Son dos bestias peleando por la eternidad en la boca del infierno. Caen las llamas de la tarde sobre la tierra de París mientras Rafael Nadal y Novak Djokovic libran un pulso de voluntades como pocos en la historia. El serbio compite asfixiado por las altas temperaturas, se le nubla el horizonte y rompe en lágrimas. El español acaba doblado, con la espalda chillándole, la rodilla martirizándole, problemas físicos acechándole, y también estalla en sollozos. Se lucha por cada pelota entregando el alma como tributo en un altar de albero. Se batalla por cada centímetro de la pista pagando con sudor el terreno conquistado. Se combate construyendo y destruyendo, porque este es una pugna entre los mejores jugadores del planeta, gigantes con el infinito como techo ante los ojos del mundo entero. Los dos contrarios tardan 20 minutos en discutir los cinco primeros juegos de la final, 44 en resolver el ganador de la primera manga (6-3 para Djokovic) y 1h49m (7-5 para Nadal) hasta que empieza un partido nuevo al mejor de tres sets. Es el mallorquín, indomable, indómito, el rey de la tierra, un coloso como jamás habrá otro, es el que remonta 3-6, 7-5, 6-2 y 6-4 a Novak Djokovic en 3h31m por primera vez desde 2009 para ganar por novena vez Roland Garros, convertirse en el segundo jugador de todos los tiempos con más torneos del Grand Slam (14, empatado con el estadounidense Pete Sampras), celebrar grandes durante 10 años seguidos y retener el número uno del mundo, que seguirá siendo suyo. Por encima de todo, una lección perpetua de corazón y agallas con un mensaje bien claro: solo Nadal separa a Nadal de la leyenda.
“Eres el mayor reto de mi carrera”, confiesa el español a su némesis abrazando la Copa de los Mosqueteros con los ojos empañados por la emoción. “Ganarás Roland Garros algún día”, cierra bajo la mirada del sueco Borg, el elegido para darle el trofeo, un tenista al que superó hace mucho en París y en la élite.
Primero, la igualdad absoluta. No es este un partido a la altura de los finalistas. Atenazados por las consecuencias de la victoria, encadenados a la responsabilidad, amarrados por cadenas invisibles, Nadal y Djokovic se tantean desde el respeto máximo. No hay intercambios envueltos en llamas. No hay puntos espectaculares estirados en el tiempo. No hay batalla en mitad de la guerra. Son dos de los mejores retadores del planeta y, sin embargo, hablan los saques, enmudeciendo lo que ambos dicen desde el resto. El campeón de 13 grandes sube a la red para sorprender. El de seis ejecuta dejadas de artesano buscando huir del tú a tú y a veces también asalta la cinta sin cordura, zarandeado por los millones de fantasmas que la acompañan en el encuentro. Ninguno de los dos juega con las armas afiladas. Nole se queda corto. Nadal emborrona todo lo bueno que hace con la derecha cuando es su revés el que levanta la voz. Nole no encuentra su primer servicio. Nadal no lo aprovecha. Es un torrente de presión sin salida.
“Eres el mayor reto de mi carrera”, le dice Nadal a Djokovic tras ganar el trofeo
El número uno apuesta por dar un paso adelante y asumir el riesgo como vía de escape. Sabe que contra Djokovic no le vale otra cosa, que Nole es el ataque y la defensa elevado a la enésima potencia. Eso le cuesta un zarpazo del que no se repone: con 3-4 quiere correr más que el reloj, ser el pistolero que desenfunda primero en el Oeste, la gacela que gana la carrera en el bosque, y le entrega el servicio a su oponente. El cruce está exactamente donde quiere el serbio, que es quien muerde en la primera manga y sueña con levantar la copa porque nunca en su carrera ha perdido un título después de ganar el set inicial (35-0). Ese es el camino hacia el sueño que tantas noches le ha desvelado: coronarse en Roland Garros y ser uno más del grupo de los mejores, ese en el que solo están los siete que han sido capaces de gobernar los cuatro templos del planeta.
Así quiere Nole unirse a ellos. El serbio desborda al número uno a pelotazos. Con una sencillez aterradora, Djokovic convierte cada bola que toca en un estilete que abre en canal las defensas de su rival. Es Nadal partido en dos, un campeón descompuesto que de desventaja en desventaja (3-5 y 15-40 cuando resta para no perder el primer parcial, 4-2 y saque perdido en el segundo, viendo a su rival auparse hasta el 4-4) se acerca al abismo que es la derrota. El revés es la hemorragia incontenible de su juego. Por ahí se cuela Djokovic como la ardilla que entra y sale del tronco del árbol. Con 4-4 en la segunda manga, llega el momento donde uno de los dos tiene que dar un paso adelante para establecer una brecha (Nole) o devolver la igualdad al duelo (Nadal). El aire está lleno de tensión como una tormenta eléctrica descargando rayos.
Los golpes de Nadal son un canto a la pasión
Y ocurre entonces. Nadal gana la segunda manga porque a su rival quiere volar antes que andar. Se ahoga en errores impropios y busca soluciones en su palco, plagado de rostros de piedra. La cabeza de el serbio explota y su cuerpo paga el peaje de la tarde, la reacción de Nadal y la intolerancia al calor van de la mano, como un manto de lava escupido por el volcán tras una erupción. Djokovic se quema bajo el sol. Está rojo como el casco de un bombero. Suda con la mirada perdida. Se marea. Las enormes bolsas de agua que se pone en el cuello en cada descanso no sirven para frenar lo inevitable: a Nole le da una pájara que le dura tres juegos, los que el mallorquín aprovecha para propinarle un 3-0 de entrada en la tercera manga (5-0 desde el final del segundo set). Luego, vuelve al partido, se procura dos bolas de rotura (con 1-3 y 2-4) y las pierde volviendo a entregar su saque porque para entonces Nadal es demasiado Nadal. Con sus golpes, el mallorquín entona un canto a la pasión. Son las fauces del titán apuntando al cielo, los colmillos del mejor jugador del planeta, las garras de un tenista con el orgullo en juego, con su reinado en el alambre, siendo amenazado por un jugador con mil vidas.
“¡Rafa! ¡Rafa!”, vitorea el público que siempre arropa al español mientras Djokovic ataca la cuarta manga buscando llevar la final al parcial decisivo, espantando a manotazos todos los demonios que tiene enganchados en los hombros. Nadal pide la toalla y se dobla sobre sí mismo después de lograr una rotura que debería ser decisiva. Casi ni la celebra porque está más pendientes de las señales de su cuerpo. Calambres. Sofoco. Fatiga en la armadura. Y ahí está Nole, para aprovecharse, devolverle el break y aullar. Y ahí está Nadal, para sostenerse entre dolores y tormentas. El español quiere y aprieta. Deja un golpe antológico que retrata una carrera entera cuando su contrario saca para no perder el partido. Nadal corre a por una pelota imposible que levanta a ras de suelo y supera a Nole, empujando la bola con un músculo intangible y el aliento de los elegidos. Es suficiente. Bastante. No hay nada más que decir en este juicio. Djokovic saca bandera blanca. Como en la final de 2012, entrega el trofeo con una doble falta que desvela cuántas trampas hay en la pasarela hacia el Olimpo, cuánto pesa la gloria, cuánto hay que sufrir para después sonreír. El mallorquín se arrodilla en la tierra que le vio crecer. La misma que después le contempló salir de la adversidad más peligrosa, como el que cruza una puerta. Esa que hoy le deja con la eternidad amarrada para siempre. Al final de la tarde, París no tiene nuevo rey. Es el mismo de siempre: Rafael Nadal Parera. Sansón empuñando una raqueta con la fuerza del corazón.
Nadal, en números
Nueve veces campeón de Roland Garros (2005, 2006, 2007, 2008, 2010, 2011, 2012, 2013 y 2014)
Primera vez que gana cinco veces seguidas Roland Garros (2010-2014)
14 títulos del Grand Slam (nueve veces en Roland Garros, dos en Wimbledon, dos en el Abierto de los Estados Unidos y una en Australia)
Segundo jugador de la historia con más grandes (14, empatado con Pete Sampras y superado por Roger Federer, que tiene 17)
Primer jugador de la historia que gana torneos del Grand Slam durante 10 años consecutivos
66 victorias y una derrota en Roland Garros
Racha de 35 victorias consecutivas en Roland Garros (desde los octavos de final de 2009 cuando perdió con Soderling)
90 victorias y una derrota en partidos a cinco mangas sobre tierra batida
45 títulos en tierra batida (segundo de toda la historia, por detrás de los 46 del argentino Vilas)
3 títulos sobre tierra batida en 2014 (Río de Janeiro, Madrid y Roland Garros)















