Melbourne. Rod Laver Arena. Quinto set. 3-2 gana Nadal. Rozando las 4 horas de partido. Y a Zverev se le hizo de noche de repente.

Es algo que, sin ser frecuente en el día a día en el circuito, si vemos más a menudo en los Grand Slams, donde los hombres compiten a cinco sets. Fatiga, calambres, deshidratación, agotamiento generalizado… y en el caso del Abierto de Australia ¡sin tie break en el quinto set! Tradiciones que quizá habría que replantearse puesto que las condiciones en el tenis han cambiado radicalmente en los últimos años. Condiciones extremas, velocidad de juego infernal, apoyos muy agresivos, solicitaciones musculares al límite. Existe cierto debate en torno al quinto set en los Grand Slams. ¿Hasta qué punto es positivo que un jugador, como Zverev, no pueda acabar el partido compitiendo en óptimas condiciones? ¿Favorecen los cinco sets a jugadores con un físico más resistente? ¿Puede ser eso una ventaja para algunos, igual que lo es el tipo de pista para otros?

Con muchas preguntas sobre la mesa, lo que está claro es que si el partido acaba con uno de los jugadores físicamente muy mermado, el juego pierde atractivo, y desmerece el espectáculo. No es infrecuente ver partidos a cinco sets en los que da la sensación de que un jugador “guarda fuerzas” de cara a un posible quinto set si la situación le es desfavorable en el cuarto. Quizá criticable, pero también comprensible según cómo se mire. Todos somos fanáticos de la épica, de enfrentamientos a cara de perro como el que nos han ofrecido hoy Nadal y Zverev. Partidos en los que hay lucha, intercambios interminables, defensas imposibles. Carreras de lado a lado, derroche, entrega absoluta. Eso es lo que nos hace amar este deporte, lo que llena estadios y lo que eleva el estatus de jugadores a héroes. Sin embargo, los jugadores no son máquinas. No son robots que puedan mantener, ni física ni mentalmente, semejante nivel de juego por un tiempo indefinido. Incluso los deportistas mejores preparados en ocasiones desfallecen.

Vimos a Pete Sampras vomitar en el US Open, a Nadal en Australia hace unos años. Vemos jugadores que se acalambran y no pueden dar un paso, o que sufren un golpe de calor, como Jack Sock hace unos años en el US Open, y se nos pone la carne de gallina. Los héroes bajan a la tierra, y quizá deberíamos preguntarnos si no les pedimos demasiado en ocasiones. Pero nos encanta el show. Queremos más, como el espectador de un combate de boxeo al que no le importa que le salpique la sangre en las faldas del ring. Siempre queremos más, aunque nuestros héroes estén al límite. El espectador quiere más, el torneo quiere más, la televisión quiere más, el sponsor quiere más… Y acaba habiendo tantas partes implicadas más allá del deporte, que lo que empezó como algo puro, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre dos deportistas, ha acabado convertido en algo parecido a un anfiteatro romano con los gladiadores esperando el veredicto del emperador.

Exprimimos a los tenistas, pero también queremos que duren eternamente. “¡Federer, no te retires nunca!, pensaba delante de la televisión. Y le digo esto a la imagen de un señor de 35 años, padre de cuatro hijos, que lleva más de media vida dando vueltas al mundo. Con la casa a cuestas, exigido y exprimido por algo que va más allá del tenis. Exigido también por el show. Los tenistas quieren alargar sus carreras lo máximo posible, y nosotros que lo hagan. Para ello, además de prepararse exhaustivamente, rodearse de un buen equipo y elegir el calendario con coherencia, quizá habría que revisar alguna histórica norma- como la de los cinco sets- para que el deportista pueda dar lo mejor de si durante el 100% del tiempo que dure el partido y, además, ser capaz de competir en óptimas condiciones la siguiente ronda. No son máquinas… y no se pueden poner a cargar cuando se enciende el piloto de low battery.

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