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Philippe Chatrier

Muere mayo, nace junio y todas las miradas del tenis mundial se centran en París. La ciudad de la luz se convierte durante unos días en la ciudad del tenis. En la capital de la tierra batida. Tierra invadida y conquistada por la Armada española. Es nuestro Grand Slam. Pero estamos en Francia y todos conocemos su patriotismo. Vive la France. De hecho nació en 1891 y hasta 1925 no se abrió a jugadores extranjeros. Así que estamos ante el Grande de los nombres históricos. El de los homenajes a sus héroes…

El torneo, Roland Garros. Aviador al que la Primera Guerra Mundial le quitó la vida en 1918 y un torneo de tenis le dio la fama hasta la eternidad. La leyenda dice que fue la primera persona en conseguir un ace… cuando ese término se refería a derribar cinco aviones enemigos en combate y no un saque directo de tenis (en realidad fue Adolphe Pegaud, pero que la historia no nos estropee una gran leyenda).

La pista central, Philippe Chatrier. Tenista (mediocre), marido de tenista, figura importante en la fundación de la Era Open, capitán francés de Copa Davis, presidente histórico de la Federación Francesa y de la Federación Internacional de Tenis, responsable de que el deporte de la raqueta volviese al programa olímpico, miembro del International Tennis Hall of Fame & Museum… Y compañero. Periodista tenístico. Dicen que de los buenos. De los que lleva el tenis en la sangre y en la tinta. Normal que en 2001 se decidiese dar su nombre a la pista central de Roland Garros justo un año después de su muerte. Sin él, quizá el Abierto de Francia no sería hoy el Roland Garros universalmente reconocido.

Y las cuatro tribunas, Jacques Brugnon, Jean Borotra, Henri Cochet y René Lacoste. Les Quatre Mousquetaires. Toto, El Vasco Saltarín (se forjó en la pelota vasca), El Mago y El Cocodrilo. Ellos conquistaron la Copa Davis en suelo estadounidense en 1927 y se ganaron el honor de que se construyese un gran estadio de tenis para que defendiesen el título al año siguiente. No sólo repitieron, sino que mantuvieron su hegemonía hasta 1933.

Sin embargo, no todo brilla en la historia de Roland Garros y de la Philippe Chatrier. También hay sombras y mugre. Una historia macabra, escondida en el sótano del tenis francés entre polvo de olvido y telarañas de vergüenza. Pocos saben que en 1939 la pista central del Abierto de Francia se convirtió en un pequeño campo de concentración en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces fue parada obligada para algunos disidentes políticos franceses y muchos judíos antes de ser deportados hacia la tétrica Alemania nazi.

Uno de sus supervivientes, el escritor húngaro Arthur Koestler, lo relata en Oscuridad a mediodía: “En Roland Garros, nos llamamos los habitantes de la cueva. Unos 600 de nosotros vivíamos debajo de las escaleras del estadio. La mayoría no sabíamos nada sobre tenis, pero cuando nos dejaban pasear por el estadio veíamos los nombres de Borotra y Brugnon en el marcador”. “Nos gustaría hacer chistes sobre dobles mixtos. De hecho, en comparación con nuestras experiencias en el pasado y el futuro, Roland Garros era casi un parque de atracciones”, añade.

Pasado oscuro que se olvida como se recuerdan las hazañas memorables. Las de Borg, Lendl, Kuerten o Nadal. Las de Evert, Navratilova, Graf o Seles. En la Chatrier hemos visto a Sir Roger Federer completar su Grand Slam. A Don Rafael Nadal Parera desafiar a la historia y ganar ocho veces el mismo Grande. Y a Miss Serena Williams permitir a los creativos de Nike bordar un nuevo slogan: “The best win every Slam. Legends win them all again” (“Los mejores ganan cada Slam. Las leyendas ganan todos de nuevo”).

Pero si algo llama la atención al revisar el tablón de ganadores de Roland Garros es lo poco que ha sonado La Marsellesa. Los apellidos franceses hay que buscarlos en blanco y negro y conservarlos al vacío. Desde el parón por la II Guerra Mundial, cinco ganadores: Nelly Landry (1948), Françoise Durr (1967) y Mary Pierce (2000) en categoría femenina, y Marcel Bernard (1946) y Yannick Noah (1983) en la masculina. Españoles, diecinueve. Diez en el siglo XXI.

Y los que vendrán. Cada vez que muera mayo. Siempre que nazca junio. 14.911 privilegiados desde las históricas tribunas de la Philippe Chatrier. Y el resto del mundo desde sus televisores o a través de TennisTopic. Todos pendientes de la tierra batida parisina. Y del cielo. Porque la eterna lacra de este gran estadio es la ausencia de techo retráctil y de luz artificial (nótese la ironía en plena Ville Lumière). La cacareada ampliación sigue en compás de espera, frenada por ecologistas y concejales que no se atreven a mancillar el adosado Bosque de Boloña (Bois de Boulogne). La cantinela de llevarse el torneo a los Jardines de Versalles sueña año tras año, pero parece que se quedará dónde está (y debe estar) y que en 2018 por fin el proyecto de ampliación verá la luz. Parece.

Sí hay una certeza. Para entonces otro gran tenista acabará la primera semana de junio manchado de tierra batida roja y vestido de sonrisa perenne. Preparado para levantar los 14 kilos de plata de la Copa de los Mosqueteros. Y hay otra cosa casi segura. Probablemente haya nacido en España.

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