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Ha tocado madrugar un poquito más de la cuenta. Pero ha valido mucho, mucho la pena.

No todos los días una tiene la oportunidad de estar a escasos centímetros de la pista central de Wimbledon. Ha sido una mañana llena de momentos para recordar. Caía una lluvia fina sobre el césped de la catedral cuando Manolo Santana ha hecho acto de presencia en el lugar en el que hace 50 años se coronó campeón. Cuando las nubes se han enfadado y ha caído un buen chaparrón, Santana seguía sonriendo bajo el paraguas. Él es historia viva del deporte que cubrimos todos los días, pero al mismo tiempo, una de las personas más cercanas que conozco. Desprende bondad. Hemos podido ver como los responsables de pista cubrían en apenas unos segundos la preciosa alfombra verde y como en poco minutos, la central quedaba cubierta. Y ahí, Manolo, seguía bailando bajo la lluvia.

Un rato después, junto a Rafael Plaza, nos hemos sentado a charlar con el campeón. Una conversación de la que no quiero hacer spoilers, ya llegará todo el viernes, pero que además de varias sonrisas, ha servido para reflexionar mucho. En cómo ha cambiado el tenis, cómo está todo tan profesionalizado y cómo a veces, nos olvidamos de los responsables que hicieron que este deporte sea lo que es hoy. Y uno de ellos fue Santana.

Muchas de sus historias me han recordado a uno de mis libros tenísticos favoritos: A handful of Summers, de Gordon Forbes. Os lo recomiendo porque es una fotografía perfecta de lo que era el tenis de antaño.

Por charlas como las de Santana, o partidos como los de Federer y Willis, del cual he tenido la suerte de ser testigo presencial, nuestro trabajo es tan adictivo. Por momentos como estos. Por días como hoy.

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