Garbiñe reina en Londres

Javier Méndez desde la ciudad de Londres

Un revés demasiado largo de Venus, que confirmó el ojo de halcón, pinchó la burbuja que había protegido a Garbiñe durante las últimas dos semanas, apartada de los flashes y la euforia, refugiada en la discreción. Aquel tiro sin acierto de la estadounidense sirvió para convertir el silencio de la Centre Court en estruendo; la calma contenida de Muguruza, en lágrimas. De rodillas mirando su palco, celebraba lo que sólo antes una española había logrado en la historia de Wimbledon: fundirse en un abrazo con la bandeja de plata que distingue a la campeona del Grand Slam británico. Precisamente esa jugadora, Conchita Martínez, se encontraba en su banquillo. Este sábado, dos años después de dejar escapar su primera oportunidad en el All England Club, superó a Venus Williams en la final por 7-5, 6-0, en una hora y 17 minutos.

Sólo unas semanas antes derramaba lágrimas de desconsuelo en París, en un escenario donde debía defender la corona de campeona y la frustración de caer ante una jugadora local, con el público entregado a su rival, acabó por destrozarle el alma. La salida del Top 10 fue la consecuencia inmediata y su repuesta no se hizo esperar. Aterrizó en Londres con la intención de recuperar su aura de jugadora, con una única palabra como estandarte de su diccionario: tranquilidad. Más allá de los tópicos, Garbiñe se aferró a cada partido, al día a día y unas rutinas que durante 14 días la encumbraron a lo más alto en la catedral del tenis. Entrenamientos al abrigo de la Pista 11 de Aorangi Park, escondida entre la espesura de la vegetación que protege sus líneas; tardes de películas en una casa a pocos minutos del All England Club; ‘Malibu’, de Miley Cyrus sonando en bucle en su reproductor musical…

El ambiente de armonía con su entorno en la capital inglesa creó la magia necesaria para soñar con tocar el cielo de este deporte en Londres. El tenis, el físico y la confianza, además, no la abandonaron durante sus siete partidos en SW19. Tampoco en la última ronda ante Venus Williams. Ni siquiera cuando se encontraba a sólo dos puntos de entregar la primera manga 4-5 (15-40), ante una rival inspirada, que disparaba misiles incontestables desde todas las zonas de la pista. Pero si hay un síntoma que ha diagnosticado el gen competitivo de Muguruza ha sido su capacidad de resistencia. Fortaleza ante la adversidad. Una virtud que había ido forjando durante toda la temporada con victorias en partidos cada vez más largos. Y la española salió del laberinto. Resistió cuando Venus le pisaba el cuello y amenazaba con escaparse en el marcador.

No sólo respondió con un 75% de acierto con su primer servicio en la primera manga para salvar las 3 opciones de break en contra que tuvo que afrontar, sino que escarbó en su bolsa para sacar sus mejores golpes cuando más confianza soportaba la raqueta de su rival. Apagó cualquier intento de ataque desde el otro lado de la red para encadenar tres juegos consecutivos y asegurarse el primer set del encuentro en 51 minutos (7-5). La estrella de Venus fue perdiendo brillo, sus golpes dejaron de hacer daño y Muguruza sacó un manual perfecto con un repertorio que servía para sacudirse la presión y atacar. Su nivel de acierto con el primer saque se elevó hasta un 82% y al resto convirtió 3 de 4 oportunidades de break más para enlazar en blanco un set impecable. Era la rúbrica perfecta a dos semanas de ensueño. Así fabricó su primera corona de Wimbledon, su segundo Grand Slam.

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