No a todo el mundo le gustan las sorpresas, pero en el deporte suelen ser un ingrediente necesario para la emoción. Si supiéramos de antemano que Sania Mirza y Martina Hingis iban a ganar en Roland Garros su cuarto Grand Slam consecutivo, dejaríamos de ver sus partidos. Si nos dejáramos influenciar por antecedentes, enfrentamientos previos y ránkings, dejaríamos de lado un Albert Ramos-Milos Raonic. Y nos perderíamos los desenlaces inesperados.

La sorpresiva victoria del catalán ante el número ocho del mundo es un ejemplo claro de por qué no avanzarnos a los acontecimientos. Con cuatro primeras rondas en los últimos cuatro años, ni el propio Ramos se hubiera creído a alguien que le afirmara: “Vas a llegar a cuartos de Roland Garros y en octavos ganarás a un doble semifinalista de Grand Slam”. Se hubiera reído. Pero no por falta de fe o desidia, si no por pura estadística.

El partido de hoy de Ramos demuestra que nada puede escribirse antes. O sí, pero puede quedarse en el cajón de los descartes. Suena a tópico porque en el 99% de las ocasiones, se cumple con el pronóstico, pero el de Mataró ha firmado un partido prácticamente perfecto cuando pocos hubieran previsto tal escenario.

Lo mejor de esta sorpresa, para mí, ha sido la actitud de Ramos en la victoria. Ni se ha visto en la final besando la Copa de Mosqueteros ni tampoco se ha arrugado al hablar de su próximo duelo ante el vigente campeón Stan Wawrinka. Ha encontrado el equilibrio, con una reflexión que le honra.

“Sé que esto es un resultado excepcional y que no será siempre así. Lo que voy a intentar es seguir haciendo lo que llevo mucho tiempo haciendo. Seguir entrenando, seguir cuidándome. Si las cosas van bien, perfecto; si van mal, sé que tengo que seguir trabajando”.

Si el resultado de Ramos era poco previsible, menos lo era la derrota de las números uno del doble femenino. Pero esta es la gracia del tenis, que hasta los mejores pueden perder.

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