Djokovic devora a Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

Novak Djokovic, el indomable, es campeón de la Copa de Maestros por tercera vez en su carrera tras una lección sensacional. Puro deseo. Puro corazón. Puro Nole. El número dos mundial engulle a Rafael Nadal en la final de la última cita de la temporada (6-3 y 6-4) y cierra el año con su cuarto título consecutivo, su reacción tras perder la final del Abierto de los Estados Unidos y entregar el número uno. La rabia de Djokovic, tan grande como su talento, empuja al mallorquín hacia el abismo. Gris y desdibujado, Nadal queda nuevamente apartado del gran título que no tiene en su currículo, pero cierra la temporada entre sonrisas porque 2013 ha visto su mejor versión y 2014 le espera para la gran guerra a la que está citado con Djokovic, Murray y Del Potro.

La final es otro episodio en el combate del tenis moderno. Un poema recitado a medias por dos juglares inmortales. Si Nadal es la fuerza y la garra, Djokovic es el vigor y la frescura. Si el campeón de 13 grandes recita los versos con ardiente pasión, el de 6 lo hace con violenta voracidad. Si el número uno corrige su obra con la habilidad del trapecista, el dos demuestra la puntería del francotirador para arreglar sus estrofas. Si el mallorquín remata sus rimas con fortaleza, solidez e inteligencia, el serbio culmina las suyas con la brillantez del que hace sencillo lo imposible. En Londres, sin embargo, Nadal es un poeta errático, uno que no encuentra la forma de dar sentido a su composición y termina desafinando cuando entona su canto.

Durante casi todo el partido, Djokovic compite con una simpleza portentosa. Crea y destruye con la facilidad de los elegidos. Tan pronto tiñe de rojo el cemento azul zafiro, llamas sobre el mar, fuego en el agua, como danza por los vértices del tartán levantando un muro tras otro, arrastrando sus músculos por el suelo, retando a las leyes de la física para llegar a bolas que no deberían volver a cruzar la red. Djokovic es el ataque y la defensa. Si antes de 2011, el año de su absoluta eclosión, se le distinguía por su capacidad ofensiva, dinamita sin control, ahora se le elogia por haber equilibrado las dos vertientes principales del juego. Nole pega igual que se protege. En definitiva, arranca el duelo como lo acaba: arrasando al número uno del mundo.

Al serbio le favorece la superficie, que protege sus disparos de los bamboleos del viento y anula los efectos que el sol concede a la bola de Nadal, impidiéndole su tradicional efecto liftado. Bajo techo, Nole gana el 75% de los partidos que disputa (100% en 2013). Al abrigo de la cubierta, el número dos mundial encuentra las propiedades perfectas para tomar la pelota en trayectoria ascendente sin esfuerzo aparente, atacarla y devolverla convertida en una bomba, restando tiempo de reacción a Nadal y ganando segundos al reloj para planificar su siguiente movimiento. Ahí, en las zonas de la pista que abarca, en los pequeños pasos que da para recuperar terreno, construye su formidable victoria. Impecable. Incontestable. Maravillosa.

En cualquier caso, debería ser una carrera decidida por milésimas, tantas veces han corrido, tantas vueltas han dado en todos los estadios del planeta. No es así. Los detalles radiografían la primera manga y, finalmente, el partido: Djokovic dispara 11 ganadores por los 3 de Nadal en ese parcial inaugural. El serbio, que firma un 73% de primeros por el 58% del español, se muestra sólido frente al número uno, que compite desprovisto de sensaciones, sin tocar nunca la bola limpia, golpeando corto y tarde.

Al último partido del curso llegan los maestros igualados a todo en el torneo. La estadística, además, dice que Djokovic gana en 2013 el 36% de los puntos sobre el primer saque del contrario y el 59% sobre el segundo. Igualmente, los números apuntan a Nadal como su inmediato perseguidor porque gobierna el 35% de las veces cuando el rival sirve primeros servicios y el 57% cuando lo hace con segundos. En consecuencia, se enfrentan los dos mejores restadores del mundo: ambos ganan el 34% desde el resto. En el torneo, sin embargo, Nadal tiene los colmillos más afilados que Djokovic porque convierte el 70% de las oportunidades de break por el 40% del serbio. Esa diferencia es un grano de arena en la final. No importa nada porque Nole gobierna todas los rincones del cuadrilátero, atenaza a Nadal con 19 golpes ganadores (el español suma solo 9 por 23 errores, un ventaja demasiado amplia a estos niveles) y aprovecha las mil dudas del español, que tiene dos reacciones de genio y ninguna opción real de pelear por la final.

La victoria es el epíteto perfecto que explica por qué la rivalidad entre Djokovic y Nadal no tiene réplica. Primero, el español dominó claramente hasta 2011 la historia entre ambos. Después, el serbio se metió en su cabeza a principios de esa temporada para ganarle siete finales consecutivas, arrebatarle tres coronas de Grand Slam y apartarle del número uno del mundo. Luego, Nadal sanó sus heridas, volvió de la lesión más importante de su carrera (le negó por el camino dos veces la opción de pelear por Roland Garros, el último grande que le queda por ganar) y revertió la situación hasta inclinarle en el Abierto de los Estados Unidos y volver al ático de la clasificación. Por último, Nole reaccionó como el gran campeón que es: encadenó 22 victorias consecutivas, derrotó dos veces a Nadal por el camino (Pekín y Copa de Maestros) y dejó claro que la pelea por la eternidad entre los dos seguirá escribiéndose en 2014.

© TENNISTOPIC.com 2015. Todos los derechos reservados