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Nadal, estreno sin fantasmas

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

Sucede en la pista número uno, que es la segunda en importancia de Wimbledon. Rafael Nadal, el número 10 del mundo, se encuentra debutando en el tercer Grand Slam de la temporada fuera de la central, reservada para Roger Federer (siete títulos) y Andy Murray (el primer británico campeón desde Fred Perry, coronado en 1936). Al español, derrotado en ese mismo escenario contra el belga Darcis en 2013, no le importa lo más mínimo jugar en una pista famosa por haber sido testigo de un puñado de descalabros, incluidos los suyos. En 2h11m, el mallorquín anula 6-4, 6-2 y 6-4 a Thomaz Bellucci, cierra su cruce inaugural sin sustos (por primera vez desde 2012 avanza tras ganar en tres mangas) y espantando a los fantasmas se cita con el imprevisible Dustin Brown (3-6, 6-3, 7-5 y 6-4 sobre Yen-Hsun Lu) por la tercera ronda en la catedral del tenis.

Nadal llega al partido después de machacarse en dobles sesiones de entrenamientos durante los días previos al estreno. Este es un tenista que vive obsesionado con salir del hoyo. Si para volver a ser competitivo hay que dejarse la vida, el español está dispuesto a hacerlo. Da igual que tenga 29 años y una carrera impecable. No importa el sillón que desde hace tiempo tiene colocado en la historia. Especialista en recuperaciones imposibles, maestro en la adversidad, el número 10 pone trabajo contra la adversidad incluso en una superficie que es como jugar a la lotería cada semana. El encuentro fotografía la transformación del mallorquín para aspirar a domar el césped: Nadal acaba con más errores que ganadores (23 por 21) y ataca la red en 19 ocasiones (en 17 se vuelve con el punto), buscando aprovechar las ventajas competitivas que otorga la hierba a los que hacen por entenderla. Todavía con un punto de mejora, los números ante Bellucci marcan el camino en una mañana de verano fantástica.

Al campeón de 14 grandes le ayudan los 30 grados de temperatura del día. La grada, que se llena de sombreros y abanicos, ve intercambios que con frecuencia se acercan a los 20 golpes. El sol seca la hierba y endurece el suelo, facilitando los movimientos y permitiendo a los oponentes jugar desde el fondo de la pista, sin resbalones ni pasos en falso, dos de las condiciones habituales del césped. El número 42, que es el primero en tener bolas de rotura (1-0, 15-40, salvadas por su oponente con dos buenos servicios), hace poco para inquietar a Nadal. No se atreve a romper el encuentro a latigazos. Su saque no inquieta el número 10, que empieza el encuentro restando casi encima de la línea, avisando al brasileño de a lo que está dispuesto a hacer. Bellucci, además, carga con una pesadilla abultada: no gana un partido sobre hierba desde Queen’s 2011 (seis derrotas consecutivas). El brasileño, fantástico competidor sin presión, se atasca cuando debe negociar los momentos cruciales de los partidos, como la reacción que tiene en la primera manga (de 5-2 a 5-4 y 30-30) o la ventaja de la tercera (2-0).

“Actitu!”, grita Toni Nadal en ese final del primer set, después de que el número 10 ceda su servicio con una doble falta (con 5-2), dilapide una opción clara para abrir brecha en el partido y se acerque a la misma situación de tantas otras tardes en 2015. No en Wimbledon. No en hierba. No dentro del proceso en el que se encuentra ahora mismo el español, peleando con todas sus fuerzas por sacar la cabeza. En cualquier caso, lejos de superar un partido complicado, Nadal se regala una tarde plácida que le deja una noticia fantástica: a falta de ajustar su derecha, irregular y a veces descoordinada, el resto de su argumentario está adaptado para competir de tú a tú sobre hierba. El doble campeón quiere aspirar a la corona.

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