Nadal también gana bajo presión

Rafael Plaza desde la ciudad de Madrid

Para conseguir el pase a los cuartos de final del torneo de Montecarlo, Rafael Nadal debió bailar un tango con sus nervios. Por primera vez en mucho tiempo, el mallorquín supo administrar la ventaja que se procuró (uno de sus grandes problemas de 2015) en su triunfo 7-6, 4-6 y 6-3 sobre John Isner, un rival de verso irregular y rima parcial. El campeón de 14 grandes, que había perdido varios pulsos apretados esta temporada (Berrer, Fognini, Raonic o Verdasco) ganó un encuentro en el que salvó dos pelotas de set en el tie-break de la primera manga (6-6; 3-6) y entregó la segunda después de desaprovechar un 0-40 que le habría dejado sacando por la victoria (4-3). Así, entre ruidosos rugidos y brazos agitados al lluvioso mediodía de Mónaco, Nadal se citó con David Ferrer (6-2, 6-7 y 6-1 al francés Simon) por las semifinales del tercer Masters 1000 de la temporada, donde ha celebrado ocho veces el título (2005-2012), y siguió corriendo una carrera que espera terminar encontrándose a sí mismo.

De entrada, Nadal se colocó pegado a la valla para restar los saques del número 19, un bombardero de armamento pesado. El gigantón estadounidense (2,08m) le atizó a la bola con malicia, como el boxeador que se descarga contra el saco en un entrenamiento. Ante eso, el mallorquín intentó que Isner perdiera el control haciéndole descarrilar, desarbolándole desde el ritmo. Propulsado por sus piernas, el número cinco se movió a toda velocidad, golpeó derechazos llenos de vida y atrapó pelotas que parecían inalcanzables en una simbiosis perfecta con la arcilla. El partido fortaleció algo indiscutible: aún lejos de su mejor versión, no hay nadie que brille como Nadal en el arte de resbalar sobre la superficie más lenta del circuito.

Isner, desde siempre amante de los grandes retos (victorias ante Djokovic y Federer, cinco mangas frente a Nadal en Roland Garros 2011), se abrió paso desde la innegociable idea de proteger su saque. De cañonazo en cañonazo, el estadounidense atormentó a Nadal al resto porque su servicio fue a menudo un chaparrón de bombas. Sorprendentemente, cuando la bola estuvo en juego, el gigante no rehuyó de los intercambios desde el fondo de la pista. Corrió de un lado a otro moviendo su corpachón con armonía. Alcanzó a defender embestidas por las que cualquiera habría apostado en su contra. Nunca le perdió la cara al partido, aunque casi siempre fue a remolque en el cruce directo de golpes, con el español sólido, activo y certero.

Durante todo el cruce, Nadal castigó a su contrario con pelotazos que brincaron con rabia. Isner lo combatió con potencia (latigazos con la derecha) sutilezas (un abanico de dejadas que su oponente penó para alcanzar) y reflejos (28 puntos en la red). El mallorquín, sin embargo, tuvo una respuesta para cada recurso de su rival. Apagó la agresividad desmedida con agresividad controlada (32 ganadores por 15 errores), le ganó metros a la pista para impedir que su rival le atacase por sorpresa con esas dejadas milimétricas y exhibió sus mejores golpes pasantes, mortificando al número 19 en cada subida a la cinta. El cóctel fue demasiado.

Después de desaprovechar dos pelotas de set en el parcial inaugural y empatar el duelo en el segundo, Isner se plantó en el tercero con la cabeza abierta en dos. En el primer juego, Nadal le enseñó lo que le iba a costar el triunfo. Ni un resquicio. Ni una oportunidad. Ni una sola concesión. En consecuencia, el estadounidense se desinfló, entregó su saque por primera vez en el partido (0-2) e inclinó la rodilla bajo la supremacía del campeón de 14 grandes, que siempre compitió de la mano de la pasión.

Ahora, el español llega a los cuartos después de ganar sus dos mejores partidos de la temporada. En cualquier caso, mañana le espera una granítica prueba (Ferrer, su verdugo de 2014 en la misma ronda) que le dirá dónde se encuentra exactamente sobre la superficie que le ha visto construir su leyenda.

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