A lo largo de la presente gira europea de tierra batida la atención se ha centrado en la reivindicación -quiero evitar utilizar el término regreso- de Nadal en forma de continuidad de buenos resultados, la confirmación por parte de Djokovic que la pronta eliminación en Montecarlo fue solo un bache en el camino y que Murray asume el elevado listón que dejó sobre polvo de ladrillo la temporada anterior. Más discreto está siendo el papel del bueno de Stan. No debemos olvidar que el suizo llegará este año a París como defensor del trono.

 Wawrinka -que aunque pueda sonar extraño, la realidad es que atesora los mismos títulos de Grand Slam que el cuarto miembro del Big 4- ha forjado su eclosión en base a rebelarse contra el cartel de convidado de piedra en sus dos apariciones en una gran final. Hace dos años todo estaba preparado para que Nadal igualara en Melbourne el palmarés de 14 grandes de Sampras y, 12 meses atrás, apuntaba también a que Djokovic se convertiría en la Philippe Chatrier en el octavo inmortal que sellara las cuatro principales coronas en su pasaporte.

Ávido todavía de un notorio resultado para marcar territorio sobre arcilla en 2016, el suizo llega al Foro Itálico en una situación no muy distinta a la del precedente curso. Antes de alcanzar las semifinales en Roma, también había ganado solamente dos partidos en esta superficie entre Montecarlo y Madrid. A pesar de que este año ha alcanzado los cuartos en el Principado, su partido ante Nadal arrojó dudas y una apática imagen. Veremos si la ciudad eterna vuelve a servir de trampolín hacia Roland Garros. La última bala en su recamara, en caso de urgencia, será pasar por casa en el ATP de Ginebra.

 Pero, como tantas veces se ha comentado, los Grand Slam se ganan en la segunda semana y -si de favoritos se trata- es más peligroso que puedan escaparse en la primera. Y así fue el camino del helvético hacía su segundo grande. Sin hacer ruido alcanzó los octavos para noquear al local Simon, ofrecer una versión superlativa ante su compatriota Federer y plantarse en semifinales. Gestionar correctamente las emociones en un partido con demasiados condicionantes externos -como el de la responsabilidad que pesaba sobre los hombros de Tsonga y volver a contar con la presencia de un francés en la final- liberó al de Lausanne ante otro combate final cuyo desenlace conocemos todos.

 La cuenta atrás para el segundo Major del curso avanza inexorablemente y Wawrinka llegará a Bois de Boulogne custodiando la Coupe des Mousquetaires. Aspirantes a recuperarla o a ganarla por primera vez, se adentrarán en el bosque conscientes de la presencia del guardián que habita en él. Papel que, por méritos propios, protagoniza en esta edición Stan the Man.

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