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Nadal invoca al campeón

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

Suena una escopeta bajo las blancas nubes de Londres. Es el sonido de la muerte. La derrota correteando alegremente por la cabeza de Rafael Nadal en el mismo escenario y ante el mismo rival que dos años atrás le abren las puertas del infierno. En la segunda ronda de Wimbledon, Lukas Rosol dispara como el mejor soldado del batallón en una guerra que está cerca de ganar. El número 52 mundial tiene bola de set (6-4, 6-6 y 6-5) para poner el 2-0 en el marcador de su encuentro ante el campeón de 14 grandes. Ahí está el abismo, que es una ventaja para el primero y todo un calvario para el segundo. Ahí está la oportunidad. Ahí están las diferencias entre los aspirantes y los mejores. El checo, que desaprovecha un 4-2 en ese set, se encuentra atrapado en un desempate a cara de perro para ganar un parcial que ya debería ser suyo. El número uno, sin embargo, suma tres juegos seguidos y devuelve la igualdad para bailar en el alambre con su enemigo. Llega entonces el tie-break. Llega la pelota para ganarlo y hacer la grieta gigante. Es una bola para repetir la historia. Y entonces sucede: Nadal la salva con un saque abierto y una derecha que va despidiendo llamas por el aire. Rosol lo ve venir. La doble falta con la que cede el set es su sentencia. Aunque todavía quede mucho debate por delante, el final es irremediable. El español remonta 4-6, 7-6, 6-4 y 6-4 a lomos de 46 ganadores (por solo 11 errores no forzados) y deja atrás un día que puede marcar su futuro en la catedral de la hierba.

El pulso nace cargado de gestos que explican por qué este es un partido eléctrico. Rosol se mueve como un demonio mientras Nadal se prepara para sacar, eso que tanto molesta al número uno en el duelo que pierde en 2012. El número 52 mundial salta como el púgil, se agacha hasta casi tocar la hierba, se desplaza dando pasitos cortos y de vez en cuando golpea derechas y reveses al aire, marcando el territorio, enseñando las fauces, olisqueando el terreno mental en un choque impregnado por el aroma del pasado. Incluso llega a tirar una de las botellas que Nadal alinea con mimo frente a su silla. El mallorquín se anima tras cada punto, agarrándose al salvavidas de su orgullo. El corazón como solución. La pasión como redención. La red fotografía la tensión entre los oponentes: los dos juegan al gato y al ratón en los cambios de lado. El checo sabe que Nadal siempre deja a su rival pasar primero. El mallorquín se niega a romper esa rutina. Ninguno quiere avanzar y ambos se quedan parados en el medio de la pista, explorándose como lobos ansiosos.

El pulso nace cargado de gestos porque es un partido eléctrico

El partido desata una tormenta. Como en su estreno ante Klizan, el mallorquín entrega su saque en el octavo juego del primer set. Eso le cuesta la manga inicial y un problema mayor. El zarpazo destapa al Rosol de hace dos años que lucha a estacazos. Es así como una vez tras otra abofetea a Nadal desde el resto con golpes que pasan por la hierba como una manada de elefantes. Arrasando. Derribando. Arramplando. El checo atiza, atiza y atiza. Da igual si el error es lo que encuentra porque el ganador es lo que busca y no hay otra vía más directa que el riesgo. El campeón de 14 grandes no tiene tiempo para sacarse la bola de encima. Es un chispazo. Un trueno. Un relámpago. Nadal se agacha y saca las manos todo lo rápido que puede, pero no puede cargar y disparar. Ni de lejos compite mal, es su rival el que le desborda con aparente simplicidad.

El partido está entonces cómo quiere Rosol. En 54 minutos, el checo manda 6-4 y 4-2. Todo ocurre muy rápido, lo que beneficia al checo, que en su mejor momento del cruce juega con la facilidad de los elegidos. Es una bola a una línea, una bola a la otra y una tercera bola sin retorno. Hay juegos que no duran ni un minuto. Llueven los servicios directos. Vuelan los puntos de saque. Caen los pelotazos que Nadal ve pasar una y otra vez sin poder hacer nada más que mover la raqueta inútilmente. Se llena la pista de fantasmas y recuerdos de una noche de junio hace un par de años. Aparece la derrota tras la red, vestida de blanco y con una raqueta como guadaña cuando Rosol rompe en blanco al mallorquín y se coloca 4-2. Emerge la fiera, agarrada a la hierba con las pezuñas para arrebatar el saque del número 52 por primera vez en el partido (una hora tiene que pasar hasta que eso ocurre) y llevar la manga al tie-break, la llave hacia la tercera ronda del torneo.

Nadal cierra el partido con dos parciales perfectos: 27 ganadores y solo cuatro errores

“¡Vamos Rafael!”, brama Toni Nadal mientras le pide a su sobrino que active las piernas, que se mueva, que no se quede quieto ni un solo segundo porque cada segundo es oro sobre césped. Y Nadal que vuelve al partido tras apretar los dientes en el desempate de la segunda manga y ver cómo Rosol se rompe en mil pedazos con una doble falta que su entrenador celebra como si fuera la victoria final, de pie sobre las escaleras con el puño en alto. Y Nadal que entonces se siente ganador, mejor, victorioso, recuperado esta vez para darle la vuelta al partido. Y Nadal que toma la decisión de restar encima de la línea y encuentra premio porque pega golpes prodigiosos. Y Nadal que vence cuando de su cabeza nacen dos parciales perfectos, impecables, los que le declaran candidato a todo. Es el campeón más agresivo. La cara guerrera del ogro: el mallorquín dispara 27 golpes ganadores y solo desafina en cuatro pelotas. Es un salto al vacío del que sale vencedor. Rosol se queda reducido a un puñado de saques y tiros sin orden. El español lo festeja como algo más que un triunfo de segunda ronda en un torneo del Grand Slam.

Al final de la mañana, dos celebraciones lo dicen todo. La de Toni Nadal tras el segundo set (con la garganta lanzando aullidos, rojo como una boca de incendios, un síntoma de ese momento que marca su destino en el encuentro) y la de Nadal después de amarrar la victoria, liberado sobre la central de Wimbledon en un salto para llenar de aire los pulmones, llenos de nervios y presión. A falta de afinar algunos detalles, el partido invoca al campeón, preparado para pelear por la copa como un jugador de granito y no como ese tenista lleno de miedos y problemas físicos que arrastra dos temporadas de decepciones sobre la hierba, la superficie en la que desde pequeño fijó su mirada de caníbal.

  • Pepa

    Pienso lo mismo, y es que, además, le veo con muchísimas ganas. Si se mete en la segunda semana su confianza y su tenis seguirán subiendo.

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