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Djokovic, el intocable

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

La victoria llega acompañada por el frío de la grada, que no se inmuta durante toda la tarde. En su pase a la final de la Copa de Maestros (6-3 y 6-3 a Rafael Nadal en 1h19m), Novak Djokovic vence al campeón de 14 grandes con una rutinaria tranquilidad, por momentos incluso teñida de relajación, para citarse mañana con el ganador del Federer-Wawrinka por el último título de la temporada, buscando proclamarse maestro de maestros por quinta ocasión. El serbio, que ahora tiene igualado el cara a cara con el mallorquín (24-24) y le ha ganado ocho de los últimos nueve cruces, es a día de hoy mejor jugador y eso es un debate cerrado.

Por la mañana, el número uno acaba su calentamiento contrariado. El serbio se mueve de fallo en fallo, de quejido en quejido, de mal gesto en mal gesto. No habla con nadie, pese a que tiene a todo su equipo pendiente de él. Si este es un tenista tranquilo, que venga un experto a certificarlo porque su lenguaje corporal dice exactamente lo contrario, que Djokovic parece presa del pánico porque dentro de su cabeza habitan fantasmas con guadañas en las manos. Luego, ocurre lo increíble: una metamorfosis de campeón.

La puesta en escena de Djokovic es fabulosa. De entrada, el serbio rompe en blanco el saque del español, que juega los dos primeros puntos con segundo saque (recibiendo como respuesta dos restos directos) y es incapaz de imponerse con la bola en juego. A lomos de su revés, el número uno desborda a Nadal con la naturalidad de un bebé al bostezar. Pese a que el inicio del mallorquín es bueno, el de su contrario es impecable. Pasan 10 minutos y Nole manda 3-0, doblando en tiros ganadores al balear (ocho por cuatro) y con un botín de puntos mucho mayor (12 por cuatro). Es una dictaduras proclamada a porrazos, por la fuerza.

Nadal frena la salida en tromba de Djokovic de milagro, cuando el serbio se procura un peligroso 0-30 para 4-0 y saque. El número cinco, que deja tímidos vestigios del alegre juego exhibido durante toda la semana, no consigue un remedio para los ángulos que le abre el serbio, llevándole de lado a lado y poniéndole a correr como un velocista que ha visto la llegada a meta. Eso provoca lo siguiente: con el español obligado a defender permanentemente, incluso dándole la espalda a la red para cazar pelotas imposibles, Djokovic manda a placer, jugando cómo quiere, tirando de línea en línea y encontrando siempre premio. Se juega a tenis, pero esto es más similar a una partida de ping-pong.

El campeón de 14 grandes se recompone en la segunda manga. Salva un 0-30 en su primer juego al saque. Se grita entonces (“¡vamos!”) buscando algo a lo que agarrarse. Consigue mantener igualado el marcador hasta el 2-2, sobreviviendo a trompicones. ¿Cómo puedo frenar a esta bestia indomable?, debe preguntarse entonces el mallorquín, otro que lleva la competitivad grabada a fuego en su cuerpo. ¿Qué tengo que hacer para ganarle un punto a este monstruo?, tiene que repetirse el balear, que no ve huecos para amarrar los puntos. ¿Es posible evitar la derrota?

A partir de ahí (2-2), Djokovic crece aún más. Con un repertorio de ganadores infinito (24, de todos los colores), reduce a Nadal, que entrega dos veces su saque antes de decir adiós a Londres. La victoria deja dos conclusiones bien claras: Djokovic va a por el lugar que Nadal ya ocupa en la historia (y eso ya no lo duda nadie), pero el español cierra el año en una línea que le invita a ser optimista. Lo peor de su pesadilla ya ha pasado.

Federer aún tiene cuerda

 La edad no es una barrera para los genios. A los 34 años, Roger Federer jugará mañana su final número 10 en una Copa de Maestros, que ha ganado seis veces (más que nadie en toda la historia). El número tres derrotó 7-5 y 6-3 a Stan Wawrinka en 1h10m y se disputará el último título de la temporada con Novak Djokovic, vencedor 6-3 y 6-3 de Rafael Nadal.

 Federer se colgó tres veces de la red en el primer juego del partido, despejando cualquier duda sobre su plan de juego. El suizo, plantado en el fondo de la pista durante las últimas semanas (así ganó a Djokovic en la fase de grupos), volvió a retomar su idea de lanzarse al abordaje, la estrategia con la que se ha hecho grande esta temporada. Fiado a su enorme talento, el campeón de 17 grandes tomó la media pista y desde ahí gobernó el encuentro, asaltando la cinta en 32 ocasiones (24 veces encontró premio).

 Del choque de reveses a una mano nació un encuentro precioso, formidable en lo estético y emocionante por todo lo que había en juego. Wawrinka, con más fuerza en el brazo para zurrarle a la pelota, se colocó 4-2 y saque, soñando con inclinar a Federer en su pista preferida. Al número tres, superado por momentos por la fuerza bruta del campeón de dos grandes, no le intimidó eso que ha visto tantas veces, remontando hasta ganar la primera manga y devorando a su contrario en la segunda. Mezclando paciencia con sutilezas, Federer logró un triunfo impecable,  (30 ganadores por 19 errores no forzados) que le deja en una posición fabulosa para mañana: dos de los mejores jugadores de siempre se juegan el último título de la temporada.

 

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