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Nadal no negocia la actitud

Rafael Plaza desde la ciudad de Madrid

La escena es de las que nunca se olvidan, por mucho que pase el tiempo. Alexander Zverev tiene punto de partido para despedir a Rafael Nadal en los octavos de final de Indian Wells. Una volea sencilla, casi infantil, separa al joven alemán del día más importante de su carrera. Solo tiene que empujarla. A los 18 años, sin embargo, hay cosas que no se explican desde la facilidad de un golpe que podría haber metido de espaldas y con los ojos cerrados: con el campeón de 14 grandes vencido, completamente esquinado, Zverev estrella contra la red la pelota e inmediatamente su cabeza salta por los aires. Aunque no se ve, el cemento se llena de fantasmas que ponen la música a todo trapo y sacan el champán, celebrando que han vencido. Impecable durante todo el partido, el alemán duda, falla y entra en colapso cuando lo tiene todo hecho. Pierde 19 de los últimos 21 puntos e irremediablemente se despierta del sueño. Se llama miedo, no paraíso. Así, Nadal cierra una remontada imposible (6-7, 6-0 y 7-5 en 2h34m), de las que han ayudado a construir su leyenda de competidor indomable, y se cita con Kei Nishikori (1-6, 7-6 y 7-6 al estadounidense Isner) por una plaza en las semifinales del primer Masters 1000 del año. Para el español, que en la victoria levanta un dedo mirando a su banquillo, la actitud no se negocia jamás.

“Lo siento por él”, dice Nadal después de pelear como si le fuese la vida en ello, su rasgo más característico, algo que normalmente tiene recompensa. “Al mismo tiempo, creo que merecía una victoria como esta después de haber perdido dos partidos con grandes ocasiones para haberlos ganados”, recuerda, echando la vista hacia Melbourne o Buenos Aires. “Necesito partidos para ser más sólido y tener confianza durante todo el tiempo, pero ganar este tipo de encuentros ayuda. Voy a seguir jugando con la misma pasión. Espero recuperar mi juego y también toda mi confianza”.

Zverev llega al partido lanzado. El comienzo de temporada del joven alemán dice cosas espectaculares, tantas como para que su contrario le señale el día anterior al cruce como un claro número uno del mundo. Con unas semifinales en Montpellier y otros cuartos en Rotterdam, Sascha aterriza en sus primeros octavos de un Masters 1000 tras remontar un partido que tenía perdido ante el croata Dodig y después de vencer a Grigor Dimitrov y Gilles Simon. Cada uno de esos triunfos confirma lo que piensan los técnicos: Zverev tiene los golpes (no le falta ni uno), el descaro (qué garra demuestra) y por supuesto la determinación (sorprendente a su edad) para ser un jugador de época. Y así lo demuestra frente al mallorquín, salvo los últimos 10 minutos en los que el vértigo se le sube a la espalda.

Esto es lo que sucede. Pasada la hora de partido, el alemán pide aire, corriendo con la lengua fuera. Se compite el pase a cuartos de final bajo un sol de justicia y Zverev acaba de ganar la primera manga a Nadal, confirmando que no ha salido a la pista para pasar el rato. Si este jugador tiene 18 años, no lo parece. El campeón de 14 grandes, que recibe un warning por maldecir a los cuatro vientos (“Es la primera vez que me pasa en toda mi carrera”, le dice aireado a Cedric Mourier, el juez de silla), compite el tie-break de ese primer set a buen nivel después de recuperar una rotura (de 2-4 a 5-5). Zverev, en cualquier caso, lo hace mejor, fabuloso en la ejecución de su idea. A diferencia de otros grandes talentos, tenistas prometedores que están a medio camino, el alemán tiene una cabeza privilegiada y eso no puede ocultarlo el terrible error que le cuesta la victoria.

El número 58 juega como los ángeles. Bendecido con una percha ideal (1,98m), disparar bombas al sacar es pan comido para él. Con la pelota en juego, es agresivo, valiente e irreverente. Un golpe sirve de ejemplo durante toda la tarde. El revés cruzado del alemán es como el cuchillo que se abre paso entre la mantequilla. Nadal, que insiste en cargar sus tiros combados por ese lado de la pista, se encuentra persiguiendo pelotas imposibles, a las que no va a llegar ni aunque pida un monopatín. El español se mantiene porque en Indian Wells ha elevado el nivel (solo hay que ver los tres partidos que ha jugado) y porque su orgullo es demasiado grande como para sacar bandera blanca. Eso nunca.

Zverev paga carísimo el desgaste de la primera manga, 1h09m de paliza. Nadal, sin embargo, sale reforzado, pese a perder el set inaugural. El mallorquín aprovecha lo evidente: su rival está ahogado mentalmente, le pesan las piernas, se le cae el alma al suelo. Con un calor sofocante, y todavía muy verde porque esa musculatura puede convertirse mañana en un físico rocoso, Zverev levanta el pie, quizás pensando en atacar con decisión el tercer set. Nadal disfruta entonces de sus mejores minutos en el partido: consigue un 6-0, equilibra el pulso y posiblemente se imagina vencedor. Que se aparten todos, que el español va a toda velocidad.

Luego, sorpredentmente, saltan las alarmas. Nadal está completamente dominado, pese a sus esfuerzos por agarrarse al partido. Los nubarrones que vienen por el horizonte anuncian tormenta y de las gordas. Se juega el set decisivo y Zverev tiene bola para 5-1 y saque. El mallorquín, que la anula (2-4), espera su momento haciéndose preguntas a las que no tarda en encontrar respuesta. ¿Es que la experiencia no va a hacer nada? ¿Es que mi esfuerzo por no rendirme no va sirve? ¿Es que todo eso no vale?

Cuando Zverev estampa la volea en la red y deja pasar un punto de partido (5-3 y 40-30), el campeón de 14 grandes sabe que ahí está su tren. La victoria aparece acompañada de una celebración vibrante que radiografía cuánto le cuesta llegar a cuartos y anticipa la importancia que tendrá en el futuro, que debería ser mucha. Antes de hacerse de noche en California, Nadal y un mensaje para todos. A veces, también se gana esperando que aparezca la ocasión, simplemente hay que estar listo para aprovecharla. Este jugador es un ejemplo: para hoy, para mañana y para siempre.

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