Sammy, Steffi, Cathy y Lyme

Ángel G. Muñiz desde la ciudad de Madrid

“Acepto mi historia y me alegro de haber sabido aprovechar esta segunda oportunidad que me ha dado la vida”. Soy Sammy. Soy australiana. Isleña. ¿Sabéis que nuestras Navidades son en pleno verano? Nada de nieve ni frío. Así que un caluroso día me desperté en Brisbane. Tenía ocho años. Había dejado galletas y leche para Papá Noel y él a cambio me trajo mi primera raqueta de tenis.

 De niña tuve una amiga imaginaria que salía de vez en cuando en mi televisión. Se llamaba Steffi Graf y yo soñaba con repetir las cosas que ella hacía con su raqueta. Lo intenté y lo intenté hasta que me invitaron a jugar mi primer torneo del Grand Slam. A los 15 años. El Australian Open me conquistó y me prometí que volvería para ganarlo. Sólo unos meses después conocí a mi otra gran amiga de la infancia. Se llamaba Cathy Freeman y vi como volaba para ganar el oro en los 400 metros de los Juegos Olímpicos de Sydney. Steffi me enseñó a soñar. Cathy me enseñó a volar.

 Steffi me enseñó a soñar. Cathy me enseñó a volar

Pero ser tenista profesional cuesta mucho. Aviones, aeropuertos, idiomas y países. Y estaciones de tren. En Japón dormí en una abrazando mi bolsa de raquetas para que no me la robasen. Al final las cosas empezaron a salirme bien. Sobre todo en la disciplina de dobles. Gané el US Open y Roland Garros. Australia y Wimbledon los dejé para el mixto. Los cuatro. Y hasta fui dos veces maestra.

Pero no me valía. “Mi objetivo y el sueño desde que empecé a practicar este deporte era ganar un Grand Slam individual”. Era. Lo confesé en la pista más grande del mundo, la Arthur Ashe neoyorkina. Era. ¡Acababa de ganar el US Open! Ante Serena Williams. Qué bronca tuvo con la juez de silla. Entonces me hablaron de que hacía 31 años que una australiana no ganaba un torneo del Grand Slam. Yo ni había nacido.

A la gente le sorprendía que sólo hubiese ganado dos títulos WTA antes. Y que en mis seis primeras participaciones en el US Open no pasase de segunda ronda. Pero todos me felicitaron. Como el día que hice el saque más rápido de la historia. Yo ni vi la pelota, pero dicen que viajó a 208 kilómetros por hora.

 Sólo había ganado dos títulos y gané el US Open

Os he hablado de Steffi y de Cathy, pero no me olvido de Lyme, mi enemigo íntimo. Le conocí en 2007. En Wimbledon. La catedral del tenis casi me echa de este deporte. Bueno, allí me conoció él a mí, aunque tardarían un tiempo en presentármelo. Todo empezó con un bulto en el cuello. Luego se me hincharon la cara, las manos y los pies. Tenía erupciones por todo el cuerpo. Estaba cansada. Muy cansada. Y me dolía mucho la cabeza. Horas y horas durmiendo. Fui  por primera vez al hospital sin saber que se convertiría en mi segunda casa.

Rubeola. O eso dijeron. Intenté volver a jugar pero a los cuatro juegos estaba hecha polvo. Mi corazón se disparaba hasta las 200 pulsaciones por minuto. Me costaba respirar y tenía náuseas. La espalda me mataba. Seguían haciéndome pruebas y sacándome sangre, pero nadie me dijo por qué me sentía tan mal.

Sinusitis. Empecé a ver borroso. Me costaba moverme. Mi cuerpo no cumplía órdenes. Las articulaciones crujían y el sistema nervioso no mandaba. Londres, Nueva York, Tampa. Urgencias, consultas y ambulatorios. Médicos, doctores, internistas, inmunólogos. Y sangre. Muchos análisis de sangre.

Enfermedad de Lyme agravada por una meningitis viral. Por fin. Ya sabía lo que tenía, aunque nunca había oído hablar de algo tan raro. Dicen que me picó una garrapata y se adueñó de mi cuerpo. Dichoso ácaro. Me bombardearon con antibióticos. Y funcionó. Ocho meses después podía volver a una pista de tenis.

 Rubeola, sinusitis… Al final era la enfermedad de Lyme

“Una vez que enfermé y fui capaz de volver a jugar, pensé ‘¿Sabes qué? Puedo ser mejor que eso”. Dejé los dobles y me la jugué en individuales. Abandoné el camino del éxito y eché a andar por el camino del sueño. “Aposté y parece que me salió bien”. ¿No creéis?

Así soy yo, Sammy. Crecí soñando con las historias de amor de Love Actually y Nothing Hill y he vivido haciendo honor a mi tierra, entre playas, tablas de surf y equipos de buceo. He perdido la cuenta de los hospitales que visité de madrugada. “Cuando has visto peligrar tu carrera te das cuenta de lo mucho que el tenis significa para ti. Acepto mi historia y me alegro de haber sabido aprovechar esta segunda oportunidad que me ha dado la vida”. Me llaman Sammy. Me llamo Samantha Stosur.

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