Brown hechiza a Nadal

Rafael Plaza desde la ciudad de Londres

Este no es un jugador de tenis, es un mago. Se compite la segunda ronda de Wimbledon y de la chistera que tiene Dustin Brown nacen trucos imposibles que dan vida a un espectáculo de circo para sibaritas. El alemán juega como quiere, apostando al todo o nada en cada golpe porque el abecedario de su tenis es la agresividad (56 ganadores). Tan pronto dispara pelotazos a quemarropa como dejadas milimétricas, sube a la red casi siempre (83 veces), voleando en posiciones imposibles, y transforma el recurso del botepronto en una arma indescifrable. Al final de la tarde, cuando ya no hay más conejos que sacar del sombrero, el imprevisible alemán supera 7-5, 3-6, 6-4 y 6-4 a Rafael Nadal y se clasifica para la tercera ronda del torneo, donde se medirá al serbio Troicki, vencedor 6-4, 3-6, 6-2 y 6-4 de Ajaz Bedene. Las consecuencias de la derrota se miden en el presente, pero también en el futuro: la eliminación es un mazazo enorme para Nadal, despedido por cuarto año consecutivo del tercer grande del curso por un jugador fuera del top-100 (Lukas Rosol, 100; Steve Darcis, 135; Nick Kyrgios, 144; Dustin Brown, 102). La lectura es evidente. Hace tiempo que el doble campeón de Wimbledon (2008 y 2010), finalista otras veces (2006, 2007 y 2011), se convirtió en presa fácil sobre hierba. En 2015, la peor temporada de su carrera, el tropiezo se traduce en un bocado más a la confianza del español, más dañada que nunca.

Brown aterriza en la central de Wimbledon con unos llamativos cascos rojos e inmediatamente se pone a jugar sin complejos, como si el peso del escenario no tuviese ningún efecto en su cabeza. El partido se discute al ritmo que decide el alemán, que no quiere intercambios que superen los tres tiros. Cada punto es distinto al anterior porque no hay dos bolas iguales. Si Brown fuera artista, tocaría la guitarra, la batería e incluso se decidiría a cantar. El 102 mundial se atreve con todo lo que está prohibido para la mayoría: ataca los restos a la línea con decisión granítica, se lanza a la red con su segundo servicio (sin pararse a pensar la velocidad o la dirección del saque) y da una clase de voleas y dejadas, llevando el show a un grado extremo. A costa del español, Brown se da un festín.

Nadal, que le arrebata el saque en el comienzo de la primera manga (con 1-1), es un títere en manos de su dueño. Solo cuando Brown se hace un lío con las cuerdas de la marioneta, lo que pasa muy pocas veces, el español respira aliviado. Ocurre que la inspiración acompaña al aspirante durante todo el parcial inaugural. El alemán recupera la desventaja (3-3) y en un pestañeo gana el set al español, que termina golpeándose con la raqueta en una pierna en su intento de devolver una pelota que le muerde los tobillos, reflejo de la lluvia de latigazos que luego será el cruce completo.

“Come on, Dustin!”, anima la grada porque está disfrutando de las rarezas que hace Brown, con un repertorio infinito de excentricidades. A Nadal, que se marcha al vestuario unos minutos tras entregar la primera manga, le envuelve el recuerdo de su único encuentro con su rival (Halle 2014, acabó eliminado) y le entra pánico a la derrota. Si la hierba le vuelve vulnerable, Brown es el peor contrario para negociar una segunda ronda en Wimbledon, con el césped todavía demasiado virgen. Sin embargo, el partido se iguala cuando el campeón de 14 grandes empieza a comprender la anarquía del alemán. Desatinado al principio, superado en el juego del gato y el ratón, Nadal conecta dos golpes fantásticos que le impulsan en la segunda manga. El mallorquín saca el puño. Se anima. Grita. Empata el partido y parece que ha recuperado el control. Nada de eso. El mejor momento de Nadal coincide con el único donde Brown duda, que es ese corazón del segundo set. Luego, el alemán vuelve a lo suyo.

Durante toda la tarde, los oponentes se encuentran a menudo en la red y casi siempre es Nadal el que se vuelve con el gesto torcido. Esa zona de la pista es de Brown, que llega con sus dejadas y define con sus voleas. El español, le abre la puerta con el cortado, dándole facilidades para tomar la red, en lugar de mantenerle alejado con golpes profundos. Así, el 102 nunca deja que el campeón de 14 grandes encuentre la continuidad necesaria para aferrarse a la victoria. No hay intercambios. No hay peloteos. No hay ritmo. Con su juego irregular, Brown impide a Nadal nutrirse de las sensaciones que abandonan a un campeón desnortado, superado por las circunstancias, sin soluciones.

Nadal está desorientado y desordenado. No tiene un solo golpe que le acompañe. Es tan grande el enredo, tan enorme la tela de araña en la que está atrapado, que llega un momento en el que el número 10 no sabe cómo jugarle a Brown. Con 2-2 en la tercera manga, Nadal comete dos dobles faltas consecutivas (¡dos!) y Brown tiene un break que le desata definitivamente. El alemán no puede parar de moverse. Agitado por la tensión del momento, se pasa la raqueta de una mano a otra mientras salta de lado a lado. Esa hiperactividad se traslada a su juego, que fluye sin atascos ante la nula oposición de Nadal. Como tantos otros en Wimbledon, Brown es un tenista al que el campeón de 14 grandes hace casi invencible. De saque en saque, manteniendo una velocidad altísima durante todo el partido, el alemán abrocha el tercer set y el aviso se convierte en amenaza.

Ya es oficial que Nadal tendrá que ganar dos parciales consecutivos y sobrevivir al quinto set si no quiere despedirse de Wimbledon. El mallorquín espera un milagro, que su contrario sufra un golpe de vértigo, un ataque de responsabilidad, un apagón físico. Es en vano. Lejos de sufrir un mareo mental, el aspirante crece. El desgaste tampoco apaga su chispa. Sus arriesgadas decisiones son las mismas del inicio, pero ahora van acompañas del marcador. El desenlace es inevitable. Golpeándose el pecho con la raqueta, Brown celebra que la locura ha tenido éxito. Como los últimos cursos sobre hierba, Nadal se marcha desdibujado y esta vez con el horizonte lleno de interrogantes. ¿Hacia dónde va la carrera del campeón de 14 grandes?

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