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Sin hacer más ruido del necesario. Bajando la cara rodeada de aplausos y renunciando a un improvisado homenaje que se le abría a la espalda en su honor. Reconociendo a posteriori no querer un drama, odiar llorar y preferir un entorno más cercano, tal vez Roma, para agitar la mano. Así abandonó Flavia Pennetta el circuito femenino, dejando a los 33 años todavía caliente su único título individual de Grand Slam y su nombre en las WTA Finals, tocando desde la veteranía una de las mayores copas y pisando el torneo que reúne a las jugadoras más fuertes del año. A aquellas que lograron sobresalir tras una larga travesía. Y nada podría ser más ilustrativo de la carrera del talento de Brindisi.

“El mayor orgullo de mi carrera está en haber logrado ser fuerte en todo momento”. Allí dirigió el pensamiento la italiana cuando le preguntaron por su bien más preciado. “Miren, he tenido muchas lesiones, bastantes interrupciones durante toda mi carrera. Y he tenido que empezar varias veces de cero. Una y otra vez” recordó al pasar la mente por los problemas de rodilla que amenazaron su juventud, los dolores de cadera al llegar la madurez o la gran piedra de su trayectoria, una extraña lesión de muñeca que en 2012 aparcó su cuerpo durante seis meses del circuito y le mostró la puerta de salida del top50. Todo un mensaje de despedida para cualquier treintañera con el cuerpo curtido a bandazos. “Esa parte de mi vida es muy importante. Simplemente el hecho de intentar comenzar de nuevo, estar concentrada y mentalmente lista. Os digo que eso es muy complicado cuando estas lesionada mucho tiempo y regresas tras un problemas de gravedad. Sin duda, esa es la parte más importante de mi carrera. Haber sabido ser consistente fuera de pista, mantener mis rutinas. Fui muy profesional en eso”.

Si en Italia el tenis habla en femenino, la figura de Pennetta es capital por actuar como pionera espoleando a toda una era (Schiavone, Vinci, Errani) en la que todas sus principales figuras tocaron la cima del ranking o levantaron copas de Grand Slam en alguna. En una retroalimentación nacional repetidas veces reconocida, Flavia ejerció como primera número uno en dobles o la primera top10 en individuales. Sobre todo, como un modelo de convencimiento colectivo. Lejos de encarnar la precocidad, sin embargo, fue un buen ejemplo de perseverancia. Con más de 1.500 partidos a la espalda hasta el tocar el gran momento. Con 15 años de trasiego profesional hasta el mayor premio. Nadie debutó a tan avanzada edad en el torneo de maestras, toda una prueba de la insistencia ante una carrera plagada de lesiones. Ninguna otra esperó tanto (33 años y siete meses) para alzar su primera copa individual del Grand Slam, un sello de tenacidad y una luz al final del túnel en una carrera que bien pudo partirse a la mitad por las lesiones, recibiendo el golpe más duro en plena madurez profesional.

“Mi trayectoria puede ser una buena forma de ver la carrera de una jugadora. Sin duda, es preferible pasarlo todo cuando eres más joven. Pero por otro lado, creo que sirve para demostrar que, sin importar cuántas veces te caigas, siempre puedes volver a levantarte. Puede ser una buena lección para las jugadoras jóvenes. Cuando uno gana todo es muy sencillo y la vida es bonita” apuntó alguien para quien las lesiones ya son un recuerdo que observar desde el punto más álgido de su carrera. El que coincide con el final. El final de alguien que nunca renunció a seguir peleando. Ahí, su lección. “En ocasiones, si caes, tienes que saber comenzar de nuevo”.

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