Kim Clijsters: “No hay trofeo que se acerque a jugar con mi hija”

Ángel G. Muñiz desde la ciudad de Paris

Kim Antonie Lode Clijsters (Bilzen, Bélgica; 1983) se acerca sonriente a la salida del comedor de jugadores de Roland Garros. No pierde esa sonrisa durante toda la charla con TENNISTOPIC, ni siquiera cuando le cuenta a John McEnroe que su espalda se queja de que haya vuelto a jugar al tenis en el torneo de leyendas. Está a punto de cumplir 31 años y le ha dado tiempo a ganar seis títulos del Grand Slam, a colgar la raqueta dos veces y sobre todo a ser madre por partida doble. Jada, 4 años, y Jack, 8 meses: sus verdaderos trofeos. Atrás quedó aquella época en la que sólo soñaba con ser tenista. Aquella época en la que su primer entrenador lanzó una apuesta al aire de Bilzen, convencido del potencial de Kim.

Pregunta. “Serás top-10 en el tenis mundial. Me apuesto toda esta cerveza”. Y usted sólo tenía 11 años…

Respuesta. Un enorme barril de cerveza. Creo que incluso era más joven cuando lo dijo…

P. ¿Pagó la apuesta?

R. Sí, sí, pagó. Hace cinco años o así, hizo una gran fiesta en su casa para todos los amigos y sacó cerveza para todos. Esperó al final de mi carrera, pero cumplió.

P. Recuerde un momento, un sentimiento, una frase de cada Grand Slam que ganó…

R. Uffff, ha pasado mucho tiempo. Es difícil recordar muchas cosas.

P. En 2003, Roland Garros y Wimbledon. En dobles.

R. Sugiyama. El dobles con Ai Sugiyama fue mi primer título en Grand Slam. Antes había jugado la final del dobles mixtos en Wimbledon con Lleyton (Hewitt) y la final aquí, en el Abierto de Francia, contra Jennifer Capriati, pero por fin gané. Grandes recuerdos, ya sabes, ganar Roland Garros y Wimbledon con Sugiyama fue increíble.

P. ¿Cambia algo al decir “soy campeona del Grand Slam”?

R. No, nada cambia demasiado. Cuando yo era niña y veía Roland Garros o Wimbledon en televisión durante las vacaciones del colegio, recuerdo ver a Steffi Graff, Monica Seles o Arancha Sánchez y soñar con ganar un Grand Slam algún día. Parecía tan emocionante. Y cuando eres tú la que ganas es un gran sentimiento… durante diez minutos o así. Luego se va y vuelves a la vida normal, a la realidad.

“Después de ganar un grande vuelves a la vida normal, a la realidad”

P. En 2005, el Abierto de Estados Unidos. Ya en solitario.

R. Allí creo que sobre todo sentí alivio, porque yo era la número uno y la gente siempre decía “eres la número uno y nunca has ganado un Grand Slam”. Intentaba no tenerlo en la cabeza, pero allí estaba, así que me sentí muy feliz de ganar mi Grand Slam y decirle a todo el mundo “mira, puedo hacerlo” (risas).

P. En 2009, de nuevo el Abierto de Estados Unidos. Como madre, con sólo dos torneos jugados tras la retirada y con una invitación de la organización.

R. Sí, fue un año muy loco. Me retiré, tuve a mi hija y mi padre (Leo) murió. Fue un año muy emotivo. Él había muerto al inicio de 2009 y empecé a jugar al tenis de nuevo también para olvidarme de que mi padre se había ido. Entonces empecé a jugar mejor, volvió a gustarme y dije “vale, vamos a intentarlo. Juguemos un par de torneos este año y quizá en 2010 pensemos en la temporada completa”. En Cincinnati gané a Bartoli y a Kuznetsova, y en Toronto perdí con Jankovic, pero después de ese partido hubo un momento… Yo nunca había dicho eso en toda mi vida, porque no soy una persona confiada, pero mi fisioterapeuta, Sam, me estaba tratando y le dije “de verdad, de verdad, creo que voy a ganar el US Open”. Él me miró y me preguntó “¿de verdad?”. “Sí, tengo ese sentimiento. No sé de dónde vienen estas palabras, ni me siento cómoda diciéndolas, pero siento eso”. Y Sam siguió tratándome (risas). Entonces sucedió. Fue un año muy emotivo: mi padre murió al inicio de 2009 y yo gané un Grand Slam al final.

P. En 2010, otra vez Nueva York, por tercera vez. Esa ciudad significa mucho para usted…

R. Por supuesto, es tan especial… Me casé con un americano y vivimos a 45 minutos de Nueva York. No sé, por alguna razón, aunque no estuviese jugando bien en hierba, siempre que pisaba las pistas rápidas americanas encontraba mi ritmo, mis movimientos, y todo surgía de forma natural, especialmente en el Abierto de Estados Unidos. Sí, me sentía muy cómoda allí.

P. Y el último. En 2011, en Melbourne, el Abierto de Australia. Su país de adopción.

R. Ya sabes, el Abierto de Australia siempre ha sido un torneo muy especial, porque yo tengo una conexión muy fuerte con Australia por todo mi pasado. La gente de verdad me apoya y yo lo siento así cada vez que entro en una pista allí.

“Mi padre murió a principios de 2009 y yo gané un Grand Slam al final del año”

P. Le llaman Aussie Kim y sienten que es usted una compatriota más.

R. Yo siento lo mismo. Un parte de mí es australiana. Es lo que siento, aunque parezca raro. Adoro su cultura, su estilo de vida, y encajan con mi personalidad. Me siento realmente cómoda cuando estoy allí, y cuando gané estaba tan feliz de poder devolver el apoyo a la gente.

P. ¿Es algo que se debía a sí misma, pero también a todos los australianos?

R. Sí, sí, es así. Quería ganar otro Grand Slam diferente al US Open, pero hacerlo en Australia… (suspira)

P. Jada tiene 4 años. ¿Sabe que su madre jugó al tenis?

R. Sí, lo sabe. Pero le da igual. Es algo normal para ella. No le importa. A veces me dice “mamá, eres la mejor mamá en todo el mundo”, y yo me derrito. ¿El tenis? Rodar por el suelo en el jardín con ella o jugar con los perros, eso es vida. Eso es amor. Y no hay ningún trofeo que pueda acercarse a ese sentimiento, a jugar con mi hija.

P. En el futuro, algún día, le dirá “mira, tu mamá ganó en Nueva York, en Melbourne…”.

R. No, no. En mi casa no ves trofeos, no hay fotos ni cuadros, nada.

P. ¿Le ha visto jugar alguna vez?

R. Por televisión, no. No tengo vídeos de mis partidos. Ni siquiera yo los veo. Pero tenemos una academia en Bélgica y juego al tenis allí. Alguna vez me ha dicho “mamá, mira, hay una pista abierta. ¿Puedo ir y jugar contigo?”. “Claro, vamos”. Y ella me dice muy seria “yo seré tu entrenadora (risas). A ver, tienes que moverte así”.

P. Y le presta más atención que a su entrenador cuando jugaba.

R. Por supuesto. Tengo que hacerlo, si no me castiga (risas).

P. ¿Era más feliz cuando triunfaba en todos esos grandes torneos o en esos cinco minutos que juega al tenis con Jada?

R. No hay duda. Ninguna. Con mi niña.

¿Era más feliz cuando triunfaba o cuando juega al tenis con Jada? “No hay duda. Con mi niña”

P. ¿Es incomparable?

R. No hay comparación. Cuando juegas al tenis y ganas torneos es después de un largo trabajo. Trabajas mucho para llegar a los torneos del Grand Slam y durante esas dos semanas lo tienes siempre en la mente: “tengo que ganar”. Y cuando sucede, es como “lo conseguí”. Es un objetivo. Pero con los niños todo es más puro. Quiero que mis hijos [Jack tiene 8 meses] sean felices y estén sanos. Ese es mi objetivo para ellos. Quiero que encuentren lo que les gusta. Que encuentren su pasión. Cuando tenía 6 años, mi pasión era el tenis. Ahora que ellos encuentren la suya.

P. ¿Le gustaría que Jada fuese jugadora de tenis?

R. No.

P. ¿Por qué?

R. No sé, es una gran vida pero tiene su parte dura. Si siempre quieres estar en lo más alto, al límite de tu nivel, hay mucha presión mental. Pero si ella quiere… Es muy atlética y si ella quiere jugar, yo la apoyaré. Pero no voy a empujarla en plan “tienes que jugar al tenis”. Le gusta la música, dibujar… Mi marido es músico, así que estará encantado si ella decide cantar.

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