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Murray gobierna una locura

Álvaro Rama desde la ciudad de Valencia

Bajo la bóveda del Ágora valenciano, un pulso de corazones enfrentados. Andy Murray remontó a Tommy Robredo (3-6 7-6(7) 7-6(8)), levantó cinco pelotas de partido e hizo suyo uno de los pulsos más dramáticos jamás vistos en el indoor levantino. El escocés, un cuerpo necesitado de pruebas, resistió al partido a tres mangas más largo del año. Con tres títulos en sus últimos cinco torneos, una colección para quien llevaba más un año sin morder copa, y un balance reciente atronador (22 victorias en 25 partidos) como aval. El de Dunblane se remangó y subrayó su posición en la clasificación para acudir a la Copa de Maestros, porque disparó su cuenta de puntos para ascender hasta el quinto peldaño. Para Robredo, que ya se entregó tras dejar pasar cinco match balls en Shenzhen, fue una pesadilla revivida a unos metros de los suyos.

Desde el comienzo fue una guerra sin cuartel. Con un Andy consumido entre arreones y desperdicios. Robredo, encarado a uno de los restadores más consistentes del circuito, sobrevivió a auténticos maratones cuando la primera pelota partió de sus manos. Fueron como premoniciones, avisos de lo que se desataría cuando la noche hiciera estragos. Dos juegos eternos (con 2-3 y 3-4) rozaron los diez minutos y ofrecieron hasta cinco opciones de quiebre negadas al escocés. Entre dos juegos voraces al resto, herido por la opción perdida, Murray recibío el único quiebre del primer acto. El más inofensivo de todos los desatados. Gritos al cielo, gestos de desesperación, dedos apuntando directamente a su cabeza. El encuentro fue un vaivén de emociones para el jugador británico. El número 10, cuya cobertura lateral es admirada por el vestuario como señalada su renuencia al plano ofensivo, se vio zarandeado de lado a lado. Tanto que en repetidas ocasiones buscó oxígeno clavado sobre la raqueta e incluso plantando los dedos en las cámaras que filman el campo desde el perímetro. Acorralado por momentos, Andy persiguió aire sobre el revés de Robredo, pero donde pretendía hallar una grieta se topó con un muro. El 70% de lo golpeado por el catalán desde ese flanco emitió un ángulo corto, abriendo el campo a lo ancho, veneno para un tenista con los pulmones desgastados. Cuando noviembre agota sus horas y los cuerpos están destrozados, Robredo cerró puntos sentando en la silla de un línea y Murray postrado sobre el medidor de velocidad. Síntomas de una pelea a tumba abierta sin lugar al respiro. Al límite, ambos midieron desde el instinto, el mismo que lleva a Tommy a montarse sobre la línea para herir con su derecha y el que lanza Murray a rendir con retroceso, dos metros por detrás del fondo.

Un alarido recibió al segundo set, donde Murray aprovechó el vacío del gerundense para asestar el primer quiebre. Cuando Andy confirmó el mazazo, la pelea se introdujo en una tregua (del 0-2 al 2-4), con tenistas incapaces de sumar un punto de devolución.  Dando paso a una tregua entre dos pechos fatigados. Como postergando la refriega hasta un momento de mayor respiro, nadie gana un punto al resto en cuatro juegos. Algo extraño entre dos tenistas reactivos sobre un suelo pesado, el más lento entre todas las pistas cubiertas según defiende el vestuario. A partir de entonces, el partido entró en la selva. Eso no fue tenis, sino una pelea salvaje entre dos tenistas colapsados. Murray habitó el fondo, con gesto cansino. Casi se podría decir que tambaleó al caminar. En cualquier momento podría caer al suelo. Mostrando un lenguaje gestual de manicomio, porque un set que parecía suyo se oscureció como la boca del infierno. Tres pelotas para 2-5, una ventaja sinónimo de equilibrio para el escocés, se convirtió en un 5-4. Robredo volteó un set que parecía perdido, hilando tres juegos y lanzando una mirada a los ojos del británico. Una pelea sin miradas atrás, con Robredo empeñado en remar donde no quedaba agua, porque uno de los más fuertes abría tremenda brecha, hasta llevar a Murray a la soga del desempate. Allí, el gerundense volvió a encontrarse con una miel amarga: tener el partido a un punto y dejarlo pasar de largo. Primero, después de que Murray lanzase al suelo la raqueta cargado de rabia, una derecha del catalán besó la cinta y se posó lejos del campo. Más tarde, con su servicio como hilo de vida, un servicio directo de las entrañas, ese tipo de puntos que separan a campeones de elegidos. En un partido con el remolque como dogma y la frustración como lenguaje prioritario, el británico se encontró en un parcial decisivo. Demostrando que en el sufrimiento puede hacerse mando.

Con más de dos vueltas al reloj, la última manga ofreció un escenario de tortura. Dos hombres acalambrados por el esfuerzo en una maratón, pues no hubo partido a tres sets más largo en todo el año. Como en el segundo parcial, una tregua sin quiebres precedió a lo salvaje del escenario. El escocés fue el primero en sentir los mordiscos, con 2-3, sin sentarse en la silla durante el descanso. Robredo, pese a caminar con las piernas en estado de cocción, aprovechó para machacar el servicio en blanco. Revivió Murray, dejándose las suelas en un juego suicida al resto que acalambró a Robredo, postrado sobre la red, y culminado por Andy autor de un revés paralelo que tomó tierra en una esquina del campo. Dos hombres de mirada perdida buscando aire sin descanso. Un drama a sudor vivo. De los partidos más duros del año. En ese fragor, margen para lo incontrolable. Como la pelota que descendió del bolsillo de Robredo para interrumpir la pelea y situarle a dos puntos de perder el partido. En una batalla frenética, con 5-4 y pelota de partido en contra, el catalán forzó el error de Murray sobre una derecha a puro salto. Un aviso antes de llegar a un tiebreak dramático.

Fue una muerte súbita con guión sádico. Robredo, que ya penó en Shenzhen tras no aprovechar cinco puntos de campeonato, se encontró con una pila de barro concentrado. El tercer, el cuarto y el quinto match ball pasaron por delante sin reparo. Un Murray crecido ante la pared cubrió el fondo como si lo llevaran sobre un carro. Como si necesitara ver la muerte para llegar a cualquier lado. Con 6-5 fue incapaz de morder el servicio del escocés. Con 7-6 Andy construyó un monumento a la defensa, restando un revés con el cuerpo pegado a donde brotan los aplausos y lanzando derechas cruzadas como el que desconoce el miedo. Y, con 8-7 asido a sangre fría, Murray huyó del fondo para salvar la quinta pelota de partido, con un smash en salto improvisado. Allí, con los fantasmas de la gira asiática, donde el mismo rival sobrevivió a cinco hachazos, Robredo vio escapar el torneo de Valencia e ironizó su destino con Murray, dedicándole exhausto sobre la red una peineta a dos manos. Murray, tras tirar la raqueta, dejarse caer por el cemento y gritar a los cuatro vientos, hizo suyo un partido enquistado. Y demostró una máxima: hay que saber, y hasta adorar, sufrir para terminar ganando.

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