Perry, Budge, Laver, Emerson, Agassi, Federer y Nadal son los siete nombres que, por ahora, están inscritos en el panteón del tenis. El mérito que les convierte en divinidades ha sido completar el Grand Slam. Los dos primeros lo lograron durante la década de los años 30, los australianos en los 60, Agassi a finales de siglo y los dos últimos en 2009 y 2010 consecutivamente. Otros aspirantes a llegar a la cima del monte Olimpo quedaron en el camino. Las desiertas décadas demuestran que no es tarea fácil y más si tenemos en cuenta el alto grado de especialización que se vivía antaño.

La tendencia del tenis nos ha llevado a ver jugadores más completos y versátiles gracias a patrones de juego cada vez más homogéneos, la evolución de los materiales y, evidentemente; la mentalidad hercúlea de querer ser competitivos en cualquier contexto. No hay ejemplo más gráfico que el de observar como las marcas de desgaste verticales en la hierba de Wimbledon han dado paso a las horizontales. Del saque y volea innegociable -sello de identidad sobre el verde tapete hasta principios de siglo XXI- a más intercambio de golpes y paciencia para cocinar los puntos.

Quien a estas alturas está más cerca de la meta –por haber conquistado tres de los cuatro Majors y su actual estado de forma- es Djokovic. Si todavía no ha podido cruzarla, no es por falta de insistencia. Este año afronta en Roland Garros su quinto match ball. Federer logró superar el laberinto cretense esquivando en París el mismo minotauro que atormenta al serbio: Nadal. El actual número uno, en cambio, necesitó el cuerpo a cuerpo para poder derrotarle. Lo que tal vez no esperábamos es que la última batalla la perdería contra sí mismo. Contra el vértigo de verse tan cerca de la cumbre.

Siguiendo con la mitología griega, Murray y Wawrinka podrían representar el papel de centauro –personaje mitad hombre y mitad caballo- complementándose en cuanto a coronas: el escocés ha reinado en el US Open y Wimbledon, el suizo en Australia y Roland Garros. En ese último escenario, Murray puede arrebatar a Djokovic su bola de partido y, además; pasar él mismo a poseerla en Melbourne. Wawrinka, por su lado, tiene en el tercer y cuarto Grand Slam de este año la posibilidad de lograr algo aparentemente utópico. Cuadrar el círculo de la historia es una carrera de fondo y, como sucedió tras la batalla de Maratón, el tenis busca a su octavo inmortal.

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