Hace apenas unas semanas, después de que Rafael Nadal encadenara la undécima corona en Montecarlo y en Barcelona, recibí una llamada del Debate de Hoy para escribir un artículo sobre qué se escondía detrás de un campeón como él. Basta escuchar tanto al propio protagonista como a su entorno más cercano para entender que el germen que lo mueve todo es lo que comúnmente denominan como “la ilusión de mejorar”. Pero, ¿de qué se trata? ¿Cuál es esa filosofía que descansa detrás de un jugador que ha levantado 11 veces Roland Garros, 17 Grand Slam en total y sigue dominando el circuito desde lo más alto una década después de hacerlo por primera vez?

Con gorra azul, camiseta blanca y pantalón corto rojizo, custodiando la Copa de los Mosqueteros como tantas veces lo había hecho antes a un lado del micrófono, el español confesaba a la prensa después de levantar su undécimo Roland Garros que cada año es diferente. También que la experiencia es un aliado para afrontar las situaciones más complicadas durante el torneo o que ganar un título como este le asegura tranquilidad y saber que esta ya será una gran temporada.

Mientras lo escuchaba seguía pensando, ¿qué es eso de la “ilusión de mejorar? ¿Cómo es posible normalizar lo imposible? Como dijo Gustavo Kuerten, tal vez tuviese aparcada su nave espacial al otro lado de la sala… Así que la pregunta estaba clara: “Rafa, ¿qué tiene aún que mejorar alguien que ha ganado once veces aquí, que ha ganado tanto?”. Su respuesta lo fue aún más: “Siempre hay algo que mejorar. Creo que todo el mundo puede mejorar. El límite no se conoce nunca, no sabes dónde está, no hay nada que te diga dónde está el límite”, inició la explicación.

“Cada uno tiene sus limitaciones, pero no las conocemos tampoco. Uno siempre tiene que creer que puede hacer algo mejor, es posible que no lo mejore, pero si no tiene la idea de hacerlo entonces sí que pierde el sentido lo que es a mi modo de entender el deporte en sí, que no es otro que ir a entrenar o hacer algo con la ilusión de hacerlo mejor de lo que lo hacías antes. Si uno no trabaja con una ilusión y pasión extra de hacer algo mejor, creo que el deporte en sí pierde el sentido en su esencia pura”.

Para entonces ya lo había entendido. Se trata de algo que va mucho más allá de entrenar más que el rival, un talento privilegiado para empuñar una raqueta, el físico para correr siempre por una bola más o la potencia desmedida para conectar winners con el drive. Todo eso sólo son consecuencias de algo mucho más grande, de un gen que reposa en su ADN, de una cualidad innata que no se trabaja. Es identidad propia. Es una voracidad desmedida. Probablemente, la de la bestia competitiva más grande que el deporte ha dado jamás.

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