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Si el relevo en la cima del tenis femenino tiene nombre Nueva York podría desvelarlo. La alemana Angelique Kerber sigue enviando mensajes sin freno, apartando rivales con la autoridad reservada a los elegidos. La de Bremen, que apretó los dientes hasta volcar a la vigente subcampeona (7-5 6-0 a Roberta Vinci), probó su capacidad para resolver cualquier tipo de elemento. Ni la variedad de la italiana, verdugo de Serena Williams el año anterior en Flushing Meadows, detuvo el empuje de la jugadora más en forma del circuito.

Porque Angelique es la demostración de que la madurez es una carrera de fondo, no un elemento exigible en la juventud. Su irrupción en el US Open 2011, llegando a semifinales sin ocupar un puesto entre las 90 primeras del mundo, ha sido uno de los puntos de partida más estables de su generación. Pese a irrumpir con 24 años, edad en que algunas de sus coetáneas ya llenaban la sala de trofeos, la alemana ha marcado su camino dentro de una burbuja de emoción.

Ahora, y tras hacer de las rondas finales un dogma, tiene a tiro de piedra el dominio del circuito: poniendo cerco al número 1 mundial (ascenderá a la cima ganando el torneo o si Serena Williams no llega a la final), buscando su tercera final de Grand Slam de la temporada (se coronó en Melbourne y quedó a un paso de la copa en Wimbledon) y marcando una regularidad de impresión (con seis finales a lo largo de la temporada).

Realidades que prueban una evidencia: asistir hoy día a un partido de Angelique es asegurar el espectáculo. La zurda de Bremen, cuyo respeto se ha multiplicado en el vestuario, camina ya con tintes de jugadora total. Con un currículo por desarrollar (nueve títulos individuales en el circuito a sus 28 años) pero con las armas para imponer autoridad en cualquier superficie.

Con las destrezas perfectas para el juego actual, hablamos probablemente de la tenista con mejor impacto en carrera del tenis femenino, una virtud monumental en la era del juego de fondo. Su capacidad para cubrir todo el ancho de pista y no perder profundidad resaltan sobre cualquier otra virtud, una seña característica de una de las tenistas con mayor ritmo de pelota del circuito. Una derecha de las que levantan estadios le permite competir a dos ritmos, combinando la seguridad de las jugadoras de fondo con el empuje de las pegadoras.

En Nueva York, el Grand Slam del espectáculo y la tendencia a la distracción, el ejercicio constante de una mujer preparada para asaltar el techo.

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