Ferrer redescubre la calma

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

David Ferrer derrotó 6-2 y 6-3 a Fabio Fognini en la final del torneo de Río de Janeiro y levantó la copa de campeón, que es su segundo título de la temporada (también ganó en Doha) y el número 23 de toda su carrera. La celebración estuvo por encima de otro trofeo añadido a un currículo fantástico y destapó la verdadera recompensa. A los 33 años, y después de un curso de sinsabores (dos cambios de entrenador, fuera del top-5 por primera vez en dos temporadas y apartado de la Copa de Maestros de Londres, a la que acudió como primer reserva), el español arrancó 2015 con la ilusión de un niño la mañana de Reyes Magos. Sentó a Francisco Fogués en su banquillo y eso se tradujo en la tranquilidad que necesitaba. Rodeado de los suyos, emprendiendo en familia el último tramo de su carrera como profesional, Ferrer volvió a dejar huella: se marchó de Brasil como el jugador con más títulos (siete) en la gira sudamericana de arcilla, siendo el segundo tenista en activo con más victorias en tierra batida (283, por detrás de Nadal con 321) y tras entrar esta semana en el top-20 histórico de jugadores con más triunfos (614). Casi nada.

“Estoy feliz porque han sido unos días especiales para mí”, dijo el español sobre la pista después de recibir el trofeo bajo la mirada del brasileño Kuerten y antes de agradecer en un emotivo discurso el apoyo de los miembros de su equipo, que son Javier Ferrer (su hermano y entrenador en Brasil), Albert Molina (agente) y Rafael García (fisioterapeuta). La humildad en la victoria (“no sé si volveré a tener la oportunidad de volver a ganar otro torneo”)  le acompañó sobre el albero durante toda la noche, pese a que llegaba con un 7-0 en partidos anteriores sobre Fognini, su rival por el título.

Ferrer exigió sudor al italiano desde la primera pelota. El número nueve jugó con una intensidad que su contrario fue incapaz de aguantar, compitiendo a ráfagas. Lógicamente, la irregularidad de los destellos no bastó para derribar la contundencia del muro. Fognini sumó 17 errores solo en la primera manga, estirada durante algo más de media hora. Ganó un pírrico 22% de los puntos que jugó con su segundo saque, sobre el que Ferrer percutió con fiereza. Se ahogó en los largos intercambios que construyeron el encuentro, pese a que intentó acortarlos disparando primero y equivocándose casi siempre, enviando un puñado de pelotas al limbo.

La complacencia no le ayudó. Remontar a Rafael Nadal en las semifinales se tradujo inmediatamente en una sensación de deber cumplido. Nada mejor que sus palabras durante la entrega de trofeos (“perdona, David, pero he ganado al jefe de la tierra”) para entender el efecto que tuvo la victoria ante el campeón de 14 grandes en la víspera. Fue como un calmante que nunca se acercó al objetivo deseado. En consecuencia, Fognini buscó el título esperando que su oponente le abriese alguna puerta por la que colarse en la final. No ocurrió.

Ferrer, por supuesto, lo aprovechó sin hacer preguntas. El español, que entregó el servicio la primera vez que sacó por el título, gobernó el pulso desde la estabilidad, manteniendo una línea que pocas veces se torció. Con las piernas tan vivas como un jugador de 18 años, rebosantes de energía, no hubo pelota imposible para él. Moviéndose como un demonio, el número nueve alcanzó las diabólicas embestidas de Fognini (lo mejor del italiano), contraatacó de memoria y electrocutó los intercambios poniendo nervio y mordiente, dos de sus marcas de siempre.

El título fue recompensa al esfuerzo. Ningún competidor puede presumir de una ética de trabajo tan depurada como la suya. Pese a su innegable talento, nadie puede igualarle en pasión y muy pocos en ilusión. La copa, además, le dejó con un esperanzador horizonte para lo que viene. Los primeros meses de la temporada le han bastado para conquistar dos trofeos (Doha y Río), algo para lo que necesitó un curso completo en 2013 (dos) y que no igualó en 2014 (uno). Con un mundo por delante, Ferrer ya ha avisado al vestuario: ha redescubierto la calma y con ella es capaz de cualquier cosa. 

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