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Una reverencia a Lady Di en la catedral de la hierba

Rafael Plaza desde la ciudad de Sevilla

El sistema de calefacción trabaja contra el frío porque el día en Sevilla es plomizo. Diciembre agota las últimas horas del año entre dos contrastes radicales: la felicidad que desprenden las luces de Navidad y la realidad que asomará desde enero cuando esta época anual deje paso a doce meses de briega. Para muchos, sin embargo, no hay descanso. Antes de viajar a Melbourne para seguir a las jugadoras españolas en el primer Grand Slam de la temporada, Conchita Martínez (Monzón, Huesca; 1972) viaja hasta la capital de Andalucía para conocer las instalaciones en las que tratará de guiar a sus jugadoras hacia la victoria en la primera ronda de Copa Federación ante la República Checa en el retorno de España al Grupo Mundial. Aún no ha decidido el equipo cuando se sienta a atender a TENNISTOPIC para fotografiar su carrera, pero su idea es la base para la victoria ante el grupo liderado por Kvitova, campeona de Wimbledon como ella: “contar con todas las jugadoras para tener el mejor equipo posible”.

“Desde la galería de la cocina se podían ver dos pistas de tenis que pertenecían a la empresa de mi padre. Le llamaban el club de tenis Hidronitro y allí vi a la gente pegar raquetazos, incluidos también a mi padre y hermanos. Observé hasta que un día me dio por coger la raqueta y decidí pegar yo raquetazos”. 

Justamente me hicieron un homenaje en esas pistas hace poco, que pertenecían a la empresa Hidronitro, cuyo propietario es Villar Mir. Acababa de llegar de Monzón a Madrid, porque a mi padre lo trasladaron, y había justo dos pistas y un frontón debajo de mi casa. Y podía ver a la gente jugar, a mi padre, a mi hermano, a los trabajadores… A base de verlos un día bajé, cogí la raqueta y empecé a darle contra la pared.

¿Le reñía mucho su madre por andar pegando pelotazos a las paredes?

Después muchísimo. Fue coger la raqueta y le empecé a dar abajo, el profesor de la escuela dijo a mi padre: “Apúntala a la escuela”. A partir de ahí le daba en cualquier pared.

Había días que terminaba de entrenar a las doce de la noche. ¿No se hacía pesado?

A veces sí. Es muy tarde, pero era la única hora a la que podía jugar San Vicente, la persona que me inició, la persona que le dijo a mi padre que apuntase a la escuela. Yo no quería soltar la raqueta y él se ilusionaba muchísimo, se sacrificaba de cierta manera. Salía de trabajar y no le importaba nada jugar conmigo. Yo, encantada.

Aprendió alemán en Suiza durante un año de entrenamientos en la escuela de Eric Van Harpen, ¿Le ayudó?

En mi época que estaba allí, sí claro. Era joven y empezaba con 15 años. A esa edad, ¿quién habla inglés a no ser que vaya a una escuela bilingüe? El alemán me ha servido en los torneos que tenía en Berlín, Hamburgo, Frankfurt… para hablar con la gente. Me gustaba, pero ahora lo he perdido (risas).

Empezó a jugar pegando el revés a dos manos y luego cambió a una, cuando ya había ganado algunos torneos en categorías inferiores. 

Y no me costó casi nada. La verdad es que mi revés a dos manos no era de los que ves ahora. Era más bien pasivo. Nunca me encontraba cómoda. Siempre que veía un revés a una mano como el de Sabatini pensaba en que me gustaría pegarle así. Llegué a Suiza vimos un partido con Eric [su entrenador] y le dije eso. Me comentó que al día siguiente probaría. Lo hicimos. Y su respuesta fue: “A partir de ahora, no vas a tocar un revés a dos manos”. Al principio cuesta bastante, usaba muchísimo el cortado hasta que cogí confianza para pegarle liftado. Sobre todo, en los torneos que quieres ganar, cuando no tienes confianza en un golpe lo que haces es cortar. Poco a poco fui cogiéndola.

¿Qué hubo desde la etapa de Lili Álvarez hasta la de Arantxa y Conchita? No recuerdo demasiadas figuras…

Yo tampoco. En aquella época poco tenis. Se veía poco en la televisión. Recuerdo a Navratilova y a McEnroe. Poca cosa más. No se veía demasiado tenis. Está Carmen Perea que ha ganado muchísimos campeonatos de España, Almansa, las Vaquero, las Soto, María José Llorca, Segura… Son muchas jugadores que si las comparas con el nivel nuestro no han llegado, pero sí que ha habido ese grupo de jugadoras. Y gracias a que ellas han existido, seguramente nosotras nos aficionamos.

¿Sentía menos presión por ese motivo cuando empezó a jugar? No tenía el listón situado tan alto como las jugadoras españolas actuales. 

¿Presión? Siempre hay. Si no te la buscas (risas). Es una salida que nos hace centrarnos y jugar quizás mejor. Siempre hay chicas de tu edad a las que quieres ganar en campeonatos de España, Europa… Poco a poco te vas abriendo camino.

 ¿Era autoexigente en la pista?

Yo soy muy perfeccionista y me gusta hacer las cosas bien. Cuando no salían a la perfección, me exigía demasiado y muchas veces eso ha jugado en mi contra. A lo mejor, aunque no sintiese la bola perfecta, perfecta, era suficiente para ganar un partido.

¿Le gustaba jugar en hierba?

Había momentos que sí, pero diría que la mayor parte de mi carrera se me hacía complicado. Ahora vas a jugar a hierba y es complicado. La bola se te mete encima, no sientes los golpes como en una pista de tierra o dura. Es complicado. Ha habido momentos en los que he disfrutado muchísimo. Te quitas esa presión e intentas disfrutar y adaptarte.

¿Se adaptaba su juego a Wimbledon?

Se podía adaptar.

¿Los juegos se adaptan a las pistas o los jugadores adaptan sus estilos a cada superficie?

Hay que adaptarse. El jugador tiene que adaptarse a todo tipo de pista. Y más a este nivel. No puede ser que no puedas adaptar tu juego. Algunos tendrán más facilidad que otros, pero bueno también hay superficies que vienen mejor o peor. Sí que es verdad que a veces hay que modificar cosas, sobre todo en hierba, para adaptar tu juego. Y es posible. Ya lo hemos visto.

La primera española en una final de Wimbledon desde Álvarez en 1928. ¿No le pesaba eso en la cabeza antes de salir a jugar?

Estaba más nerviosa porque sabía que venía la princesa Lady Di. Allí todo es diferente, tenía que saludar, hacer la reverencia y estaba más nerviosa por eso que por el partido. Eso también quita nervios del propio partido. Estaba con mucha confianza, había jugado muy bien y acababa de ganar a Martina en Roma, aunque fuese tierra, eso te da la confianza de que puedes ganar.

Hablando de cabezas, ¿la suya estaba por encima de su juego, como puede pasarle a Nadal, o al revés?

Con Rafa no nos podemos comparar ninguno de nosotros porque es un privilegiado. Había momentos, la cabeza y el juego van ligados. Si vas bien, lo más seguro es que juegues bien. Otros momentos en los que si no trabajaba en estar bien, en hacer las cosas bien, sufría. La cabeza a veces me ha fallado.

¿Tiene el revés de Navratilova, que se va largo en la final y le da el título, como una imagen nítida en su memoria?

Lo recuerdo, porque en mi página web tengo el vídeo y siempre sale por la televisión. Además, antes de Wimbledon siempre ves imágenes del partido. Se te ponen los pelos de punta.

Es historia del deporte español.

Es historia. Fue el momento más importante de mi carrera. Siempre estaré agradecida a Wimbledon.

Un ejercicio de memoria. ¿Recuerda las siete rivales que ganó para ser campeona en la catedral de la hierba?

No (risas). Lori McNeil, creo que Davenport, la australiana Kunce, y a partir de ahí…

Rene Simpson, Win Nana Smith y Nathalie Tauziat.

¿Nathalie Tauziat? ¡Ah! Es verdad.

¿En 1998 seguía siendo un tabú viajar a Australia para los españoles?

¿1998? Ahora mismo no recuerdo.

El año de su final ante Martina. 

Sí, claro. ¿Por qué dice tabú?

Bueno, había muchos jugadores que no viajaban a Australia. Lo veían como algo lejano e inconquistable. Un lugar al que no merecía la pena ir. 

Bien, bien, no lo recuerdo. Viajar a Australia económicamente es un gasto… imagínese si tiene que llevar entrenador, a lo mejor había jugadores que si no estaban en el cuadro final no tomaban esa decisión. Ahora hay torneos previos y va todo el mundo. También el prize money ha subido muchísimo y los jugadores se pueden permitir el lujo de viajar.

Moyà alcanzó la final un año antes y rompió una gran barrera. Después lo hizo usted. ¿Cómo ha cambiado el concepto del tenista español en el circuito?

Creo que el tenis español ha gozado de momentos impresionantes, de muchos triunfos. Cualquier jugador que sube se ve con posibilidades porque tienen el espejo de muchos jugadores que lo han conseguido.

Se inclinó en aquel partido por el título en Australia ante Hingis. ¿Qué le faltó?

Tenemos juegos muy diferentes. Ella es una jugadora que tenía muy buena intuición, muy segura desde el fondo de la pista… Yo tenía que arriesgar. El otro día lo comentaba con mi hermano. Él me decía: “La tenías, jugaste impresionante, pero cuando tenías bola para ganar, fallabas”. Eso venía por asumir riesgos. Quizás debía haber metido más golpes ganadores (risas).

18 veces se enfrentó a Arantxa y perdió 14. 

Pasaba un poco igual que con Martina. Era yo la que debía tomar la iniciativa y asumir riesgos. Quizás, en muchos momentos, en esas bolas que se iban, no tenía que haber tomado tanto riesgo. Aunque creo que por el tipo de juego era lo que debía hacer.

En el año 2000, sin embargo, le ganó 6-1 y 6-2 en semifinales de Roland Garros. Ella había ganado allí tres veces y usted ninguna. ¿Le sorprendió esa contundencia en la victoria?

Fue contundente, un partido perfecto. Cuando tomaba esos riesgos, las bolas entraban. Ojalá hubiese sido más consistente para poder jugar más partidos así porque el juego lo tenía perfecto para ganar a jugadoras como ella. Pero esa consistencia en los ganadores con ciertas jugadoras, el querer tomar más riesgos… Eran jugadoras como Arantxa que siempre llegaban a una bola más, que te la volvía a meter en pista. Me ponía un poco más tensa y quería buscar más las líneas en lugar de esperar una pelota más.

“Estoy decepcionado por la derrota. Salí muy nerviosa a la pista, quizás porque se trataba de mi primera final aquí”, dijo tras perder la final en París contra Pierce. 

Salí paralizada de piernas. Los nervios… no sé por qué. Ya venía de jugar dos finales de Grand Slam. Quizás, por lo que representa Roland Garros para un jugador español. Es cierto que cuando me empecé a soltar, en el segundo set, ya veía que las piernas me respondían. Pero si las piernas no te responden es imposible. Me faltó serenarme y haberme soltado un poco antes.

55 finales ha disputado. ¿Cuáles son las cinco primeras que le vienen a la cabeza?

Sofía, Tampa, Roma, Berlín y San Diego. Le podría decir muchas.

¿Tienen algún nexo esas cinco?

De Sofía me acuerdo porque creo que fue la primera. Tampa supuso un paso más arriba porque además gané a Sabatini. Después, de Berlín, Roma y San Diego tengo muy buenos recuerdos. Quizás, también Hamburgo. Y Barcelona. En común no tienen mucho. De San Diego, por ejemplo, tengo un gran recuerdo porque tengo una casa allí y me hizo muchísima ilusión. O las cuatro de Roma. ¡Es una ciudad espléndida!

Ganaron cinco Copas Federación y llegaron a otras cinco finales. ¿Se valoró lo suficiente?

No, la verdad es que no se valoró igual que una Copa Davis. Quizás, porque la Davis costó más tiempo ganarla y se le dio mucho más valor. Y se dice pronto… cinco veces campeonas y otras cinco finalistas. Es una barbaridad. Se tenía que haber apoyado, apostado y valorado más.

Arantxa y usted no habían jugado mucho juntas. ¿La clave de formar un buen dobles era simplemente unir a dos grandes jugadores?

Todo empezó así. Dos muy buenas jugadoras desde el fondo de la pista. Quizás, ella tenía más idea en la volea. Nos juntamos y era muy difícil ganarnos. El afán de jugar por tu país, por el equipo, de ganar con España… nos lo tomábamos muy en serio. Jugábamos casi todas las eliminatorias. También los Juegos Olímpicos y algún torneo suelto.

En Roland Garros, por ejemplo.

Sí, yo jugué una con Dokic y la otra con ella. Lo dábamos todo y jugábamos con muchísima ilusión. Dejándonos todo por el equipo.

Estuvo en cuatro Juegos Olímpicos: Barcelona, Atlanta, Sídney y Atenas. ¿Con cuál se queda?

Con Barcelona por el hecho de estar jugando en casa y todo lo que eso significa. Representar a tu país en país (risas). También le digo que no tenía la experiencia. Fue la primera vez, pero lo que sentí allí fue algo muy grande.

¿Conoció a alguien que le marcó en la Villa Olímpica?

No viví nunca en la Villa Olímpica.

¿No?

No, pero sí que visité a todos los atletas. Unos Juegos Olímpicos no son lo más cómodo para un jugador profesional que está acostumbrado a otras cosas. Acostumbrada a unas rutinas… Si quieres ir allí a ganar, yo prefería seguir mis pautas.

¿Le queda la espina clavada de no haber sido número uno del mundo estando tan cerca? 

Estoy muy orgullosa de todo lo que he conseguido si miro hacia atrás, pero es verdad que estuve cerca y es lo que no tuve. No tuve lo que tienen los números uno. Me autopresioné, me puse tensa en esos momentos en los que necesitaba ganar uno o dos partidos más.

Nadal dice que disfruta del sufrimiento. ¿A usted le pasaba?

Había muchos momentos en los que sí. Sabía que aguantando y sufriendo iba a conseguir quebrantar a mi rival. De eso se trata. Mi tipo de juego tampoco era de ganar el punto en dos o tres tiros. Tenía que trabajar el punto y sufrir. Hay momentos de sufrimientos en los que las cosas salen bien que saben a victoria.

“Ahora es todo muy parecido. Se trata solo de ver quién le pega más fuerte”. Es una frase suya de 2003 analizando el tenis femenino. ¿Aplicable a 2013?

Parecido. El tenis ha cambiado y hay poca variedad en los estilos de juego en el circuito femenino. Las jugadoras pegan muy bien a la altura de la cintura y a ver quién tira más fuerte. También los materiales han cambiado. La bola corre más con ciertos cordajes o raquetas. La variedad es muy importante. En un partido, cuando las cosas se tuercen, tener un golpe más, una dejadita, poder defender una bola alta, un cambio de ritmo… es importante. Lo realmente importante es que desde pequeñas en las escuelas se siga enseñando a pegar un cortado, aunque después se juegue diferente, pero que tengan ese recurso.

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