El Ágora tiene nuevo guardián

Al margen de la parafernalia que rodea al deporte de élite, para la práctica del tenis profesional tan sólo es necesaria la comparecencia de dos contendientes, del material necesario, de la presencia de un juez que haga cumplir la normativa vigente y una superficie reglamentaria sobre la que disputar el encuentro. El diseño de la instalación deportiva, que pudiera parecer el menos intrascendente o insustancial de las particularidades del juego, es uno de los elementos más icónicos  y característicos del mundo de la raqueta.

Acostumbrados a innumerables debates sobre el estado de las pistas y su idoneidad en determinadas etapas del año, es frecuente que el espectador se olvide del estadio y del recinto que alberga la tierra batida, el green set o la hierba.  Lógicamente, el enfoque de las cámaras nos apremia a centrarnos en el juego y a no distraernos con circunstancias superficiales. Sin embargo, muchas de las edificaciones que albergan los torneos dotan al espectáculo tenístico de un valor añadido. Y eso merece la pertinente admiración y el encandilamiento perpetuo de quienes dicen ser admiradores de este deporte.

La Centre Court, la Philippe Chatrier, la Arthur Ashe, la Rod Laver Arena, Crandom Park o el O2 Arena son complejos monumentales y perfectamente reconocibles por su estructura y fisonomía. A pesar de la particular estructura de cada una de las pistas citadas, no existe en el planeta tenis una edificación arquitectónicamente comparable al edificio que alberga el Valencia Open 500: El Ágora.

Diseñado por Santiago Calatrava, este multifuncional edificio ubicado en el corazón de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias alberga desde 2009 uno de los torneos más importantes de nuestro país. Sus 88 metros de largo, 66 de ancho y 70 de altura permiten crear un espacio de dimensiones inéditas para la práctica del tenis, ya que su forma elípica ofrece una sensación muy especial tanto para jugadores como aficionados.

Su denominación también tiene connotaciones históricas ya que el Ágora fue la nomenclatura empleada para designar a las plazas públicas griegas. Estos emplazamientos se convirtieron pronto en lugares de difusión cultural, en espacios de divulgación de ideas políticas, en núcleos de debates filosóficos y en eje de innumerables transacciones comerciales. La puesta en escena del este particular Ágora durante el Open Valencia 500 evoca reminiscencias pretéritas y dota de una mística especial a la celebración del torneo.

Si los cimientos culturales de occidente se consolidaron en las ágoras durante los S.IV y V, durante la próxima semana, Valencia acogerá  a un destacado y multicultural conjunto de profesionales que intentarán imponer su filosofía tenística.

David Ferrer, Nico Almagro, Feliciano López, Fernando Verdasco o Marcel Granollers intentarán perpetuar en este recinto el sello ibérico implantado en el pasado por  los jugadores de la Armada. Será ardua la tarea de doblegar a espadas del circuito tan notables como las de Tommy Haas, Jerzy Janowicz, John Isner, Fabio Fognini o Mikhail Youzhny. Pero este año el asalto a las almenas de tan fastuosa edificación tendrá un nivel de exigencia marcado por un jugador que otrora fue el mejor del planeta.  Juan Carlos Ferrero es, hoy por hoy, el auténtico guardián del Ágora.

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