre ante los grandes, el número 28 del mundo peleó a chispazos, sin la continuidad necesaria para fabricar un debate donde participar en lugar de un monólogo que escuchar. Su primera manga estuvo llena de inseguridades: con un 33% de puntos ganados con segundo saque y 16 errores no forzados, Nadal se encontró recorriendo una autopista de sentido único. Fognini metió una pelota dentro y tres fuera. Hizo aguas con el revés y cada genialidad le costó cuatro borrones. Imposible.

Así, con su contrario en la lona, el mallorquín atacó la victoria sin grandes alardes y llegó a sacar para colocarse 2-0 en el segundo parcial (3-1 luego, recuperada inmediatamente la rotura que logró el italiano). No lo consiguió. El reloj fue una carga cuando normalmente es un argumento en el que apoyarse. Cada minuto que pasó en pista le quitó brío y le provocó ansiedad. Bastó que Fognini encadenase una ristra de aciertos para que Nadal se echase a temblar. El número 28, señalado por su cabeza de cristal, atacó y defendió con una contundencia fantástica. Pegó parado y se protegió corriendo, como está escrito en los libros. Nadal se quedó de piedra.

Llegó entonces la discusión con Bernardes, el mismo que el día anterior no le había dejado volver al vestuario a cambiarse los pantalones, que se colocó del revés tras ganar el segundo set a Cuevas. ”No tengo nada contra ti, pero eres el que me mete más presión de todo el circuito”, se quejó el español, que suele liderar la lista de los más sancionados a final de temporada. “No es así”, le respondió el árbitro intentando explicarse tras obligarle a jugar con segundo servicio como consecuencia de sus continuas perdidas de tiempo. “¡Mira los vídeos!”, cargó de nuevo el mallorquín. “No tienes razón”, cerró antes de volver a la pista.

El enfrentamiento con el juez de silla tuvo un efecto devastador: Nadal perdió en blanco su siguiente saque (¡en blanco!) y entregó la segunda manga. Llegó a la tercera sin saber por qué estaba allí, cuando podría llevar un buen rato en el hotel descansando. Fognini entendió que era el momento. Pese a las dudas (tres bolas de break en el primer juego del set decisivo, un par de 30-30 durante el resto del parcial), el italiano compitió con la inspiración susurrándole palabras bonitas al oído. Eso, en un jugador de su categoría, es como un rifle en manos de un soldado retirado. Una mezcla letal. El italiano creció hasta hacerse gigante, imparable, brillante. El campeón de 14 grandes, sin chispa, terminó con la rodilla hincada en el suelo como consecuencia de los calambres, pagando posiblemente el peaje de terminar el día anterior cerca de las cuatro de la madrugada.

Eso, sin embargo, no ocultó la realidad. Nadal dejó señales de que algo sigue bien roto: sus tiros se quedaron cortos, el saque le volvió a dejar huérfano para abrir distancia, su bola no encontró los efectos de las grandes tardes y las decisiones que tomó (reveses paralelos en momentos cruciales o remedios de emergencia en la red) retrataron a un competidor saturado, sin decisión para superar encuentros asequibles ni soluciones con las que combatir los problemas. La ventaja que dilapidó (6-1, 1-0 y saque) es la mejor fotografía de un tenista en apuros que tiene a la vuelta de la esquina la parte más importante del calendario, toda una gira de tierra batida por Europa que morirá en Roland Garros, su gran objetivo de cada año. Mientras llegan esas semanas, Nadal sigue buscándose. Algo está claro. A día de hoy, el tenista que perdió en Río es candidato a sufrir de lo lindo frente a los mejores en la superficie que siempre ha curado sus heridas.

  • Miguel Angel Semper

    La edad, el físico, las lesiones… Un cóctel que no perdona. La final de AO2014 le ha hecho más daño del que parecía. Mucho me temo que estamos ante el declive de un gran campeón. Pase lo que pase, merece mi respeto y admiración por todo lo que ha hecho y aún sigue haciendo (o intentando). Bravo por su lucha y su corazón. Ojalá nos pueda dedicar un último RG.

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