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Suele ser una sensación de certeza. Prácticamente un 100% de convicción. Por muy cuesta arriba que esté un set, por muy complicada que se vea una muerte súbita, Novak Djokovic es un escapista de los que no hay. El murmullo siempre será: ‘Va a darle la vuelta’. Pocos jugadores hay con esa capacidad de convertir adversidad en oportunidad. Prácticamente sólo él. Hablamos de la gestión de timming, del riesgo en momentos decisivos, de la capacidad de cambiar de marcha cuando tu juego lo requiere.

Sí, Novak Djokovic no es el mismo de inicio de temporada. Quizá estemos presenciando la versión más gris de los últimos tiempos. Pero en torneo en el que están los mejores del año, está en un grupo en el que los otros tres jugadores -Dominic Thiem, Milos Raonic y Gael Monfils- no le han ganado nunca. Es más, tanto el austriaco como el canadiense han estado cerca sólo aquí en Londres y aún así, se han quedado con la derrota en el contador. Los cara a cara son demoledores: 8-0 a Milos; 4-0 a Thiem y 13-0 ante su próximo rival Monfils.

La pizca de suerte que requiere su estatus reside en un sorteo en el que todos los rivales que han podido buscarle las cosquillas en estos dos últimos años están en el otro grupo: Murray, que le arrebató el No. 1; Wawrinka, que le venció en la final del US Open; Cilic, que le apeó en París, o Nishikori, que sigue guardando el amable recuerdo de ganarle en el US Open de 2014.

Tener esa autoridad no es casualidad, ni tampoco que su tranquilidad llegue en momentos de máxima presión. Ayer, ante Raonic, todas sus respuestas a una bola de break en contra fueron (casi) siempre con un primer servicio bien colocado, un ace o un punto bien estructurado. Hubo nervios en la cara del serbio, pentacampeón de la Copa de Maestros, también frustración. Pero luego, como (casi) siempre, llegó un golpe demoledor para el rival.

“En momentos decisivos él ha subido el nivel y yo me he precipitado”, reconoció Raonic. El efecto que tiene Djokovic no sólo está en su lado de la red. También lo está pasada la malla. Ahí está un jugador que sabe que o aprovecha las oportunidades a la primera o no se darán más. No sólo le pasa a Milos. También a Thiem. O a Monfils. O posiblemente a quien venga en semifinales.

Ayer, sin ir más lejos, se comprobó en ambos tie-break. Crece el suspense, aumenta la emoción, la grada confía en las opciones del rival del serbio, se posiciona con la novedad y Nole les silencia con golpes de maestro en momentos decisivos. Esa es su gran arma.

Aún queda mucho torneo, pero cuanta más adversidad hay en su camino, más cara de No. 1 se le pone a Djokovic.

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